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Opinión / Sobre nuestra identidad nacional

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Opinión

Sobre nuestra identidad nacional

Publicado 2024/12/03 00:00:00
  • Arnulfo Arias Olivares

En nuestro Panamá, la raza cósmica de Vasconcelos ha cobrado vida. El negro, el indio, el blanco, corren por las venas de este pueblo...

¿Por qué es tan importante rastrear la identidad nacional, identificarla y enseñarla? La pregunta va tejida con inquietudes de tipo personal, y en la búsqueda de una respuesta, espero disipar más dudas para mí que para cualquier otra persona. Si un hombre no conoce de su identidad como pueblo, tampoco conocerá apropiadamente su identidad como individuo. A diferencia de los italianos, los españoles o los británicos, nosotros en Latinoamérica no hemos podido consolidar, de manera certera, quienes somos en realidad, porque se nos ha privado, con alevosía, de la consciencia regional, porque somos amalgama de muchas naciones, que vinieron a encontrarse en estos suelos casi por un accidente del destino. Los "conquistadores" no vinieron en búsqueda de libertad, sino más bien bajo el impulso de las ansias de dominación, de la sed personal de riqueza, del sentido equivocado de una supuesta superioridad racial. Eso fue; y ya fue así. Nos toca ahora reconciliarnos con esa realidad y no seguir considerándola como una pesadilla del pasado. Así como Jung nos aconseja sacar nuestros temores al estadio de la realidad, evidenciándolos, debemos hacer lo mismo con nuestro pasado colectivo. Nuestros ancestros españoles vinieron a robar, a devastar y a esclavizar. Ningún viso de idealismo expansivo, de humanidad, de compasión, venía en esas carabelas que ataron anclas, por primera vez, en nuestras costas. Solo venían en búsqueda del oro, para luego evangelizar, en medio de una religión que fue instrumento de dominación de nuestra sangre indígena. A lo romano, vieron, vinieron y vencieron. Devastaron nuestras poblaciones, no solo con sus arcabuces y las espadas con cruces de un cristianismo cruel y malinterpretado. Saldada la cuenta con ese pasado, conscientes de que fue una realidad, podemos pasar encima de la página de historia dolorosa. Con el tiempo, el conquistador fue conquistado, y se fue adentrando lentamente en él el mestizaje y los vapores de la selva tropical. Algo en ese verde endémico, se fue fraguando en el tejido ibérico, haciendo cholo del hidalgo, aunque nunca lo supiera. Hasta hoy, la raza latinoamericana rechaza el entintado indígena que es parte de sus genes. Lo rechaza, lo deplora, lo denigra, pero vive en él y en él convive silenciosamente. No pensamos como el europeo, no pensamos como los hermanos norteamericanos, pensamos como los latinoamericanos. Nuestra visión cósmica es distinta a la del mundo. La memoria de la selva tropical, hogar de los indígenas, vive en el residuo de la sangre, surge en nuestros sueños más profundos, cubre con tenacidad la piedra artificial fraguada de los españoles, que invadieron nuestras tierras, para luego asimilarse a ellas, en forma material, pero no anímica. Cientos de miles de años nos contemplan, por hombres y culturas que ya estaban aquí, que tenían un sentido de su pertenencia, que llamaban a la tierra hogar. Veían en el jaguar espíritus de su pasado, y en los ríos la historia de sus pueblos. Las plantas eran fuente de su medicina y su salud. Entre ellos no existía la palabra "salvaje", porque todos se encontraban en un mismo plano de creación. Eran hijos de la naturaleza, como cualquier otra criatura, sin que Darwin tuviera que enseñarles esa realidad.

En nuestro Panamá, la raza cósmica de Vasconcelos ha cobrado vida. El negro, el indio, el blanco, corren por las venas de este pueblo, fraguándose en un solo soplo de existencia. Somos la congregación genética y encuentro de distintos pueblos que se fusionaron, y se miran hoy en un espejo, sin reconciliarse con su encuentro y su pasado, que es tan trágico como es común. Aquí no hay blancos, hay solo mestizos. Debemos entendernos como raza, propiamente. Sin rechazar al uno porque es indio, al otro porque es negro, al otro porque en su pasado estuvo la presencia clara del conquistador. Si comenzamos por reconciliarnos con esta amalgama cultural-genética, podemos dar esos primeros pasos hacia una identidad que es propia y nacional. La tenemos, existe, es clara; pero, a veces, no queremos verla.

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