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Opinión / Los pecado capitales, la avaricia

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Dignidad humana / Maldad / Necesidad / Necesidad / Riqueza

Panamá

Los pecado capitales, la avaricia

Actualizado 2023/09/30 01:13:34
  • Alonso Correa
  •   /  
  • opinion@epasa.com
  •   /  

Los codiciosos, necesitados de más, más y más, malviven, son vagabundos entre la riqueza, perdidos en un bosque de diamantes.

El ardor de necesitar más, el inaguantable pesar de siempre ver el vaso medio vacío. Es enfermizo, es nauseabundo, es, para los poseídos por Mammón, doloroso. La avaricia hace que la vida se tiña de gris, los colores se apaguen, el brillo se atenúe, la llama de la vida se enfríe. Los avaros, enajenados por el brillo de lo material, son despreciados, su actuar los convierte en seres repulsivos, en degenerados, repudiados por los que conviven a su alrededor.

Los codiciosos, necesitados de más, más y más, malviven, son vagabundos entre la riqueza, perdidos en un bosque de diamantes. Los adoradores de Mammón están ciegos, sordos y mudos, dañados por una densa niebla que turba sus sentidos.

Piense usted por un momento, por apenas un instante, que todo lo que tiene, todo lo que ha llegado a conseguir, todo por lo que ha peleado, por muy difícil que haya sido, por muy complicado; siempre se quede en poco.

Es agua tornándose en sal al contacto de los labios de un sediento, es el rey Midas rodeado de oro, pero sin poder comer. La avaricia es, para el que la sufre, una infeliz realidad, y para el testigo de aquel pecado, una reafirmación de la maldad humana.

Espero que este corto pensamiento, esta mínima reflexión, no se convierta en una carta que justifique uno de los pecados capitales. No quiero que esto se entienda como una excusa para los viles movimientos de un adicto a la ganancia. Espero que esto sea visto como un texto que brinde algo de luz a un tema mucho más complicado que la superficial necesidad de más poder, de más materia, la acumulación de obscena riqueza.

La avaricia es un pecado, uno de los más grandes, sí, de eso no hay duda alguna, pero, ¿por qué? ¿Por qué estamos tan en rechazo de la insaciable ambición de un individuo de conseguir más de lo que jamás podrá gastar, por qué vemos con tan malos ojos el objetivo de superar los límites de lo que se puede tener? El porqué no reside en lo que se le quita a los demás, no es un regaño la inclusión de esta pecaminosa necesidad en la lista, no es un grito a la cooperación entre hermanos, no es una medicina en contra del egoísmo.

Es un error bastante común pensar que los pecados capitales son una lista de prohibiciones para satisfacer las necesidades de una comunidad, pero, de nuevo, esto es una falacia, un fallo, una mentira. La lista de las perversiones más grandes son, para los que la sufren, síntomas de un mal encarnado en su corazón, son muestras de un alma enferma. Los siete pecados son siete maneras de vivir en la infelicidad. Esa es la razón por la que son tan repudiados. Porque, aunque a los avaros esta realidad se la tapan colinas enteras de oro, los demás, esos que ven más allá de los bienes materiales, saben que existe un hueco en el espíritu del codicioso.

La avaricia es pecado porque se entromete en la búsqueda humana de la felicidad, es un muro frente a la paz, una guadaña que corta los brotes de bienestar. La avaricia destruye el cristal por el cual se filtran los rayos de satisfacción, por eso es un pecado. La codicia, el culto a Mammón, resquebraja el amor al trabajo, distorsiona la percepción propia del esfuerzo, de la fatiga, de todo por lo que se pasó para conseguir cuanto se tiene. La avaricia, más que un perjuicio a los que rodean al ruin avaro, es un pozo por el que cae toda la dicha, la alegría por la vida, que tiene el individuo aquejado por la codicia.

 

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