Yin Carrizo, cantor de la patria y del amor
De estilo suave y acompasado, elegante y de salón, se volvió inconfundible, acompañado de su grito de guerra: “¡Ay na’ ma!”.
Más allá de los escenarios, Yin Carrizo fue símbolo de autenticidad. Foto: Belys Toribio
El acordeón de la patria nunca se apagará. Dagoberto “Yin” Carrizo, nacido en Ocú, Herrera, en 1939, fue más que un músico: fue la voz de un pueblo que encontró en sus notas la manera de reconocerse y celebrarse. Su vida entera estuvo marcada por la pasión de transformar la cotidianidad en canto y la nostalgia en himno.
Desde niño, el destino lo señaló con un acordeón entre las manos. A los 13 años, cuando compuso Viva Panamá, no solo escribió una canción: sembró una bandera sonora que ondeó por décadas en cada fiesta, en cada encuentro, en cada corazón que necesitaba recordar que a la patria también se canta.
Su agrupación Viva Panamá, fundada en 1960, fue el vehículo que llevó la música típica a escenarios donde antes no había llegado. Con ella, Yin convirtió la tradición campesina en un espectáculo nacional y el acordeón en un instrumento de identidad.
De estilo suave y acompasado, elegante y de salón, se volvió inconfundible, acompañado de su grito de guerra: “¡Ay na’ ma!”, frase que se convirtió en sello y celebración. Se le atribuye además haber sido el primer cantante típico que se levantó de la silla para tocar el acordeón de pie, con lo cual rompió la tradición y dio al instrumento una nueva presencia escénica.
Canciones como Mi Mata Maye, Julia y Lucy trascendieron fronteras. La primera se convirtió en un clásico que aún hoy emociona; la segunda fue reinterpretada por el Gran Combo de Puerto Rico; y la tercera se escuchó en otros países, con lo cual demostró que la raíz panameña podía florecer en distintos ritmos y culturas. Yin supo que la música no tenía límites y que su misión era tender puentes entre generaciones y naciones.
En ese viaje artístico lo acompañó su inolvidable encantadora Catalina Carrasco, mejor conocida como “Catita de Panamá”. Su voz tierna, suave y envolvente fue el complemento perfecto para su acordeón. Juntos lograron una fusión que convirtió cada interpretación en un acto de magia, donde la dulzura femenina y la fuerza del instrumento se unieron en un mismo sentimiento.
Más allá de los escenarios, Yin Carrizo fue símbolo de autenticidad. Su apodo, “El Cantor de la Patria”, no fue un título vacío: representó el reconocimiento a un hombre que dedicó su vida a cantar y a recordar que la patria se defiende también con melodías, con versos y con la emoción de un acordeón que nunca calla.
Tras su partida el 7 de septiembre de 2026, permanecerá vivo en la música que dejó. Su acordeón se convirtió en símbolo de resistencia cultural y en testimonio de que la patria se canta con amor y se recuerda con gratitud. Yin no se fue: sigue en cada nota que vibra, en cada voz que lo entona, en cada panameño que entiende que la identidad se defiende también con canciones.