Panamá
Me cuesta creerlo, pero es lo más lindo
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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Me cuesta creer que siendo yo tan ruin, tan poca cosa, que no he hecho nada sobresaliente en la vida, como los santos, como los mártires de la Iglesia, como los héroes de las naciones y los grandes protagonistas de la historia, en las ciencias, artes, descubridores, Dios se haya fijado en mi. Y lo haya hecho de la manera más hermosa, sublime, gloriosa, como cuando lo hizo con el Buen Ladrón, mirándolo con compasión, con ternura, diciéndole que "hoy estarás conmigo en el paraíso". Y es que este hombre nos representa a todos, que sin hacer méritos nos da el premio de la vida eterna con sólo creer en Él, confesarlo públicamente, dar testimonio de su gloria, y creer en su misericordia divina. El Buen Ladrón en su vida había sido un facineroso, un asaltante, un delincuente de marca mayor, alguien que había hecho mal, pero bastante, para que el Imperio lo condenara a muerte y de manera pública. Los romanos podrían ser perversos en algunas cosas, invasores y crueles, pero respetaban el derecho, y habían procesos, tribunales, se dictaminaban sentencias apegadas al derecho romano. Y este señor, el Buen Ladrón, era todo menos bueno para merecer la pena de muerte y de manera pública.
Y aquí estoy yo, y está usted, y estamos cada uno de nosotros, con nuestros egos inflados, engañándonos a nosotros mismos, con apariencias de buenos, con muchos pecados de omisión, que son los peores, porque consisten en no haber hecho el bien que tendríamos que haber hecho y en el momento oportuno. Cada uno de nosotros ha dejado un vacío en la historia, que nadie podrá llenar. Es por todo el bien que no hemos hecho. Y eso afecta a la marcha histórica ascendente hacia el cielo, con un Cristo que lo recapitula todo en Él, que lo asume todo en sí mismo, y lo lleva al Padre, lo entrega todo a Dios Padre. Es como si se construyera una gran muralla medieval para defender una ciudad y algunos dejaran boquetes grandes o pequeños por descuido, por pereza y dejaran al desamparado algunas paredes de piedra y el enemigo pudiera entrar por ahí y atacar la ciudad. Todo pecado personal afecta al Cuerpo de Cristo en la historia,
Pero aún así Dios se fija en nosotros, nos ama incondicionalmente, nos perdona una y otra vez, sigue creyendo en nosotros y aplica una y otra vez lo que dice la parábola del Hijo Prodigo, dándonos una nueva oportunidad, incorporándonos a su corazón amantísimo borrando todas nuestras culpas. Él sí perdona setenta veces siete; lo hace siempre, pero siempre si nos arrepentimos.

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