Los enfrentamientos del Gobierno uruguayo con sindicatos y legisladores del oficialismo por el presupuesto y la Ley de Caducidad marcaron el primer año de gestión de José Mujica, que se inició con un éxito diplomático al resolverse la crisis con Argentina por una planta papelera en la frontera.
El veterano ex guerrillero tupamaro, que pasó más de una década en la cárcel antes y después de la dictadura militar (1973-1985) por su lucha armada, se convirtió en marzo en el segundo mandatario de izquierdas de la historia del país tras Tabaré Vázquez (2005-2010), de su misma agrupación, el Frente Amplio (FA).
Con un talante integrador y pragmático, Mujica atrajo en pocas semanas las simpatías de opositores y grupos poco proclives a su figura y sus ideas, como militares y empresarios.
Además, se lanzó de inmediato a solventar el mayor conflicto en décadas con la vecina Argentina por la instalación en suelo uruguayo de una fábrica de la finlandesa UPM (antes Botnia), que derivó en un largo bloqueo del mayor paso fronterizo entre las dos naciones por parte de ecologistas argentinos.
Después de innumerables reuniones entre Mujica y la presidenta argentina, Cristina Fernández, y de que en abril la Corte Internacional de Justicia de La Haya resolviera que no tiene pruebas del supuesto daño medioambiental, en junio se restableció el paso por el puente bloqueado.
En la solución del conflicto, que duró siete años, tuvo mucho que ver también la presión judicial de Buenos Aires sobre los manifestantes y la decisión tomada por ambos Gobiernos de vigilar conjuntamente el medio ambiente en el Río Uruguay, en cuya ribera está la planta papelera.
A nivel interno, la sintonía entre el ex guerrillero de 75 años y la oposición se tradujo en una cesión de cargos en la dirección de organismos públicos y en un acuerdo para cooperar en el trazado de políticas de Estado.
Todo lo contrario ocurrió con su tradicional aliado, el mayor sindicato del país, el Plenario Intersindical-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT), y con varios sectores del FA, una heterogénea fuerza que da cabida a demócratas cristianos, comunistas y ex tupamaros.
Hasta cuatro huelgas generales parciales y una de 24 horas impulsada por el PIT-CNT, que había impulsado la candidatura de Mujica a la Presidencia, jalonaron los primeros nueve meses de mandato presidencial.
Las negociaciones colectivas y los reclamos por el presupuesto nacional quinquenal, que debe aprobarse antes de fin de año, motivaron los paros, así como la propuesta de Mujica de reformar la onerosa estructura del Estado, donde trabajan más de 250.000 uruguayos, casi un 10 por ciento de la población total.
La ola de conflictividad social estalló en el último trimestre del año, con la incorporación de sectores tan diversos como los notarios, los anestesistas, los controladores aéreos, los funcionarios bancarios y los barrenderos, que provocaron una inusual acumulación de basura en Montevideo.
Un panorama totalmente distinto al optimista escenario de mediados de año, cuando los ciudadanos se lanzaban a las calles para celebrar el cuarto puesto de la selección de fútbol en el Mundial de Sudáfrica y se disparaba el ritmo de consumo interno, incentivado por la revaluación del peso uruguayo frente al dólar.
Casi más amargos que los enfrentamientos con los sindicatos fueron las peleas dentro del FA, en las que algunos, como el Partido Comunista, que controla a su vez el PIT-CNT, han llegado a ver incluso el peligro de una fractura en el partido oficialista.
El reparto de cargos en el Gobierno, las desavenencias sobre política económica y el plan de eliminar en el Parlamento la Ley de Caducidad, que impidió juzgar a los uniformados acusados de violar los derechos humanos durante la dictadura, fueron las causas.
La negativa de un grupo de senadores del FA a apoyar esa última iniciativa, ratificada en dos referendos en 1989 y 2009, desató una riada de críticas y acusaciones entre los sectores moderados y los más radicales de la coalición.
Estos conflictos llegaron a tal punto que el propio ex presidente Tabaré Vázquez intervino públicamente con un llamado a la unidad y una petición a los sindicatos para que "no maten a la gallina de los huevos de oro".
Según las últimas estimaciones el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) llegará al 8 por ciento este año, mientras el desempleo igualó en octubre su mínimo histórico, del 6,2 por ciento.
Alvaro Mellizo