¡Vacaciones! Entre la tosedera, la rascadera y la bancarrota
Nunca me enfermo. Soy un relojito suizo. Seis días a la semana, cuando todavía roncan los gallos, estoy en el gimnasio pedaleando y levantando hierros. A mis 74 años funciono como automóvil recién salido de fábrica. ¡Eso sí, sin garantía!
Pero basta que se aproximen mis vacaciones, planificadas con años de anticipación, para que mi organismo declare huelga general. La semana pasada, ¡zas!, pese a estar vacunado contra gripe y neumonía, me atacó una tosedera de perro tuberculoso. Como segundo gancho al hígado, una rascadera infernal, como si hubiese dormido desnudo sobre un hormiguero de candelillas coloradas. ¡Me rascaba hasta donde no me picaba!
Resultado: médicos, inyecciones y cócteles farmacéuticos con nombres de enfermedades venéreas: Zival, Clobetasol, Loratadina. ¿Quién inventa semejantes trabalenguas? Para rematar, perdí el apetito y llegó la sentencia: ¡prohibido el vino! Una inocente copita podría enviarme a conversar con San Pedro. ¡Y yo con dieciséis días de crucero por delante!
Después viene el equipaje. Las aerolíneas pesan las maletas con precisión nuclear. Diez gramos adicionales y ¡pácata!, cincuenta dólares de multa. Toca abrirlas ante una multitud de suegras profesionales que inspeccionan mis calzoncillos multicolores. ¡Dios me libre de que aparezca algún juguetito comprometedor! Tendría que explicar que es un masajeador para la artritis.
Preparo listas dignas de la NASA, pero siempre olvido algo: las llaves, el cargador o el clorhidrato de quiénsabequé, que terminaré buscando en alguna farmacia extranjera, coqueteando con la dependienta para conseguirlo sin receta. ¡A mi edad, ligar por una pastilla es el colmo de la decadencia romántica!
Jamás olvido los chocolates para la jefa de cabina. Quizás Cupido me consiga aquel asiento vacío de primera clase. Y si fracasa el soborno, al menos una champaña para despertar la envidia de mis compañeros de clase turista.
Mientras leen estas líneas, estaré tapeando por Barcelona, visitando el extravagante museo de Dalí o preparando maletas para abordar el miércoles el Norwegian Escape: dieciséis días por el Mediterráneo y Atlántico, con escalas en Francia, España y Marruecos, hasta Orlando.
Visitaré religiosamente el gimnasio del barco: media hora de bicicleta para justificar las otras veintitrés y media dedicadas a la gula. Regresaré con trece kilos adicionales y una tarjeta de crédito en cuidados intensivos.
Y, sin escarmentar, comenzaré a organizar el próximo crucero, de Hong Kong a Singapur, en diciembre de 2027.
Finalmente, llegaré a Panamá, desplumado pero feliz, para descubrir que olvidé las llaves.
¡Menos mal que Magnolia siempre me resuelve!
Moraleja: viajar rejuvenece, empacar envejece y pagar las vacaciones puede resultar mortal. ¡Pero que me quiten lo bailado!