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El concepto de "poetic justice" y la realidad local de la justicia


HACE un par de décadas, a alguien que le había hecho muchísimo mal al país, le sobrevino una desgracia de ésas de carácter definitivo, en que se pierde honra, posición, posesiones y, además, queda la salud gravemente comprometida, y recuerdo que el difunto Roberto E. Arias (mejor conocido y recordado por amigos y enemigos como "Tito"), me comentó el hecho con dos palabras: "Poetic justice".
Recordándolo ahora cuando la administración de justicia está en entredicho en todos los niveles y en todas las instancias, me dio por buscar en el diccionario Webster (edición no abreviada) cuál era el significado de "poetic justice", y me encontré con la siguiente definición: un hecho que, como ocurre en algunas obras de teatro o historias, etc., representa que el mal se castiga y que el bien se recompensa, es decir, la justicia como uno quisiera que fuera.
Recordé también que Margaret Thatcher, cuando juzgaban a un miembro del Ejército Revolucionario Irlandés, dijo "la ley es la ley ES la ley", lo que obliga a la conclusión de que el máximo de justicia a que una sociedad pueda aspirar es que las leyes se cumplan y que se les apliquen a todos por igual, sean justas o injustas, buenas o malas, porque hay que reconocer que los jueces ingleses, con su peluca y sus mantos, se han convertido en símbolos de la aplicación debida de la ley a todos, por rigurosa que pueda ser.
No pude evitar que me pasaran por la memoria las Cartas finlandesas de Ángel Ganivet, ese olvidado y muy mal conocido clásico moderno que, cuya prosa es de las mejores y que se suicidó metiéndose en un río en Riga ante la derrota de España en la guerra contra Estados Unidos, decidió suicidarse ahogándose en un río en Riga, algo así como Virginia Woolf en el Támesis cuarenta años después por temor de que los nazis destruyeran su mundo intelectual.
Ganivet escribía sobre el hecho insólito de que en Finlandia el parlamento se reunía cada tres años para dictar leyes que reflejaran lo que ya se había vuelto costumbre aceptada y respetada por todos, o sea, que las leyes tenían que ser buenas en el máximo sentido concebible dada la fragilidad moral de los seres humanos.
Ahora bien, ¿qué valor pueden tener estos recuerdos vividos o leídos si uno no los aplica, con sentido histórico, a los tiempos que vive y a la sociedad en que vive? La respuesta es que, si uno no es un rufián, tiene que denunciar no sólo las injusticias sino también la venalidad o la incompetencia que hace que las leyes no se cumplan ni se respeten.
Hace casi trece años, la Revista Lotería me plagió un libro, mis Sonetos de la Pasión, que posteriormente críticos de España, Chile y de Estados Unidos han calificado como una de las mejores muestras de poesía a lo divino que se han dado después del siglo XVII, y no pude demandar a la institución porque el director era un figurón del gobierno de entonces y ningún abogado se atrevía a tomar el caso porque lo consideraba perdido desde un principio o porque no quería incurrir en la ira de un poderosito. El gobierno cambió pero el que entró a mandar en la Lotería sólo "ayudaba a los amigos que lo habían ayudado en su campaña política". De todo eso sólo me quedó la idea de escribir algún día un escrito que se intitulara La pasión de los sonetos.
Ahora bien, han pasado casi trece años desde entonces, y me encuentro ahora, de sopetón, con el caso de una mujer con cuatro hijos menores que el marido quiso desalojar de su casa después de vivir con ella doce años. La acusación inicial de adulterio no la pudo probar (entre otras cosas, porque se trata de una empleada doméstica que se levanta a las cuatro de la mañana para estar en su trabajo a las seis, y salir a las cuatro de la tarde corriendo a regresar a su casa a cocinarle a sus hijos y ayudarlos en las tareas hasta tarde en la noche). Después, como el seudo adulterio no prosperó, la denuncia se hizo por mal trato intrafamiliar, la fiscalía que recibió ambas denuncias, la primera en el mes de enero, la segunda en marzo, en violación manifiesta de la ley que establece que no se puede lanzar a una mujer con hijos menores, en mayo (cuatro meses después) le ordenó a una corregiduría que lanzara a humilde mujer el lanzamiento sin haberla llamado a declarar ni haberla siquiera notificado de que había procesos en contra suya.
Gracias a mi intervención personal y al señalamiento de las irregularidades en la confección del expediente, la fiscalía pospone la medida por 6 meses, sólo para que después, la juez del asunto, sin fallar el caso que en diciembre del año pasado debió concluir, nueve meses después ordene el lanzamiento y lo envíe a la corregiduría sin tomar en cuenta que en el expediente no sólo consta todo esto, sino que, además, están los certificados de nacimiento en que consta que los cuatro hijos son menores.
Actualmente, ya efectuado el lanzamiento contra la ley específica y contra toda moral, se han cursado denuncias a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a America"s Watch, a la UNICEF, a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, dado que no hay manera de que prosperen y sean debidamente fallados los recursos de amparo presentados por violación del debido proceso y violación de una ley vigente, que son garantías expresas contenidas en la Constitución publicada (porque produce una especie de "urticaria emocional" llamarla "Constitución vigente").
¿Será entonces el desenlace ecuatoriano la única esperanza de que el concepto de poetic justice tenga cabida entre las expectativas y las esperanzas de los panameños? Por perogrullada que sea, si no hay justicia arriba, abajo es inconcebible.
Este comentario no termina aquí. Dentro de algunos días, comentaré otras linduras.

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