La seca arboleda de muchos de los cuadros de José García Cordero, que se exhiben en su individual "El reposo del guerrero", en la Galería Allegro, asemeja una danza dantezca, donde cada árbol lleva en su piel las huellas de la vida, las marcas de las hambres del hombre, quien en su insaciable ambición devora y destruye todo a su paso.
Los suyos son cuadros que obligan a reflexionar.
Hay uno donde germina el hombre-árbol. La madre tierra, útero y cuna de la humanidad es alimentada por el hombre que se vuelve polvo y lo devuelve después a la vida tras la metamorfosis cíclica que es inevitable.
En esa simbiósis hombre-naturaleza muestra el descarnado enramaje del cerebro humano, origen del bien y el mal. Ese que es capaz de dar a luz ideas constructivas y destructivas.
Luz y sombra, igual que la dualidad que anida en el alma humana donde se libran eternas batallas, es la tónica en los paisajes de García Cordero, donde no sólo el cuerpo del hombre navega por aguas unas veces claras, otras turbias.
En lenguaje pictórico él plasma grandes verdades de la vida, como que el corazón del hombre es a veces pristino y relajante como el agua de un manantial y otras se torna peligroso como una ciénaga/manglar donde monstruos reales y/o ficticio se dan cita.
Hay otros donde se llega a la conclusión que, después de todo, hombre, mujer y/o gato, somos marionetas en el gran escenario de la vida.
En la muestra de Allegro, los árboles del pintor dominicano, esos árboles secos que extienden sus brazos hacia el cielo, al no hallar eco en la humanidad, que "hace leña del árbol caído", quizás lanzan un clamor o plegaria a Dios que sí puede hacer que por sus venas corra la vida.
Nos pone a pensar en otras obras acerca del hombre minúsculo grano de arena en el universo, de cuyas riquezas se apropia y dispone a diestra y siniestra: el Homo sapiens, al que se le queda corto el apellido.
Homo, heredero de todo y de la nada, de un mundo con el cual él mismo, glotón, hace un festín cotidiano.
Al ver esas pinturas preñadas de metáforas, donde en un inmenso valle devastado está, cual lobo solitario, sobre una hoja verde o corriendo, se reafirma que este depredador que es el hombre, decrece cuando se crece y se agiganta cuando se humilla.
Finalmente, el viandante se encontrará con un hermoso cuadro- del guerrero y su inseparable compañero cuando se toman un respiro en el campo de batallas que es la vida- que es un tributo a la paz, a la lealtad y especialmente a la amistad, que perdura, en una demostración de que la esperanza aún respira.


