La mujer más poderosa del mundo
La mujer más poderosa del mundo
Por primera vez en su historia democrática, Japón ha elegido a una mujer como primera ministra. La victoria aplastante de Sanae Takaichi no es solo un hito simbólico. Es una concentración extraordinaria de poder político en un momento de inestabilidad global. También es una prueba decisiva sobre si Japón está dispuesto a reinventarse o si seguirá atrapado en sus propias apatías.
El Partido Liberal Democrático ha dominado Japón por décadas, pero nunca con una mayoría tan amplia. Esta victoria no es un simple respaldo electoral. Es un mandato para actuar. Es una señal de que los votantes perciben que el mundo ha cambiado y que Japón debe cambiar con él. Sin embargo, el poder en sí mismo no transforma países. Lo que transforma países es la voluntad de utilizarlo.
Japón enfrenta amenazas externas cada vez más evidentes. China se expande con confianza militar y económica. Corea del Norte sigue siendo impredecible. Rusia ha demostrado que la guerra convencional sigue siendo una herramienta de política exterior. Japón depende todavía del paraguas nuclear estadounidense, pero esa dependencia ya no ofrece la misma seguridad que antes. En este contexto, reforzar la defensa nacional no es una opción ideológica, es una necesidad estratégica. Pero, la amenaza más peligrosa no viene del exterior. Viene del interior. Japón envejece. Su población disminuye. Su fuerza laboral se reduce. Este no es un problema abstracto. Es un problema que afecta el crecimiento, la innovación y la sostenibilidad del Estado. Ningún país puede prosperar indefinidamente mientras su población no crece.
Durante décadas, Japón ha evitado las decisiones difíciles. Ha protegido estructuras laborales rígidas. Ha limitado la inmigración. Ha mantenido normas sociales que restringen el pleno potencial de las mujeres. Estas decisiones fueron políticamente cómodas, pero económicamente costosas. Ahora el tiempo para evitarlas se ha agotado.
La victoria de Takaichi le da algo raro en política. Le da espacio. Espacio para reformar el sistema laboral. Espacio para abrir el país a nuevos trabajadores. Espacio para modernizar la economía. Espacio para redefinir el papel de Japón en el mundo. Pero el espacio político es temporal. No dura para siempre.
El mayor riesgo no es que fracase. El mayor riesgo es que no lo intente. Los líderes con grandes mandatos a menudo confunden apoyo con aprobación permanente. Caen en el simbolismo. Se refugian en gestos ideológicos que satisfacen a sus seguidores, pero no resuelven los problemas estructurales.
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