Panamá
Cargar con la cruz
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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Cargar con la cruz no es fácil. Cargarla con dignidad, aceptándola y ofreciendo el sacrificio y el sufrimiento por la propia purificación de los pecados y por la salvación del mundo es convertirse en alabanza de la gloria de Dios, en fiel seguidor de Jesucristo. No hay vida cristiana sin cruz. No hay amor sin sufrimiento. No hay domingo de resurrección sin viernes santo. Seguir el camino de Jesucristo es aceptar llevar la cruz que la voluntad divina te impone. Y asumirla sin protestas, sin cuestionar al Señor.
El Espíritu Santo te da la fuerza para hacerlo. Cargar con la cruz implica reconocer el valor intrínseco del sufrimiento que acarrea llevarla. Te purifica, te hace madurar, te involucra en la dinámica de la pasión de Cristo completándola, como dice San Pablo. Somos miembros del Cuerpo de Cristo en la historia y recibimos de ese misterio vivo donde Cristo es cabeza, toda la gracia a través de los sacramentos, la Palabra, el Magisterio, las comunidades y asumimos nuestra misión específica a través de los dones y carismas recibidos. Y nos incorporamos vitalmente en la pasión de Cristo cargando la cruz dada por el Señor.
Sólo en el cielo sabremos realmente el porqué de las cruces, su significado y el valor salvífico de las mismas. Veremos cómo actuaron esos sufrimientos en sus diferentes vertientes: enfermedades, bancarrotas económicas, calumnias, justas o injustas penas carcelarias, persecución política, trabajo poco remunerado, exclusión por raza o credo, defectos genéticos físicos o mentales, incomprensiones en el seno de las familias. Las cruces llegan porque así es la vida. Y Dios da la fuerza para llevarlas.
Ahora bien, hay cruces que nos imponemos nosotros por nuestras torpezas, errores, pecados. Esto les da un peso añadido y más incómodo a las cruces porque entra uno en un conflicto interno: el reproche personal, el sentimiento de culpa, el dolor por haber fallado, el arrepentimiento. Además de manera sutil puede uno entrar en un proceso de auto castigo porque no se perdona lo que hizo o dejó de hacer. Esa manera de aplicarse la ley condenándose puede terminar en hacerse daño de muchas maneras: impidiéndose el éxito, drogándose, insultándose recordando con amargura sus errores, evitando cualquier goce sano de la vida, apartándose de todo lo bueno.
Entonces la buena noticia es que nuestro Dios es misericordioso, que conoce nuestras debilidades y nos ama incondicionalmente. Que nos sigue abrazando en medio de nuestros dolores. Sigue mandando el Espíritu Santo que es el gran consolador y siendo nuestras cruces impuestas por la vida o adquiridas por el mal uso del libre albedrío, como el Cireneo nos ayuda a llevarlas. Nos da fortaleza, paciencia, iluminación y mucha fe. Él nunca nos abandona. Y con Él podemos llevar nuestras cruces.

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