Panamá
Sobre las libertades electrónicas del hombre
- Arnulfo Arias Olivares
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Vivimos en una nueva era de libertades personales, casi ilimitadas; algunas irreverentes, como la decisión personal de convertirse en perro (therians) o la expansión que nos permite conocer de todo lo que podamos imaginar a través del internet. Pero, a la vez, estamos siendo constantemente bombardeados por esas mismas redes que, acertadamente, llevan ese nombre, porque atrapan y moldean los hábitos en medio de conductas que se masifican, y terminan diluyendo nuestra personalidad.
Por primera vez en la historia del hombre, confluyen dos caminos, pero dentro de una misma encrucijada; libertad real y libertades percibidas solamente. Nos creemos libres de pensar, pero el mercadeo planificado nos indica qué comemos, qué vestimos, cómo nos debemos expresar y hasta qué hábitos debemos desplegar en nuestra convivencia humana. Por eso, la habilidad de pensar por uno mismo se ha convertido en uno de esos raros atributos que escasean. No lo digo como insulto. Todos, absolutamente, somos presas de la comodidades electrónicas modernas: se pueden comprar bienes sin dejar la casa; se puede hacer retiros o depositar en banco desde el propio celular; se puede interactuar chateando, por WhatsApp, sin pronunciar siquiera una palabra; se puede hacer estudios universitarios estando enpijamados en la cama y, curiosamente, se puede pedir a la inteligencia artificial que prepare ensayos sobre temas que precisamente estamos estudiando, mientras que nosotros, cómodamente, hacemos nuestra digestión.
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Todo lo anterior suena muy bien, pero nos lleva al punto central de nuestra reflexión. ¿No estamos cayendo acaso, como nunca antes, en una laxitud que es crónica y en una falta de firmeza y decisión individual? Si no le parece que estoy en lo correcto, consulte el internet. La pregunta más frecuente en Google, aunque no lo crea, es ¿cómo atarse una corbata? La experiencia vívida y personal está pasando a ser una pieza de museo. El sudor será algún día, no muy lejano, cosa del pasado, porque la actividad física estará cada vez menos de moda.
Pensar y rebelarse, no contra el sistema, sino contra la trampa que inconscientemente nos envuelve a casi todos, podría ser la solución. El internet se ha vuelto tan indispensable hoy en día como el agua potable. Prueba de ello es que un 75% de la población mundial tiene acceso a ambas cosas a la vez.
Al convertirse el internet en algo tan indispensable para el hombre, me pregunto yo qué pasaría si, por cualquier factor externo (desastres naturales, amenazas siderales, etc.), quedáramos privados repentinamente de este recurso artificial. Nuestro cerebro seguiría funcionando, sin lugar a dudas, como funcionó en el hombre primitivo, pero el proceso natural de aprendizaje, que requería de la palabra delegada de generación a otra, del tacto y del olfato, de la vista y la intuición, ¿dónde quedaría ante este gran vació que dejaría la existencia casi electrónica del ser humano de hoy? Creo firmemente que la tecnología moderna es parte vital de nuestras sociedades; pero no podemos, como individuos, dejarnos colonizar por ella, de manera que erradique el pensamiento individual y nos convierta en seres tan dependientes de ella que nuestro cerebro funcione deficientemente ante su ausencia.
. En un mundo tan impersonal, en el que la violencia se deshumaniza por medio de videos en nuestro celular, en el que la iniciativa individual se diluye, en parte, porque la debemos encontrar afuera de nosotros, en el que las supuestas libertades son cadenas disfrazadas, todo se podría distorsionar. Me preocupa, en lo personal, la falta de esa interacción que la palabra hablada nos brindaba hace algunas décadas. No hemos dejado de comunicarnos, y tal vez hasta nos comunicamos más hoy día, pero lo hacemos a través de caracteres de emojis que han remplazado las facciones de los rostros, paulatinamente.

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