Cuentos cochinos
Publicado 2007/03/18 23:00:00
- Juan Carlos Ansin
En la República de los seis Panamá y un solo Canal, la lluvia de dólares es en realidad otro cuento cochino acerca de un caprichoso aguacero caído sobre la ciudad.
EL PERIODISTA Andrés Oppenheimer ha ponderado públicamente el avance de la economía China y la compara con el lento andar beodo de América Latina. Lo hizo en un libro de reciente aparición: "Cuentos Chinos". Yo mismo, luego de mi corto viaje, he escrito sobre el tema en un artículo publicado en el Panamá América bajo el título "El despertar del dragón".
Es innegable el avance internacional de la economía China y la pujanza que existe a lo largo y ancho de aquel milenario país. Asombrosa es también la influencia que ejerce en el resto del mundo y en especial aquí. No pasa día, ni hay persona, que no esté utilizando un producto fabricado en China.
El periodista ha puesto como ejemplo la nueva economía abierta introducida bajo un régimen socialista que cada día se destiñe más hasta adquirir un leve tinte rosado, como el de la garza de mi cuento, alegoría que según los mensajes recibidos, algunos lectores no han descifrado. Pues bien, los cuentos chinos de Oppenheimer, según el informe sobre el capitalismo de la reciente Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPCH), parecen haberse transformado en cuentos cochinos.
La CCPPCH dictaminó que el principal problema del capitalismo chino es la corrupción. Epidemia de la que tampoco escapa ningún país que se rija por la ideología neoliberal. De modo tal que en la China de los cuentos contados por los propios chinos, 800 millones de campesinos no tienen Seguro Social. El 50% de la población no tiene acceso a una consulta médica. El 10% de la población detenta el 40% de la riqueza. El índice de distribución de la riqueza de Gini, donde 0.5% ó más significa estallido social, es allí del 0.48% y entre nosotros, según el MEF en su Informe sobre la Pobreza 2003, publicado en junio de 2005, el Gini era de 0.47% ¿No parece esto un cuento cochino entre tantos rascacielos y casinos que acosan la pacífica e impoluta conciencia de nuestro principal socio comercial?
En el Panamá rico, el del crecimiento desaforado y el Canal de los dólares, donde escasea la educación, el transporte, la seguridad, los estacionamientos, las carreteras y la buena salud, el MEF, en su informe del primer semestre de 2006, revela que el 37.2 % de la población no aborigen es pobre y se halla distribuida así: 23.5% en la región metropolitana, 13% en Panamá-San Miguelito, 47% en la región central, 39% en la región cccidental, 67% en la región oriental y 98.5% en el área indígena. Traslademos nuestra pobreza al mapa y veremos allí un país con dos regiones menos pobres (metrópoli y región occidental), una ciudad capital rica y cuatro regiones muy pobres. Así es que en la República de los seis Panamá y un solo Canal, la lluvia de dólares es en realidad otro cuento cochino acerca de un caprichoso aguacero caído sobre la ciudad.
En la década de los años 60 y 70 los marginados sociales, los inconformes, los rebeldes y los cabreados de siempre tenían una ideología definida. Bajo la máxima de que la unión hace la fuerza, jesuitas, estudiantes, ideólogos y algo menos de obreros y campesinos, con el catecismo de Mao, el manual de Ho Chi Ming y la Teología de la liberación en la mano, siguiendo el mito del Che, de Sandino y de otras figuras legendarias se agruparon para hacer la guerrilla revolucionaria con la inocente esperanza de obtener el poder y que el marxismo utópico o el cristiano, solucionara sus problemas. Miles de muertos se revuelcan hoy en sus tumbas. Es el precio de una amarga historia que hoy parece un macabro cuento chino. Nuestros jóvenes post-modernos del siglo XXI aprendieron la lección: Por una idea, ni la uña. Por un reloj, la vida.
Los rebeldes han cambiado, ya no son los guerrilleros barbudos que uno identificaba desde lejos. Hoy es el ejército de marginados que casi no podemos distinguir, a pesar de que están entre nosotros. Que conviven en nuestro medio, los miramos en la casa, en el trabajo, en la escuela, en las calles y en todo lugar público, pero no los queremos ver. Los oímos, pero no los queremos escuchar. Los leemos, pero no los queremos entender. A algunos, los menos, los delata su edad imberbe y sus tatuajes, su modo de hablar y de vestir, son los pandilleros que matan sin asco ni remordimiento ni rabia, porque para ellos su propia vida vale nada y una larga condena les ofrece techo, ropa, comida y de vez en cuando, una palabra extraña llevada a la cárcel por un alma caritativa que en otro cuento chino les habla de un amor increíble. Al resto, esa multitud sórdida que se desplaza sigilosamente y que en su infierno no produce sombra, a esos que sólo un escrutador avisado puede detectar en el sutil brillo de una mirada torva o simplemente, en el oscuro espacio que su figura deja en el vacío y que otros bienaventurados no logramos distinguir, a esos, los dejamos caer en el abandono y la soledad. Son la mayoría que vota.
Los cuentos chinos se caracterizan porque no tienen fin, se repiten una y otra vez, como el cuento de la buena pipa, en cambio otros -para algunos más cochinos- nos están avisando de chanchullos politiqueros y votos castigo. En el Código Penal chino, la corrupción tiene pena de muerte. Hace poco se fusiló a un funcionario corrupto. ¿Cuántos candidatos se presentarían a elecciones si el mismo código se aplicara aquí?
drjcal@psi.net.pa
Es innegable el avance internacional de la economía China y la pujanza que existe a lo largo y ancho de aquel milenario país. Asombrosa es también la influencia que ejerce en el resto del mundo y en especial aquí. No pasa día, ni hay persona, que no esté utilizando un producto fabricado en China.
El periodista ha puesto como ejemplo la nueva economía abierta introducida bajo un régimen socialista que cada día se destiñe más hasta adquirir un leve tinte rosado, como el de la garza de mi cuento, alegoría que según los mensajes recibidos, algunos lectores no han descifrado. Pues bien, los cuentos chinos de Oppenheimer, según el informe sobre el capitalismo de la reciente Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPCH), parecen haberse transformado en cuentos cochinos.
La CCPPCH dictaminó que el principal problema del capitalismo chino es la corrupción. Epidemia de la que tampoco escapa ningún país que se rija por la ideología neoliberal. De modo tal que en la China de los cuentos contados por los propios chinos, 800 millones de campesinos no tienen Seguro Social. El 50% de la población no tiene acceso a una consulta médica. El 10% de la población detenta el 40% de la riqueza. El índice de distribución de la riqueza de Gini, donde 0.5% ó más significa estallido social, es allí del 0.48% y entre nosotros, según el MEF en su Informe sobre la Pobreza 2003, publicado en junio de 2005, el Gini era de 0.47% ¿No parece esto un cuento cochino entre tantos rascacielos y casinos que acosan la pacífica e impoluta conciencia de nuestro principal socio comercial?
En el Panamá rico, el del crecimiento desaforado y el Canal de los dólares, donde escasea la educación, el transporte, la seguridad, los estacionamientos, las carreteras y la buena salud, el MEF, en su informe del primer semestre de 2006, revela que el 37.2 % de la población no aborigen es pobre y se halla distribuida así: 23.5% en la región metropolitana, 13% en Panamá-San Miguelito, 47% en la región central, 39% en la región cccidental, 67% en la región oriental y 98.5% en el área indígena. Traslademos nuestra pobreza al mapa y veremos allí un país con dos regiones menos pobres (metrópoli y región occidental), una ciudad capital rica y cuatro regiones muy pobres. Así es que en la República de los seis Panamá y un solo Canal, la lluvia de dólares es en realidad otro cuento cochino acerca de un caprichoso aguacero caído sobre la ciudad.
En la década de los años 60 y 70 los marginados sociales, los inconformes, los rebeldes y los cabreados de siempre tenían una ideología definida. Bajo la máxima de que la unión hace la fuerza, jesuitas, estudiantes, ideólogos y algo menos de obreros y campesinos, con el catecismo de Mao, el manual de Ho Chi Ming y la Teología de la liberación en la mano, siguiendo el mito del Che, de Sandino y de otras figuras legendarias se agruparon para hacer la guerrilla revolucionaria con la inocente esperanza de obtener el poder y que el marxismo utópico o el cristiano, solucionara sus problemas. Miles de muertos se revuelcan hoy en sus tumbas. Es el precio de una amarga historia que hoy parece un macabro cuento chino. Nuestros jóvenes post-modernos del siglo XXI aprendieron la lección: Por una idea, ni la uña. Por un reloj, la vida.
Los rebeldes han cambiado, ya no son los guerrilleros barbudos que uno identificaba desde lejos. Hoy es el ejército de marginados que casi no podemos distinguir, a pesar de que están entre nosotros. Que conviven en nuestro medio, los miramos en la casa, en el trabajo, en la escuela, en las calles y en todo lugar público, pero no los queremos ver. Los oímos, pero no los queremos escuchar. Los leemos, pero no los queremos entender. A algunos, los menos, los delata su edad imberbe y sus tatuajes, su modo de hablar y de vestir, son los pandilleros que matan sin asco ni remordimiento ni rabia, porque para ellos su propia vida vale nada y una larga condena les ofrece techo, ropa, comida y de vez en cuando, una palabra extraña llevada a la cárcel por un alma caritativa que en otro cuento chino les habla de un amor increíble. Al resto, esa multitud sórdida que se desplaza sigilosamente y que en su infierno no produce sombra, a esos que sólo un escrutador avisado puede detectar en el sutil brillo de una mirada torva o simplemente, en el oscuro espacio que su figura deja en el vacío y que otros bienaventurados no logramos distinguir, a esos, los dejamos caer en el abandono y la soledad. Son la mayoría que vota.
Los cuentos chinos se caracterizan porque no tienen fin, se repiten una y otra vez, como el cuento de la buena pipa, en cambio otros -para algunos más cochinos- nos están avisando de chanchullos politiqueros y votos castigo. En el Código Penal chino, la corrupción tiene pena de muerte. Hace poco se fusiló a un funcionario corrupto. ¿Cuántos candidatos se presentarían a elecciones si el mismo código se aplicara aquí?
drjcal@psi.net.pa
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