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Opinión / Treinta arrobas de sal 

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Treinta arrobas de sal 

Publicado 2016/01/19 00:00:00
  • Stanley Heckadon-Moreno (opinion@epasa.com)
  •   /  

El hombre, dice un dicho, puede vivir sin oro, mas no sin sal. Hasta la década de 1950, la electricidad y la refrigeración eran inexistentes ...

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El hombre, dice un dicho, puede vivir sin oro, mas no sin sal. Hasta la década de 1950, la electricidad y la refrigeración eran inexistentes ...

El hombre, dice un dicho, puede vivir sin oro, mas no sin sal. Hasta la década de 1950, la electricidad y la refrigeración eran inexistentes en el campo. Se usaba mucha sal para conservar carne, pescado y dar al ganado. En mi infancia, en la finca de mis abuelos a orillas del selvático río Chiriquí Viejo, la sal era de los pocos artículos vitales que comprábamos. Una vez al año íbamos en bote al Salao de los Guabos a acarrear 30 motetes de sal, mitad para la casa, la otra para el ganado.

Sin minas de sal, como en los Andes, el Istmo dependió de las albinas o salados del interior, en Coclé y el Golfo de Parita. Como el Salao de los Guabos era el más distante a poniente de la capital, escapó al monopolio del Gobierno central sediento de ingresos. Durante la colonia, el Panamá colombiano y con la república, la industria de la sal fue privilegio exclusivo del Gobierno. Decía el Código Fiscal de 1873 que, eran de la nación, las minas de sal y el agua salada de la mar.

Este monopolio propició el contrabando y la corrupción. En la segunda mitad del siglo XIX, el mayor ingreso de Colombia, después de las aduanas y el Ferrocarril de Panamá fue la sal. Ocupándose de ello, la Dirección del Monopolio de la Sal Marina, Secretaría de Hacienda, con sus administradores, contadores y almacenistas. A veces el Gobierno arrendaba el negocio a allegados. Durante la Guerra de los Mil Días, el comerciante capitalino Ricardo Espinosa se enriqueció como rematista de la sal.

Vívidos recuerdos tengo del trajín de la sal. Estaba la finca a la vera del viejo camino de a pie, llamado el Camino Real de Alanje a Golfo Dulce. Partía de Alanje y en Divalá entraba a las selvas del Chiriquí Viejo. A la mar salía por el estero de Majagual, siguiendo la costa a poniente hasta río Guanábano, hoy Puerto Armuelles. Luego rumbeaba hacia un paso en las montañas de Punta Burica para terminar en Golfo Dulce, el lindero más lejano del cantón de Alanje con Centro América, durante la colonia y el Panamá Colombiano.

Poco después de Año Nuevo un gentío comenzaba a aparecer en el playón frente a la casa. A pie y a caballo venían por el camino de Divalá rumbo al Salo de los Guabos donde pasarían el verano haciendo sal. "Bote" gritaban y yo los cruzaba, a palanca y canalete, en el bote de pasar gente de la casa. Así gané mis primeros reales, a real el pasajero, dos si traía caballo. Acarreaban todo tipo de enseres, pailas de hierro, platos y tazas de tagua, tachos de hacer café, petates y hamacas, loros, pericos y perros. Carga que llevaban en alforjas tejidas, zurrones de cuero, sacos de henequén y los de blanco algodón con la marca de la harina Gold Medal.

 

ESTA SE VENDÍA POR ARROBA, 25 LIBRAS. CADA UNA ENVUELTA EN HOJAS DE BIJAO, AMARRADA CON TIRAS DE CORTEZA DE MAJAGUA. CADA BULTO SE LLAMABA UN MOTETE. HOY NO SE HACE SAL EN MAJAGUAL, GENTE DE AFUERA HA CERCADO LAS TIERRAS DE ALBINAS Y HASTA LAS PLAYAS.

En casa preparábamos la tierra en verano para sembrar a inicios de lluvias, mayo. Con machetes y coas sembrábamos arroz, maíz, frijoles, habas, plátano y guineo. Para rapadura cortábamos la caña y la molíamos en un viejo trapiche de fierro movido por un buey, después con un motor de gasolina Fargo de tercera mano. Antes de Semana Santa, decía mi abuelo, era tiempo de ir a buscar la sal al Salao. Con mi tío Toño bajábamos el Chiriquí Viejo en el bote grande de carga de once varas. Para ahorrar gasolina, bajamos a canalete. Cerca a la Boca de los Espinos arrancábamos el motor siguiendo el Estero de Majagual que serpenteaba entre gigantescos manglares y al fondo del cual estaba el Salao. De estar su boca brava, con grandes rompientes, tomábamos atajos hasta el puerto del Salao, algo retirado del rancherío. Caserío de casitas entechadas con pencas, paredes de caña blanca, pisos de arena, alumbradas por guarichas de querosín. De pozos hechos a pala bebían agua salobre.

En invierno era el Salao un caserío fantasma. En verano todo era bullicio y actividad. Era una comunidad de matriarcas. Las cabezas de las familias, señoras como Doña Chía Mitre, Ceferina Cubilla y Carmen Arrocha, de Divalá. Doña Tomasita Monroy, nacida en Guarumal, era a quien mi abuelo siempre le compraba la sal.

Esta se vendía por arroba, 25 libras. Cada una envuelta en hojas de bijao, amarrada con tiras de corteza de majagua. Cada bulto se llamaba un motete. A hombros cargábamos los 30 motetes hasta el bote para zarpar antes de que bajase la marea y tuviésemos que aguardar la creciente de la noche. Ya en casa estibábamos los motetes en la barbacoa sobre el fogón para que se secaran y ahumaran durante el invierno. Hoy no se hace sal en Majagual, gente de afuera ha cercado las tierras de albinas y hasta las playas.

Antropólogo

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