Política y gobernantes. Pugna entre el militarismo y el civilismo del Estado (1968-1989)
Publicado 2003/12/14 00:00:00
- San José
Quién sabe sea ésta la parte más subjetiva -lo que no quiere decir falsa, sino que me compromete más vitalmente- de esta serie de artículos sobre la política y los gobernantes en el centenario de nuestra historia republicana. Dediqué veintiún años de mi vida a hacerle frente al régimen militar -la dictadura- y expuse todo, no sólo mi profesión, mi libertad, incluso en varias oportunidades mi vida, sino más preocupante para mí expuse a mi mujer, a mis hijas e hijos y a mis copartidarios a sacrificios y peligros múltiples. Por ello lo que escribo tiene una carga emocional que no puedo ni quiero eliminar, pero que trato de integrar al resto de mi vida de modo que mi presente y mi futuro queden libres y no sean prisioneros de la memoria. De igual manera, considero que los 21 años de la dictadura no pueden tratarse como un paréntesis ajeno al resto de nuestra historia, sino como parte integral de nuestra historia, por negativo que juzguemos su valor, con antecedentes, semejanzas, y consecuencias por los cuales los dirigentes del régimen compartieron la responsabilidad con personas que fueron miembros reconocidos del régimen, ya sea antes o después de su caída adversando las últimas etapas o apenas algunos residuos del mismo.
En la primera etapa de nuestra historia republicana, de 1903 a 1931, la gran mayoría de dirigentes políticos y como resultado los partidos políticos de significación y los gobernantes compartieron grosso modo un proyecto nacional, a saber establecer la república independiente como sistema de gobierno que era necesario para que se construyera el Canal por Panamá. Ello le otorgaba a la vida política del país una meta común y por lo tanto, una unidad básica sobre la cual se perfilaban las diferencias. En la segunda etapa, de 1931 a 1968, también hubo un proyecto, a saber desarrollar el Estado Nacional y la revisión de Convenio de 1903 para que Panamá pueda ejercer plena y responsablemente su soberanía.
Pero la confrontación entre quienes representaban, al nivel más alto, los dos componentes indispensables de este proyecto, a saber, por una parte, la capacidad del Estado para darle rumbo no sólo a la política, sino además a la economía, a la cultura y a la sociedad como tal, capacidad controlada en última instancia por los jefes militares de la Policía y luego el Gobierno Nacional. Por otra parte, también es indispensable la conciencia y pertenencia socioeconómicas de la población, hasta cierto punto jefaturada por el Dr. Arnulfo Arias. Esas confrontaciones fueron tan recurrentes y duras que el proyecto no pudo estabilizarse y consolidarse, aunque hubo momentos de relativo orden constitucional.
La tercera etapa de nuestra historia, de 1968 a 1989, agravó el factor de división. No sólo lo que nos dividía neutralizó lo que nos unía, sino que predominó sobre lo que nos unía. Todavía en la segunda etapa se podía decir que el desarrollo del Estado Nacional era la finalidad compartida, aunque las metodologías y los liderazgos de dicho desarrollo se contrapusieran radicalmente.
En la tercera etapa, quienes optaban por una gobierno militarista y quienes optaban por un gobierno civilista experimentaron, sobre todo, la división que en la peor de sus expresiones casi hunde al país e incluso una intervención militar extranjera el incumplimiento formal de los Tratado Torrijos -Carter pudo provocar.
Para unos panameños, el llamado "proceso" fue una revolución que liberaba al país del dominio de la oligarquía en lo interno y de la subordinación a los Estados Unidos en lo exterior, mantenida esta última a través de un enclave semi-colonial. Para otros panameños el proceso fue, en cambio, una dictadura que sometía el país en lo interior al poderío militar, con represión y corrupción, y destinaba el enclave al engrandecimiento castrense que ya estaba llevando y llevaría aún mucho más nuestro país hacia crecientes riegos de participar en una peligrosa participación en situaciones de conflicto internacional.
El golpe militar del 11 de octubre de 1968 y sus propósitos. Siempre pensé durante la lucha contra la dictadura que la motivación y, por ende, los propósitos del golpe del 11 de octubre eran por lo menos dos. Primero, me parecía evidente que la oficialidad tenía una motivación egoísta, que se podía expresar en la consabida frase: "Quítate tú para ponerme yo". Cansados de reprimir, contribuir a fraudes y facilitar corrupciones para beneficio de otros, sobre todo políticos civiles tradicionales u oligárquicos, a los jóvenes oficiales se les debe haber ocurrido muchas veces que ellos podían hacer lo mismo para su propio beneficio.
Probablemente, no lo pensaron al inicio del Golpe en términos tan crudos. Este motivo pudo estar virtualmente envuelto en la conciencia que tenían de los agravios de los que sentían víctimas, a saber que el presidente no cumplió su promesa de respetar el escalafón militar y policial, que comenzó a trasladar a puestos de menor importancia y que los trató con desprecio. Con referencia a lo último, por ejemplo, cuando el capitán Boris Martínez recibió al presidente Arias con una guardia de honor en el aeropuerto de David al llegar éste a dicha ciudad el 5 de octubre con el propósito de inaugurar la planta de la Cervecería Chiricana S.A, Arnulfo Arias ignoró por completo el saludo protocolar y no lo devolvió. Boris Martínez hizo entonces el comentario: "¡Esto no se va a quedar así!"
El 10 de octubre, el Mayor Martínez convocó a una reunión a los oficiales jefes de sector o de departamento, a la cual se presentó el Tte. Coronel Torrijos. Martínez sometió a votación de los presentes si se aceptaba o no la participación de Torrijos, quien fue aceptado. El hecho, sin embargo, reveló que en la misma medida en que los guardias se inmiscuían en política, en esa medida las actitudes y usos políticos se infiltraban en la Guardia. En esta reunión se determinó definitivamente dar el Golpe al día siguiente y que sería iniciado por el Mayor Martínez desde el cuartel de David.
El comportamiento de estos oficiales después del Golpe, una vez que asumieron el poder, no desmintió esta primera motivación, muy por lo contrario, ya que generaron una "nomenclatura" de nuevos ricos entre algunos de ellos mismos y/o sus adláteres civiles.
Por otra parte, los contactos de los oficiales con los civiles y con los problemas económicos, sociales y culturales del país no podían dejarlos indiferentes. Tomemos el caso del General Torrijos, por ejemplo. En marzo de 1958, como capitán (desde noviembre de 1956), encabezó el destacamento que persiguió a los estudiantes alzados en Cerro Tute. Murieron dos estudiantes, mientras él resultó herido. En mayo del mismo año acompañó al capitán José Manuel Hurtado a rodear el Instituto Nacional, listos a entrar y reprimir si les hubieran dado la orden. En los disturbios del 19 al 22 de mayo murieron dos estudiantes, José Mauel Araúz y Rolando Alberto Jiménez Rodríguez. En enero de 1962 Torrijos, como mayor (desde el 3 de octubre de 1960), encabezó el destacamento que le hizo frente a los indígenas de Kuna Yala, quienes rechazaban la política oficial de reprimir el contrabando de Colombia. En agosto del mismo año como mayor acompañado por el capitán Boris Martínez jefatura el destacamento al que se entregó el ex Mayor Hurtado cuando se alzó contra el primer comandante Bolívar Vallarino. En marzo de 1968, al producirse el enjuiciamiento del presidente Robles y su sustitución por el primer vicepresidente Max Devalle, el Tte. Coronel Torrijos (desde 1 de julio de 1966) encabezó el destacamento que rodeó la Asamblea y la cerró.
Estas y similares experiencias les deben haber abierto los ojos al hecho de que el país no tenía la cohesión ni la solidaridad para resolver los problemas socioeconómicos y tampoco las lacras del fraude y de la corrupción, que socavan el poder del voto. De allí les debe haber surgido la disposición a acoger el proyecto militarista socio-nacional para forjar el Estado Nacional panameño. Este propósito tampoco habría estado explícitamente presente en la mente de los militares golpistas al momento de dar el Golpe, pero la historia posterior probó que el Golpe implicó en los oficiales golpistas además de sus reivindicaciones individuales y profesionales egoístas , otras de índole social y nacional.
De esta manera llegaron a intentar, ya sea por iniciativa propia, por recomendación de asesores izquierdizantes o por influencia del ejemplo peruano, una solución social y nacional militarista a la tensión y aún el conflicto entre la dimensión estatal y la social del Estado Nacional. Todo indica que este segundo propósito surgió después de cierto tiempo. En resumen, los propósitos del golpe fueron ambiguos: beneficiarse los mismos militares en vez de beneficiar a civiles muchas veces de la oligarquía, pero, adicionalmente ensayar una fórmula de militarismo socio-nacional para forjar finalmente el Estado Nacional, transformando para ello la relación contractual con los EU sobre el Canal.
Por último, a partir del Golpe, los militares golpistas escogieron con quienes intentar esta nueva fórmula. Aunque la identidad de los colaboradores cambió con el tiempo, las circunstancias y los cambios dentro de la misma Guardia, se puede decir que contaron con tres fuentes de colaboradores. Contaron con algunos de sus viejos patrocinadores de la oligarquía, quienes aceptaron, por anti-arnulfismo o por aprovechamiento de oportunidades, la colaboración. Contaron también con miembros de los sectores medios, de los cuales muchos de ellos provenían y con los que podían sentir cierta identificación de origen y posición social y después de cierto tiempo contaron con sus beneficiarios de abajo, cuyo apoyo cultivaron. En todo caso, siempre y cuando los colaboradores fueran efectivos políticamente y se mantuvieran subordinados a la cúpula castrense, aceptando la jerarquía militar impuesta al Estado y con ella los objetivos asignados en lo social y en lo nacional.
El movimiento golpista comenzó proclamándose "restaurador" de la democracia que las últimas elecciones habrían pervertido y nombrando a honorables ciudadanos al Tribunal Electoral con la encomienda de proponer un Código Electoral que nos diera elecciones ejemplares en un corto plazo. Pero rápidamente se transformó en un movimiento que se autocalificaba de revolucionario y que pretendía gestar un nuevo régimen distinto al que idearon los próceres y de cuyos ideales habíamos vivido de 1903 a 1968, y naturalmente sin límite de tiempo en su duración.
En la primera etapa de nuestra historia republicana, de 1903 a 1931, la gran mayoría de dirigentes políticos y como resultado los partidos políticos de significación y los gobernantes compartieron grosso modo un proyecto nacional, a saber establecer la república independiente como sistema de gobierno que era necesario para que se construyera el Canal por Panamá. Ello le otorgaba a la vida política del país una meta común y por lo tanto, una unidad básica sobre la cual se perfilaban las diferencias. En la segunda etapa, de 1931 a 1968, también hubo un proyecto, a saber desarrollar el Estado Nacional y la revisión de Convenio de 1903 para que Panamá pueda ejercer plena y responsablemente su soberanía.
Pero la confrontación entre quienes representaban, al nivel más alto, los dos componentes indispensables de este proyecto, a saber, por una parte, la capacidad del Estado para darle rumbo no sólo a la política, sino además a la economía, a la cultura y a la sociedad como tal, capacidad controlada en última instancia por los jefes militares de la Policía y luego el Gobierno Nacional. Por otra parte, también es indispensable la conciencia y pertenencia socioeconómicas de la población, hasta cierto punto jefaturada por el Dr. Arnulfo Arias. Esas confrontaciones fueron tan recurrentes y duras que el proyecto no pudo estabilizarse y consolidarse, aunque hubo momentos de relativo orden constitucional.
La tercera etapa de nuestra historia, de 1968 a 1989, agravó el factor de división. No sólo lo que nos dividía neutralizó lo que nos unía, sino que predominó sobre lo que nos unía. Todavía en la segunda etapa se podía decir que el desarrollo del Estado Nacional era la finalidad compartida, aunque las metodologías y los liderazgos de dicho desarrollo se contrapusieran radicalmente.
En la tercera etapa, quienes optaban por una gobierno militarista y quienes optaban por un gobierno civilista experimentaron, sobre todo, la división que en la peor de sus expresiones casi hunde al país e incluso una intervención militar extranjera el incumplimiento formal de los Tratado Torrijos -Carter pudo provocar.
Para unos panameños, el llamado "proceso" fue una revolución que liberaba al país del dominio de la oligarquía en lo interno y de la subordinación a los Estados Unidos en lo exterior, mantenida esta última a través de un enclave semi-colonial. Para otros panameños el proceso fue, en cambio, una dictadura que sometía el país en lo interior al poderío militar, con represión y corrupción, y destinaba el enclave al engrandecimiento castrense que ya estaba llevando y llevaría aún mucho más nuestro país hacia crecientes riegos de participar en una peligrosa participación en situaciones de conflicto internacional.
El golpe militar del 11 de octubre de 1968 y sus propósitos. Siempre pensé durante la lucha contra la dictadura que la motivación y, por ende, los propósitos del golpe del 11 de octubre eran por lo menos dos. Primero, me parecía evidente que la oficialidad tenía una motivación egoísta, que se podía expresar en la consabida frase: "Quítate tú para ponerme yo". Cansados de reprimir, contribuir a fraudes y facilitar corrupciones para beneficio de otros, sobre todo políticos civiles tradicionales u oligárquicos, a los jóvenes oficiales se les debe haber ocurrido muchas veces que ellos podían hacer lo mismo para su propio beneficio.
Probablemente, no lo pensaron al inicio del Golpe en términos tan crudos. Este motivo pudo estar virtualmente envuelto en la conciencia que tenían de los agravios de los que sentían víctimas, a saber que el presidente no cumplió su promesa de respetar el escalafón militar y policial, que comenzó a trasladar a puestos de menor importancia y que los trató con desprecio. Con referencia a lo último, por ejemplo, cuando el capitán Boris Martínez recibió al presidente Arias con una guardia de honor en el aeropuerto de David al llegar éste a dicha ciudad el 5 de octubre con el propósito de inaugurar la planta de la Cervecería Chiricana S.A, Arnulfo Arias ignoró por completo el saludo protocolar y no lo devolvió. Boris Martínez hizo entonces el comentario: "¡Esto no se va a quedar así!"
El 10 de octubre, el Mayor Martínez convocó a una reunión a los oficiales jefes de sector o de departamento, a la cual se presentó el Tte. Coronel Torrijos. Martínez sometió a votación de los presentes si se aceptaba o no la participación de Torrijos, quien fue aceptado. El hecho, sin embargo, reveló que en la misma medida en que los guardias se inmiscuían en política, en esa medida las actitudes y usos políticos se infiltraban en la Guardia. En esta reunión se determinó definitivamente dar el Golpe al día siguiente y que sería iniciado por el Mayor Martínez desde el cuartel de David.
El comportamiento de estos oficiales después del Golpe, una vez que asumieron el poder, no desmintió esta primera motivación, muy por lo contrario, ya que generaron una "nomenclatura" de nuevos ricos entre algunos de ellos mismos y/o sus adláteres civiles.
Por otra parte, los contactos de los oficiales con los civiles y con los problemas económicos, sociales y culturales del país no podían dejarlos indiferentes. Tomemos el caso del General Torrijos, por ejemplo. En marzo de 1958, como capitán (desde noviembre de 1956), encabezó el destacamento que persiguió a los estudiantes alzados en Cerro Tute. Murieron dos estudiantes, mientras él resultó herido. En mayo del mismo año acompañó al capitán José Manuel Hurtado a rodear el Instituto Nacional, listos a entrar y reprimir si les hubieran dado la orden. En los disturbios del 19 al 22 de mayo murieron dos estudiantes, José Mauel Araúz y Rolando Alberto Jiménez Rodríguez. En enero de 1962 Torrijos, como mayor (desde el 3 de octubre de 1960), encabezó el destacamento que le hizo frente a los indígenas de Kuna Yala, quienes rechazaban la política oficial de reprimir el contrabando de Colombia. En agosto del mismo año como mayor acompañado por el capitán Boris Martínez jefatura el destacamento al que se entregó el ex Mayor Hurtado cuando se alzó contra el primer comandante Bolívar Vallarino. En marzo de 1968, al producirse el enjuiciamiento del presidente Robles y su sustitución por el primer vicepresidente Max Devalle, el Tte. Coronel Torrijos (desde 1 de julio de 1966) encabezó el destacamento que rodeó la Asamblea y la cerró.
Estas y similares experiencias les deben haber abierto los ojos al hecho de que el país no tenía la cohesión ni la solidaridad para resolver los problemas socioeconómicos y tampoco las lacras del fraude y de la corrupción, que socavan el poder del voto. De allí les debe haber surgido la disposición a acoger el proyecto militarista socio-nacional para forjar el Estado Nacional panameño. Este propósito tampoco habría estado explícitamente presente en la mente de los militares golpistas al momento de dar el Golpe, pero la historia posterior probó que el Golpe implicó en los oficiales golpistas además de sus reivindicaciones individuales y profesionales egoístas , otras de índole social y nacional.
De esta manera llegaron a intentar, ya sea por iniciativa propia, por recomendación de asesores izquierdizantes o por influencia del ejemplo peruano, una solución social y nacional militarista a la tensión y aún el conflicto entre la dimensión estatal y la social del Estado Nacional. Todo indica que este segundo propósito surgió después de cierto tiempo. En resumen, los propósitos del golpe fueron ambiguos: beneficiarse los mismos militares en vez de beneficiar a civiles muchas veces de la oligarquía, pero, adicionalmente ensayar una fórmula de militarismo socio-nacional para forjar finalmente el Estado Nacional, transformando para ello la relación contractual con los EU sobre el Canal.
Por último, a partir del Golpe, los militares golpistas escogieron con quienes intentar esta nueva fórmula. Aunque la identidad de los colaboradores cambió con el tiempo, las circunstancias y los cambios dentro de la misma Guardia, se puede decir que contaron con tres fuentes de colaboradores. Contaron con algunos de sus viejos patrocinadores de la oligarquía, quienes aceptaron, por anti-arnulfismo o por aprovechamiento de oportunidades, la colaboración. Contaron también con miembros de los sectores medios, de los cuales muchos de ellos provenían y con los que podían sentir cierta identificación de origen y posición social y después de cierto tiempo contaron con sus beneficiarios de abajo, cuyo apoyo cultivaron. En todo caso, siempre y cuando los colaboradores fueran efectivos políticamente y se mantuvieran subordinados a la cúpula castrense, aceptando la jerarquía militar impuesta al Estado y con ella los objetivos asignados en lo social y en lo nacional.
El movimiento golpista comenzó proclamándose "restaurador" de la democracia que las últimas elecciones habrían pervertido y nombrando a honorables ciudadanos al Tribunal Electoral con la encomienda de proponer un Código Electoral que nos diera elecciones ejemplares en un corto plazo. Pero rápidamente se transformó en un movimiento que se autocalificaba de revolucionario y que pretendía gestar un nuevo régimen distinto al que idearon los próceres y de cuyos ideales habíamos vivido de 1903 a 1968, y naturalmente sin límite de tiempo en su duración.

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