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Día D / Una historia póstuma

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Una historia póstuma

Publicado 2010/10/16 18:37:05
  • Lupita Quirós Athanasiadis

Don Mariano Ronderos llevaba varios años muerto, pero su espíritu vivía dentro de su propio retrato al óleo que pendía junto al de la esposa, en la entrada principal de la mansión. En la noche, cuando el reloj de cuco marcaba las doce, se escabullía fuera del marco y deambulaba por todas partes desplazándose con preferencia hacia la que había sido su biblioteca, donde releía a Edgar Allan Poe o a Oscar Wilde, autores de su predilección.

Arrellanado en el sillón, atusándose distraídamente el canoso bigote, trataba de matar el tiempo mientras se divertía con las alusiones terroríficas que hacían dichos escritores sobre los fenómenos extrasensoriales; porque, según don Mariano, en lo sobrenatural no existían los hechos sangrientos que él había visto en la vida de los vivos. Es más, hasta era de la opinión de que los "entes del más allá" eran divertidos y, por esa razón, en algunas ocasiones se deslizaba hasta el patio buscando la compañía de sus amigos los demás fantasmas, quienes acostumbraban jugar dominó en un rincón.

Lo que más le fastidiaba de estar muerto era sentirse inútil, porque en vida no sólo renegó de los holgazanes, sino hasta de los que dormían siesta. Fueron la acción y el trabajo su máximo orgullo, de manera que el tener que resignarse a pasar el día atrapado dentro de la pintura, sin más rutina que ver y escuchar el devenir de la vida doméstica de sus descendientes, le parecía una tarea de viejas correveidiles, poco acorde con su rancio abolengo y su antigua vida pletórica de actividad y dinamismo.

Su tranquilidad tuvo fin el día en que, en medio de un torneo de dominó, se enteró de lo que había hecho María de las Mercedes de Ronderos en contra de Raúl.

Cuando ese matrimonio se efectuó, cinco años antes de su muerte, no hubo nadie más feliz en la tierra que su esposa, doña Vanesa de Ronderos. De nada que entre ellos no había afinidad de ninguna clase porque mientras Merche, que así le apodaban, no dejaba de rezar el rosario y de tener velas votivas por toda la casa, Raúl, "el bueno para nada" de su hijo, era incapaz de distinguir entre el padrenuestro y el avemaría.

Consentido por su madre desde que ésta lo trajo al mundo y amparado por las largas ausencias del padre, tan ocupado siempre en los negocios, Raúl creció con la convicción de que un diploma era lo único que se requería de él y, una vez cumplida esa expectativa, se dedicó a lo que siempre había sido su debilidad: las mujeres. Tal vez esa fue la razón que movió a doña Vanessa a pensar que Merche sería la esposa ideal para su hijo porque, además de pertenecer a una de las mejores familias del país y de haber terminado con honores la carrera de boticaria, era absolutamente devota, por lo que la suegra dio como un hecho que los rezos y salutaciones de ésta lograrían cambiarlo.

Su equivocación fue mayúscula porque ni las prolongadas novenas que hacía, ni las bendiciones papales que guardaba con naftalina en un baúl hicieron que esa oveja descarriada volviera al redil (en el que verdaderamente nunca había estado).

Para colmo de males, Merche tenía un trauma emocional terrible desde que su médico le informó que era infértil, y esta condición se le acrecentó hasta tal punto que cuando enfermaba de celos no se podía contener y estallaba en arrebatos histéricos e iracundos, que cambiaban profundamente su personalidad.

Don Mariano les había oído discutir en vida y todavía continuaba haciéndolo. De allí que por haberse hecho el asunto prolongado y tedioso, casi no les prestaba atención. Pero un buen día, los gritos desaforados de María de las Mercedes se debieron oír hasta en el mismísimo cielo cuando se enteró de que el esposo infiel no sólo se había llevado a la amante de viaje por el Trópico, sino que ésta había regresado embarazada.

Después de aquella explosión de furia, don Mariano veía a la nuera meditabunda y como perdida en los recovecos de su propia desgracia, y a su hijo Raúl postrado en una cama y enfermo. Ella no permitía visitas porque alegaba que había contraído fiebre tifoidea en sus viajes por aquellas latitudes y los parientes también las evitaron porque, desconocedores de la naturaleza de esa enfermedad, temieron contagiarse.

Una noche en que don Mariano y los fantasmas se divertían entusiasmados en su propio campeonato de dominó, Raúl murió envenenado con el láudano que su propia esposa le había estado suministrando. De sobra sabía por sus estudios que ambos síntomas se confundían, por eso a casi todos engañó.

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—¡Corran a avisarle a don Mariano que su hijo ha muerto! —gritó un fantasma.

—Hasta que no acabe el partido —quiso impedir un vicioso.

—Podrán decir que nos divertimos asustando a la gente o jalándoles de la sábana, pero que nunca se diga que somos indolentes —apuntó un tercero.

—Es cierto —se le unió otro—, la mayoría hemos tenido una vida malvada, pero en nuestra actual condición somos altamente sensitivos —apuntó con dignidad y todos volaron a contarle a don Mariano lo acontecido.

A la mañana siguiente, cuando los criados compungidos orlaban con negros crespones los retratos de los difuntos no notaron que el rostro de don Mariano estaba colérico y amenazador.

Por su parte, María de las Mercedes actuaba como una viuda estragada por la muerte del marido e hizo uso de sus conocidos escrúpulos y su severidad puritana para manifestar su renuencia a que al marido se le practicase la autopsia porque, ¡por todos los santos!, ¿por qué dañar el pobrecito cuerpo del bendito si se sabía de qué había muerto?

Esa noche en el velorio, los presentes se preguntaban cuánto durarían esas extrañas ráfagas de viento que hacían que se apagaran repetidamente las velas de alrededor del féretro, sin saber que eran los fantasmas quienes se sentían ultrajados por el horroroso crimen perpetrado. Ahora acompañaban al padre, su amigo en los juegos, quien se deshacía en amargos gemidos ahogados.

Cuando escucharon que los dolientes se despedían y se citaban para ese otro día en el cementerio, don Mariano se armó de valor y empezó a reconstruir lo que desde un principio sospechó. Sus amigos los fantasmas deambulaban por toda la casa juntando pistas y acompañando a don Mariano a la biblioteca donde, mientras Merche dormía, confabularon su propia venganza.

Como don Mariano tenía que regresar al retrato al óleo una vez fueran las cinco y treinta de la mañana, los fantasmas se turnaron para hacer de detectives durante las horas diurnas. Esto les tomó, entre todos, tres días y tres noches, pero al final, exactamente treinta y seis horas después del fallecimiento, ya habían descifrado la muerte de Raúl, terminado el informe y planificado una estrategia.

Escribieron una historia —en la cual una boticaria envenenaba a su esposo con láudano— y la enviaron a un periódico, no sin antes falsificar la firma de un conocido autor de ficciones. Lo narrado alertó a la policía, quien intrigada por la reciente muerte de don Raúl Ronderos exigió que un forense hiciera la investigación.

La viuda fue arrestada, y entonces don Mariano, complacido, retornó una vez más a su biblioteca; se sentó en su sillón verde olivo, tomó la pluma de ganso con la que solía redactar sus escritos y empezó a escribir un cuento sobre lo divertidos, amistosos y buenos investigadores que pueden ser los fantasmas, esperando que algún día, con la lectura de esta historia, se les reivindicara su mala reputación.

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