En un día lluvioso que solo vino a acentuar el dolor, unas 20,000 personas con paraguas y ponchos de plástico colmaron un pequeño estadio de este pueblo brasileño para dar el último adiós a los miembros del club de fútbol Chapecoense que murieron en un accidente aéreo.
Lo dolientes empapados por la lluvia llenaron el modesto estadio y en el exterior había cuatro o cinco veces esa cantidad —casi la mitad de la población de este poblado brasileño de 200.000 habitantes— para rendir homenaje a un modesto club que casi alcanzó el pináculo del fútbol latinoamericano.
Miles más se alinearon en los caminos mientras los ataúdes fueron trasladados en una procesión desde el aeropuerto hasta la ceremonia fúnebre en el estadio.
"He estado aquí desde temprano", dijo Chaiane Lorenzetti, una joven de 19 años que dijo trabajar en un supermercado local frecuentado por jugadores y funcionarios del club Chapecoense.