Panamá
El Callejón del Miau y otras curiosidades del Casco
- Jaime Figueroa Navarro
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Hay historias del Casco Antiguo que no están en los libros ni en las placas de bronce. Llegan de otra manera: de boca de nuestros mayores, en una conversación familiar, mientras alguien recuerda una ciudad que ya no existe.
A mí, el relato del Callejón del Miau me lo contó mi tía abuela Josefa Figueroa Kratochwill, durante una de aquellas incursiones al Casco que hicimos después de asistir a la misa de madrugada en la iglesia de La Merced, el siglo pasado. Ella conocía historias y rincones que hoy apenas sobreviven en la memoria de quienes los escucharon.
Según me contó, así llamaban a un sendero donde los transeúntes acostumbraban orinar. El nombre tiene algo de picaresca y mucho de aquella manera popular de bautizar los lugares. Quizá no figure en los mapas oficiales, pero para quienes conocieron aquel Casco formaba parte de su geografía íntima.
Y están también los rieles del antiguo tranvía, esas líneas de hierro que todavía pueden aparecer bajo nuestros pies y que parecen preguntarnos qué fue de aquella ciudad. Panamá tuvo tranvía desde 1893 y, posteriormente, un sistema eléctrico que funcionó entre 1913 y 1941. No era entonces una pieza de museo: era parte de la vida cotidiana.
Por eso me parece legítimo preguntarnos si algún día podríamos recuperar algo de aquel tranvía. En 2019, un estudio de factibilidad del Metro de Panamá consideró viable una conexión tranviaria entre el centro de la ciudad y el Casco, con 11 estaciones.
¿Y si algún día lo reconstruimos?
No se trata simplemente de colocar rieles y comprar vagones. Se trata de preguntarnos qué Casco queremos dejarles a nuestros hijos.
¿Uno convertido progresivamente en estacionamiento, atravesado por vehículos y sometido al desgaste cotidiano? ¿O un Casco donde caminar vuelva a ser una experiencia, donde el transporte público sea parte de la solución y donde el patrimonio no sea solamente una fachada bonita para fotografiar?
Conservar el Casco no significa solamente restaurar piedras. Significa recuperar su memoria. Y esa memoria está en las grandes plazas, pero también en los viejos rieles, en los nombres curiosos y en las historias que nuestros mayores todavía nos alcanzaron a contar.
A veces pienso que aquel recorrido con mi querida tía abuela Pepin fue también una forma de herencia. Ella me entregó una pequeña historia que, de no haberla contado, quizá se habría perdido.
Porque una ciudad también se conserva así: pasando sus recuerdos de una generación a otra.
Y quizá el futuro del Casco consista precisamente en eso: reconstruir la memoria de lo que fuimos para decidir qué ciudad queremos volver a ser.

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