Panamá
Sobre el destino manifiesto de América
- Arnulfo Arias
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En Panamá, un 28 de enero de 1671, el sajón, vestido de pirata, vino a saquear las tierras de los indios, invadidas por latinos de la Madre Patria; esos fueron los primeros golpes de cañón de lo que vendría a convertirse en el destino manifiesto de estos pueblos nuestros. La historia es revolvente y, más que repetirse en espiral, se tiende a regresar sobre sí misma, con máscaras distintas, pero cubriendo lo que sería una misma cara. La pugna histórica entre el latino y el sajón vino a desatarse nuevamente en estas tierras, y hasta hoy se desenvuelve todavía en la tarima de la historia americana. Más que celos migratorios, es una resistencia natural al mestizaje inevitable; una resistencia inútil que se encuentra ya en su últimos aliento de vida.
El latino vino a conquistar, pero al final fue conquistado por la selva y por la magia misteriosa de la sangre originaria; hoy su rasgo es solo parte entrelazada entre la descendencia de Latinoamérica, que conformamos todos los que provenimos desde el sur del continente, asimilados por la biología y dispersos solo por el pensamiento. El nacionalismo radical de cada estado nos ha venido a separar; pero la genética no miente y prevalecerá con toda fuerza un día; la sangre es más pesada que el agua de los continentes. Somos esa raza cósmica, anunciada por José Vasconcelos. Una raza a la que emigran todas los demás razas humanas, no como un residuo despreciable, sino para cumplir el cometido de centrarse nuevamente sobre un eje de unidad vital y, posiblemente, para la supervivencia misma de la especie humana.
Por nuestra memoria genética se pasean descalzos esos pueblos originarios con su serenidad estoica y su magia milenaria, que arrastra sus raíces hacia el Asia; reman a lo largo de largas corrientes de las venas el arrojo intrépido de los latinos que, al amparo de una fe enmascaraba en voluntad de hierro, enfrentaban los peligros sin temor alguno; hay fuentes subterráneas muy profundas y olvidades en nosotros, de la escrupulosidad y la disciplina del anglosajón, que se han venido finalmente a asimilar contra el rechazo que sufrimos inicialmente; hay fuerza atávica de la antigua Africa en nosotros y en nuestra descendencia habrá siempre un espejo de quienes fueron, sin lugar a dudas, los primeros hombres en poblar la tierra y de los cuales descendemos todos por igual. Somos latinoamericanos, porque así lo quiso nuestra evolución geográfica y genética. Nada puede ya hoy día frenar ese destino de progreso y de unidad, repugnada solo por aquellos que se resisten ante lo que les resulta inevitable y manifiesto en nuestro mestizaje. America será algún día el asiento y el hogar de esa raza cósmica en la que desembocarán un día, orgullosamente, todas las demás.

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