Con los órganos deteriorados, casi sin hablar, con comezón en el cuerpo, dolores de cabeza, calentura dentro de su cuerpo y algunos ya postrados en sillas de ruedas, viven 105 personas (14 niños y 91 adultos) en el sector de Azuero, envenenados por el consumo de dietilenglicol.
Una de las afectadas es la pequeña Carmen Govea, de 7 años, residente en la comunidad de El Potrero, en Pesé, quien sufre los efectos del dietilenglicol desde su primer añito.

Su madre, Zuleyka, contó que la llevó a la Policlínica de Chitré por un resfriado, y el médico me recetó difenhidramina. “Le di el medicamento casi en su totalidad, sin saber que la estaba matando”, dijo.
“Ahora Carmencita sufre de dolores de cabeza y nervios. No tiene apetito y las defensas las tiene bajas y es sensible a cualquier virus”, narró.

De igual forma, Blanca Monterrey, con lágrimas relató la cruda realidad de sus hijos y tres nietos afectados con el dietilenglicol.
Apuntó que a cada rato las llaman de las escuelas para que vayan a buscar a sus hijos que convulsionan, tienen dolor de cabeza, o no pueden caminar.

“Vivimos en un estado de desasosiego todos los días. Los niños se ponen malos de noche y llorando nos piden que les sobemos las piernitas porque no soportan el dolor ahí y en los huesos”, añadió la mujer.
Indicó que uno de los niños desarrolló dos tumores en los ojos que están creciendo, y le tienen la vista afectada.
Este medio visitó a la familia Govea en El Potrero de Pesé. Allí, sentado en el portal, estaba Porfirio Govea de 72 años. Un gran productor de ñame, arroz, yuca y maíz que hoy está casi postrado, producto del consumo de los medicamentos proporcionados por la CSS para controlar el resfriado, el jarabe sin azúcar.
Aunque Govea ya casi no se le entiende lo que habla, dijo que empezó a sentir fuertes dolores de cabeza y mareos, que se combinó con la diabetes que lo empeoró.
“Se me hace muy difícil buscar tratamiento, porque no tenemos los recursos. Solamente salir de acá donde vivimos ya es costoso”, manifestó Govea.
Por su parte, la presidenta de los intoxicados con dietilenglicol, capítulo de Herrera, Isabel Escobar Castro, relató su triste historia y cómo tiene hacer para sobrevivir.
Señaló que laboraba en el Ministerio de Vivienda en la capital, pero en septiembre del año 2006, cuando limpiaba su apartamento, el químico que se utilizó le desencadenó una alergia que la llevó a un centro hospitalario. Allí fue que le recetaron el jarabe sin azúcar.
“Los vecinos me auxilian, cuando caigo; a veces me tengo que arrastrar en el suelo y llamar para que brinden el apoyo”, contó.
Añadió que está afectada de los riñones y el estómago.
Agregó que por momentos se le paraliza el cuerpo y el esófago se le está cerrando. “Ya uso bastón para caminar”, explicó.
La dirigente de los envenenados por el jarabe mortal en Azuero afirma que seguirá en la lucha por busca mejores atenciones y medicamentos para los pacientes afectados por este mal.
Expresó que se oponen al proyecto de ley que se gesta en la Asamblea de Diputados porque no se hizo un estudio real.