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Catedrales del saber o cuadriláteros, ¿en qué se han convertido las aulas? 


La iniquidad y saña que entrañan las reiteradas agresiones físicas y verbales de la cual han sido objeto personal docente y administrativo en la interioridad de nuestros centros de formación por circunstancias sui generis sazonadas de motivaciones absurdas, cuyo denominador común evidencia la falta de tolerancia, respeto y cordura por parte de quienes paradójicamente han tomado la decisión de confiar la meritoria y delicada función de cuidar, instruir y orientar a sus hijos en las manos de nuestros artesanos de la educación, es otro de los múltiples escollos que aparecen en el intrincado escenario en que se debate un sistema educativo anacrónico en franca decadencia, vapuleado por escándalos financieros en todos sus niveles, desprovisto de una estrategia a mediano y largo plazo que permita reflotar los estándares de enseñanza y castigado por la ausencia de una política de Estado basada en criterios administrativos científicos, ajena a los vaivenes de figuras al frente de la Cartera, que más bien parecen moldeadas a la necesidad de llenar un espacio público dentro del engranaje gubernamental.

En un abrir y cerrar de ojos, nuestras catedrales del saber han dejado atrás su hospitalidad para convertirse en el ruedo donde la violencia, los insultos y las peticiones de traslados y/o destituciones por parte de estudiantes y acudientes, son la nota característica.

La "Modernización Educativa", además de someternos a la crianza solidaria de los hijos que se desarrollan en las aulas de clase, nos ha cercenado la capacidad de impartir sanciones ejemplares y oportunas contra quienes amparados en su armadura de menores de edad, disfrutan y alardean del privilegio unilateral que les ofrece el debido proceso en las escuelas. Como si fuese poco, sistemática y sutilmente desde nuestra tribuna fuimos maniatados y amordazados; es decir, se nos privó de la única herramienta combativa que poseemos. Cada despertar de ideas y pensamientos espontáneos debe ser minuciosamente calibrado para evitar confusión con una intentona contra la autoestima de los estudiantes y así exponernos a la furia de quienes le asisten.

La ocasión es propicia para hacer un alto en el camino y meditar cuál es el rol que como padres quieren endosar a nuestras instituciones educativas y saldar de una vez por todas la onerosa deuda contraída con éstas y la sociedad. Para ello es menester devolver de ipso facto la jerarquía y autonomía que hace muchos años las engalanaban; donde al maestro le era reconocido su liderazgo y sacra misión al frente de un proceso de enseñanza-aprendizaje afianzado en los derechos plenipotenciarios que se le conferían desde el hogar, para ser ejercidos soberanamente en la territorialidad de la escuela y, de ser necesario, más allá de sus linderos.

Volvamos a entablar esa comunión entre padres, hijos y docentes, cimentada en la lucha por engendrar un individuo diáfano y perspicaz inspirado en modelos de valor y lealtad que respalden su profesionalismo; desestimando una sarta de concesiones legales que sólo han contribuido a la promoción de la mediocridad y el lesseferismo estudiantil.

Sólo cuando esas condiciones se restablezcan, estaremos caminando en la dirección inequívoca hacia un Modelo de Instrucción perceptible, equilibrado, creador de valores, y que gravite en función de las necesidades presentes y futuras de nuestro país.

101 años de Panamá América

 
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