Panamá
Gobiernos y contrarios
- Silvio Guerra Morales
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- Abogado
Los contrarios son, generalmente, contradictores. Los contradictores, en no pocas ocasiones, están animados por el verbo punzante, rencilloso y gélido. Sus razones tendrán. Eso no significa que, efectivamente, esto sea así o cierto. Los contrarios no son amados por sus respectivos contradictores, aunque pueden llegar a ser sujetos de admiración.
A cierto ex ministro, en Perú, en alguna ocasión le preguntaron su opinión sobre un dirigente obrero y respondió: “Ese es un hombre peligroso” y la periodista insistió: “¿Por qué razón?’”, y añadió: “Porque es un hombre de convicciones”. Muchos contrarios llegan a ser calificados como “hombres peligrosos” y ello por una sola razón: están plagados de buenas ideas, de sólidos principios, de una férrea fe y son personas insobornables. Estos hombres “peligrosos” son los que echan a rodar el progreso, el desarrollo, las buenas ideas, los aportes al Estado, a la gente, en fin. No son críticos por criticar ni opositores por el prurito afán de serlo.
Los contradictores son necesarios, casi indispensables en el mundo de las ideas, en la existencia de las cosas, en la naturaleza de ellas. Sin contradicción, sin duda alguna, no hay ciencia, no hay método ni ley ni proceso. No hay dialéctica del pensamiento sin contradicción. El genial Henrik Johan Ibsen -1828-1906-, célebre poeta y dramaturgo noruego, advertía que: “¿Alguna vez ha cogitado usted exhaustivamente un pensamiento sin chocar con una contradicción?”. Desde los tiempos romanos se tenía bien clara, en el actuar profundo del Derecho, que “Contraria juxta se posita magis eluscescunt-Los contrarios puestos uno al lado del otro alumbran más”.
En la vida política los contrarios se ven, se observan, se estudian, se analizan, pero casi nunca tienden a mesurarse. Tarea pendiente para los políticos: aprender a mesurarse. Ello implicaría la tolerancia como instrumento primordial en el manejo de las relaciones; el respeto a las ideas u opiniones de los demás sin que ello traduzca la renuncia de las propias cuando son válidas y legítimas; el respeto al ser, a su identidad como ente digno en la universalidad de las cosas.
En fin, los gobiernos necesitan a sus contrarios y los contrarios necesitan a sus gobiernos. Existe cierta identidad en este binomio político: ambos se coadyuvan, se aportan en los errores o en los tinos; se necesitan o requieren. Lo que no pueden aspirar el uno respecto del otro es a destruirse o aniquilarse. En la vida política el derecho a aniquilar –revocar- gobiernos pertenece al soberano: al pueblo y el pueblo, lógicamente, que no es un contrario. El es la razón de ser de los gobiernos y de la oposición.
Al final de cuentas, todo lo que suma o resta, toca o corresponde, inalienablemente, a la suma de la voluntad popular. Si aprendiéramos a tomar en cuenta o a valorar esa suprema voluntad, ni contrarios u opositores, y tampoco los gobiernos, cometerían tantos yerros.
Una sociedad que se autoproclama como democrática no puede existir ni coexistir sin ponderar, como indispensable, el disenso democrático. Callar o silenciar voces, por parte del poder político, es obra o tarea que conduce, ineludiblemente, al fracaso y al aniquilamiento de las ideas que nutren y fortalecen a la Patria cual savia que la alimenta. ¡Dios bendiga a la Patria!

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