Panamá
Sobre la independencia del criterio
- Arnulfo Arias
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Estadísticas recientes nos muestran que las llamadas "selfies" son más peligrosas, en promedio, que el ataque de un tiburón. Es decir que portamos en nuestras manos un artefacto electrónico que es más letal que un animal salvaje, acompañado de un ansia de reconocimiento que es aún peor que eso. Tristemente, lo hacemos todo por el precio, o el desprecio, de la opinión ajena. Constantemente caminamos este mundo tras la búsqueda de aprobación de otros por encima de la nuestra. Cierto que, como decía Einstein, venimos a para servir al prójimo; pero eso no debe confundirse con la preposición de ser bufones para el mundo. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Ser independientes es una de las tareas más atrevidas, radicales y rebeldes del hombre, porque al vivir en sociedad debemos necesariamente atemperar los gustos y la preferencias dentro de la mezcla de la colectividad en que convivimos. Sin embargo, son siempre los pioneros de la innovación los que llevan adelante el curso hacia del progreso humano. Tarde o temprano en la vida debemos escoger el camino silencioso y cómodo de sumisión o el descalzo y pedregoso de la independencia. No nos enseñan en la escuela esa misión, sino que es el hogar el núcleo principal sobre el que podría emprenderse la estructura de esa fortaleza personal. Amoldar los pensamientos propios a los de los demás, pero sin comprometer jamás nuestro criterio. Eh allí pregunta, como decía Shakespeare. ¿Es acaso eso posible sin el rechazo y la condena ajena? Solo hay una forma de saberlo, y esa solo puede estar en uno mismo y en sus propias decisiones.
Tal vez se trata de usar un uniforme, pero sin estar uniformado por adentro. Un balance entre la tolerancia y la independencia firme del criterio. Comprometerse colectivamente, como signatario de ese pacto social; pero vivir sin diluirse por completo como gota en el océano de opinión ajena. La consciencia de saber, a ciencia cierta, que la ropa que usamos, el alimento que consumimos y la publicidad que se nos impone, son solo factores externos de la vida. No es que un calzado especial me va a hacer más feliz porque lo calza tal o cual artista; no es que tal o cual marca de cereal es la mejor, porque el atleta tal sale en el rostro del empaque. Toda esa ficción es solo eso. Invento de imaginación, producto sutil de la inducción que es concebida por la industria para que consumamos sin estar conscientes de ello. Los mensajes subliminales que siembran en nosotros preferencias inconscientemente son especialmente letales para el pensamiento independiente. Como ratas de laboratorio, nos observan los científicos pagados de las grandes industrias de consumo. Saben ya lo que nos infla el ego y se dedican grandes sumas a la investigación que logra de nosotros esa esclavitud que induce hacia el consumo ciego. Está en el individuo reconocer sus preferencias personales, sin convertirse necesariamente en un asceta. Saber que un reloj barato da la misma hora que uno caro, es parte de ese juego de medir en cada cual hasta dónde se ha sido deformado el hábito de consumir y la capacidad de pensar.

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