El sesgo invisible de las portadas
- Javier Alcide
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- Estudiante de Psicología (Universidad del Istmo)
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Un titular con sangre real puede volverse, sin que nadie lo planee ni tenga la intención, en un ingrediente más de la violencia que denuncia. Esa es la incomodidad de fondo cuando una portada dominical anuncia "la ley de los chacales" sobre Colón, ya que no miente en los datos, pero construye una historia interpretativa que el número no sostiene.
Los datos oficiales del Ministerio Público: entre enero y julio de 2025 Colón registró 75 víctimas de homicidio; en el mismo tramo de 2026 la cifra bajó a 60, una caída del 20%. Mientras tanto el país entero subía un 4%, y la provincia de Panamá crecía un 6%. San Miguelito, un solo distrito de la capital, terminó con 70 homicidios, diez más que toda la provincia del Atlántico.
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Hay evidencia consistente en materia de suicidios y trabajos recientes sobre tiroteos masivos, de que la exposición intensa y gráfica a un acto violento aumenta la probabilidad de actos similares en las semanas siguientes. El mecanismo no exige que nadie incite nada de forma explícita. Basta con que la nota convierta el hecho en "espectáculo": las fotografías del fallecido, la cifra acumulada como marcador deportivo, el lenguaje de guerra que declara zonas enteras fuera de la ley formal. Para alguien inmerso en una lógica donde el miedo y el prestigio funcionan como moneda social, ver que un asesinato produce plana nacional no disuade. Publicita.
También podemos mencionar un segundo efecto, que trabaja más lento y es menos visible, y tiene que ver con la saturación. Cuando la violencia se presenta de forma recurrente y sin seguimiento —el titular anuncia el cadáver, casi nunca la sentencia—, el público deja de procesar cada hecho como excepción y empieza a procesarlo como clima. Esta exposición hace que la gente sobreestime su propio riesgo de victimización, incluso cuando el riesgo real desciende. Pero hay una variante menos comentada de este clima, y es la anestesia. Una sociedad saturada de portadas de este tipo no necesariamente se alarma más. A veces se resigna, y una sociedad resignada tolera niveles de violencia estatal e institucional que en otro clima informativo generarían escándalo.
Ese clima tiene un correlato económico que rara vez entra en la discusión moral sobre el sensacionalismo. Una provincia narrada de forma permanente como territorio de "chacales" espanta inversión, turismo y hasta la permanencia de sus propios profesionales jóvenes, que emigran hacia la capital buscando un entorno que no cargue el estigma. El puerto, la zona libre, la costa atlántica misma pierden atractivo comercial no porque la violencia real lo justifique en cada momento, sino porque el titular fija una imagen que sobrevive más en el tiempo que la estadística que la desmiente. Colón termina pagando en desarrollo un costo que su propia mejora en cifras no le compra de vuelta.
Lo que queda, entonces, es un mecanismo que se retroalimenta a varias velocidades a la vez: publicita el gesto violento entre quienes buscan notoriedad, anestesia la indignación de quienes deberían exigir resultados, y fija en el resto del país la imagen que ahuyenta lo poco que podría revertir las causas estructurales de esa misma violencia.

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