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Diálogo surrealista: Dalí y Miró

...tanto Miró como Dalí comenzaron sus carreras propiamente dichas bajo la égida del llamado expresionismo, del fauvismo y del movimiento Dadá, y así lo atestiguan los autorretratos de ambos, de 1917 y 1920, con sus marcado colores y trazos fuertes.

Gregorio Urriola Candanedo opinion@epasa.com - Publicado:

El profesor Gregorio Urriola Candanedo, de la Fundación Universitaria Iberoamericana (Funiber) y Yill Otero, del Ministerio de Relaciones Exteriores, anfitriones del evento. Foto: Cortesía del autor.

En 1926, un joven catalán veinteañero, Salvador Dalí, llegaba a París, meca de los artistas de principios del siglo pasado.

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Deseaba relacionarse con la crema y nata de aquel mundo en ebullición permanente, donde el arte figurativo parecía empezar a difuminarse gracias al talento creativo de nuevos demiurgos, tales como su connacional, el ya célebre Pablo Picasso, y una estrella en ascenso, su propio coterráneo, Joan Miró.

“París era una fiesta”, como lo sintetizara el gran escritor norteamericano Ernest Hemingway, en el relato novelado de esa época.

Y todas las artes igualmente parecían fundirse, en un proceso de fertilización cruzada, propia de un renacimiento de magnitudes pocas veces conocidas.

Se superaba el impresionismo pictórico, pero ya era evidente que preclaros exponentes de esa corriente empezaban a recorrer nuevos senderos.

Las noches de cielos estrellados de Van Gogh, las vistas de la montaña de Santa Victoria de Paul Cézanne, con su simplificación a los volúmenes y formas esenciales, y los nenúfares de Claude Monet, con su énfasis en el color, venían anunciando otros tiempos.

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Cuando Dalí se vio con Picasso, ya Miró había ponderado a este las obras y promesas de las realizaciones de aquel joven de Figueras.

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De hecho, tanto Miró como Dalí comenzaron sus carreras propiamente dichas bajo la égida del llamado expresionismo, del fauvismo y del movimiento Dadá, y así lo atestiguan los autorretratos de ambos, de 1917 y 1920, con sus marcados colores y trazos fuertes.

La admiración de Dalí por Picasso fue enorme, y de hecho llegaría a afirmar con su proverbial egolatría: “El Arte somos Picasso y yo”.

La evolución mironiana y de Dalí corrió bastante pareja hasta conformar la cofradía de los surrealistas, comandados por el poeta André Bretón.

Dalí había nacido en Figueras y el entorno, sobre todo la playa de Cadaqués - comarca del Alto Ampurdán en la provincia de Gerona-, daría un basamento importante a su obra. 

Por su parte, Miró era de Barcelona, pero el entorno catalán, especialmente en Montroig del Camp, -provincia de Tarragona- fue determinante -como se puede apreciar en “La Masía”-  obra cimera de su etapa detallista, circa 1921.

Recordemos que el año anterior, Miró estuvo en París, por vez primera, y en esa ciudad tuvo su primera exposición fuera de España, en junio de 1925.

De esta manera comenzó un diálogo entre “la santísima trinidad” del arte español contemporáneo, que discurriría entre las euforias de los primeros años, hasta un distanciamiento, y casi un enfrentamiento por motivos ideológicos, políticos y religiosos entre los tres grandes, o más bien, entre Dalí y sus dos compatriotas, pues Picasso y Miró serían siempre amigos cercanos.

La figura díscola siempre fue Dalí, quien acompañó la etapa surrealista de los otros dos, y, en frenesí de su polémica con el resto del grupo, llegó a afirmar que “el surrealismo soy yo”.

De esa trinidad del Arte, los tres creadores no serían uno, sino tres personas muy distintas, y los tres transitarían por caminos diferentes procurando ser fieles a sí mismos.

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Es un hecho innegable que los tres sufrieron las influencias recíprocas, sobre todo en la apelación a lo onírico, pero sus sendas finales marcharon divergentes.

Pero no es nada asintomático que la exposición en París de los grandes surrealistas, organizada por Bretón, congregara obras de los tres, si bien en Nueva York, muchos años después, Breton se opusiera a exponer obras de la fase de Dalí atomista y mística, pero sobre todo porque Dalí ya era una máquina de hacer dinero con su imaginación desbordada.

Picasso abandonó el surrealismo tempranamente, hacia 1937, año del celebérrimo Guernica.

Miró en los años 30 quiso “violar y matar a la pintura”, en una crisis de creación, de la que afloraría un Miró de Las Constelaciones.

De ese arte colorido y simbólico que parece ya danzar entre la música y la poesía, sus dos grandes musas.

Por su parte Dalí, fiel a su método paranoico-crítico, afianzó sus tendencias de gran dibujante y su amor por los clásicos Velázquez, Vermeer, Bronzino y Rafael, así como la fase mística-nuclear, nacida tal vez a raíz de la hecatombe de Hiroshima y retorno al catolicismo, y estudioso como Dalí era de la ciencia y la evolución tecnológica.

A partir del 27 de agosto y hasta el 20 de septiembre se pueden contemplar en Panamá, frente a frente, obras plásticas de Joan Miró y Salvador Dalí, en su fase de ilustradores y grabadores.

Son colecciones de época madura de ambos, ya en la cima de su quehacer y fama.

Podremos sentir el drama de Dalí en su relación filial, tortuosa y desgarrada a partir de su amor por Gala, a la que su padre despreciaba, en una obra que recrea otro drama filial, el de Segismundo y su padre, en la obra del Siglo de Oro de Calderón de la Barca, La vida es Sueño.

Por su parte, también podremos admirar las danzantes figuras que Miró diseñó para ilustrar la Melodía Ácida de su amigo Waldberg. 

Esperamos que estas líneas animen a los amigos del Arte a visitar esa muestra de valor universal que acoge el Ministerio de Relaciones Exteriores, en el Palacio Bolívar, y que forman parte del patrimonio cultural de la Fundación Universitaria Iberoamericana (FUNIBER) en recorrido por América Latina.

Docente. Gestor académico y cultural universitario.

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