El dantesco cuadro de las niñas domésticas
Publicado 2005/06/19 23:00:00
- Diana Nereida González
Gracias a CEPAS, "Lourdes" ahora cuenta con una beca para seguir sus estudios, y ya no es esclavizada.
EL EPISODIO comienza antes del alba. "Berta" de 14 años no sabe leer ni escribir, pero desde temprano ha tenido que "patear calle".
Ahora trabaja en el sector norte de Cañazas en casa de la señora de tez blanca, de unos 45 años, que coloca y cobra B/.20 por cada menor y adulto a quien ubique en casa de terceros, tanto en la ciudad de Panamá como en otras regiones del país.
"Pedro", de 16 años es el asistente de esta mujer. Con libreta en mano pregunta: ¿Cuál es su número de teléfono, cómo se llama, dónde vive, y cuánto paga a la doméstica?
No fue difícil conocer el funcionamiento de esta "pequeña empresa". Bastó con hacernos pasar por cliente y en cuestión de minutos estuvimos empapados del tema.
Este cuadro dantesco es "pan de todos los días", comentó Generosa Rodríguez una anciana de la comunidad de Cañazas.
Más allá de la iglesia del pueblo conversamos con "Juana", una menor de 15 años. Ella nació en Río Piedra y en busca de "oportunidades", junto a sus padres y hermanos, decidieron vivir en Cañazas.
Entre palabras cortadas, habló sobre su infierno como doméstica en la ciudad de Panamá. "Una señora que vive en el lado norte de Cañazas me consiguió un trabajo cuidando ancianos, además tenía que lavar, planchar, barrer y limpiar la casa".
Dos tucos de madera sirvieron de silla para conversar con "Juana" mientras que al sur de su vivienda construida con cartón y zinc, en la quebrada, se encontraba Peregrina, su madre lavando la ropa de sus seis hermanos.
Sin saber que era víctima de explotación laboral y objeto de violación de los derechos humanos seguía narrando su calvario. Huyó de su último empleo en Parque Lefevre, allí su patrón la quiso violar y como era de esperarse, la esposa del señor no le creyó.
Las autoridades en Panamá no salen del asombro por lo que ocurre a plena luz del sol en Cañazas.
Rogelio Paredes, presidente de la Comisión de los Derechos Humanos de la Asamblea Nacional, confesó desconocer las profundidades del trabajo infantil doméstico. "Conozco sobre la necesidad económica que empuja a los niños a tener que trabajar en las fincas de café, supermercados y durante la zafra, dejando sus estudios, pero de ahí a que existan aprovechadores del mal de los demás es otro asunto muy preocupante".
Sobre penalización, aclaró que cómo no se trata de agencias de colocación de empleos sino de personas inescrupulosas, se requiere de una atención especial.
Si en Cañazas no escampa en el corregimiento de Bisvalle en La Mesa mucho menos. La incertidumbre sigue siendo la nota característica.
Con lágrimas corriendo por sus mejillas, "Lourdes" contó su historia. Dice que todo comenzó cuando su padrino le consiguió un trabajo en la calle sexta en Santiago, en casa de una "señora acomodada", quien supuestamente le ayudaría a seguir los estudios.
Se le exigió lavar, planchar y atender los oficios generales de la casa, su pago: correr con los gastos escolares.
Aunque en su interior la tristeza la consumía, procuró esconderle la verdad a sus padres porque algo sí tuvo claro Lourdes y fue, no dejarse vencer frente a la adversidad.
Y como no hay mal que duré 100 años ni cuerpo que lo resista, su vida cambió repentinamente. Una mañana en el ciclo de Santiago se presentaron los promotores del Centro de Estudios, Promoción y Asistencia Social (CEPAS) con una encuesta. Una de las preguntas decía: "¿Cómo hacen para venir a la escuela, trabajan o dependen de sus padres?".
Gracias a ese enganche se logró rescatar a más 150 menores que laboraban en casas de terceros, comentó Mayra Díaz, promotora de CEPAS.
Ahora trabaja en el sector norte de Cañazas en casa de la señora de tez blanca, de unos 45 años, que coloca y cobra B/.20 por cada menor y adulto a quien ubique en casa de terceros, tanto en la ciudad de Panamá como en otras regiones del país.
"Pedro", de 16 años es el asistente de esta mujer. Con libreta en mano pregunta: ¿Cuál es su número de teléfono, cómo se llama, dónde vive, y cuánto paga a la doméstica?
No fue difícil conocer el funcionamiento de esta "pequeña empresa". Bastó con hacernos pasar por cliente y en cuestión de minutos estuvimos empapados del tema.
Este cuadro dantesco es "pan de todos los días", comentó Generosa Rodríguez una anciana de la comunidad de Cañazas.
Más allá de la iglesia del pueblo conversamos con "Juana", una menor de 15 años. Ella nació en Río Piedra y en busca de "oportunidades", junto a sus padres y hermanos, decidieron vivir en Cañazas.
Entre palabras cortadas, habló sobre su infierno como doméstica en la ciudad de Panamá. "Una señora que vive en el lado norte de Cañazas me consiguió un trabajo cuidando ancianos, además tenía que lavar, planchar, barrer y limpiar la casa".
Dos tucos de madera sirvieron de silla para conversar con "Juana" mientras que al sur de su vivienda construida con cartón y zinc, en la quebrada, se encontraba Peregrina, su madre lavando la ropa de sus seis hermanos.
Sin saber que era víctima de explotación laboral y objeto de violación de los derechos humanos seguía narrando su calvario. Huyó de su último empleo en Parque Lefevre, allí su patrón la quiso violar y como era de esperarse, la esposa del señor no le creyó.
Las autoridades en Panamá no salen del asombro por lo que ocurre a plena luz del sol en Cañazas.
Rogelio Paredes, presidente de la Comisión de los Derechos Humanos de la Asamblea Nacional, confesó desconocer las profundidades del trabajo infantil doméstico. "Conozco sobre la necesidad económica que empuja a los niños a tener que trabajar en las fincas de café, supermercados y durante la zafra, dejando sus estudios, pero de ahí a que existan aprovechadores del mal de los demás es otro asunto muy preocupante".
Sobre penalización, aclaró que cómo no se trata de agencias de colocación de empleos sino de personas inescrupulosas, se requiere de una atención especial.
Si en Cañazas no escampa en el corregimiento de Bisvalle en La Mesa mucho menos. La incertidumbre sigue siendo la nota característica.
Con lágrimas corriendo por sus mejillas, "Lourdes" contó su historia. Dice que todo comenzó cuando su padrino le consiguió un trabajo en la calle sexta en Santiago, en casa de una "señora acomodada", quien supuestamente le ayudaría a seguir los estudios.
Se le exigió lavar, planchar y atender los oficios generales de la casa, su pago: correr con los gastos escolares.
Aunque en su interior la tristeza la consumía, procuró esconderle la verdad a sus padres porque algo sí tuvo claro Lourdes y fue, no dejarse vencer frente a la adversidad.
Y como no hay mal que duré 100 años ni cuerpo que lo resista, su vida cambió repentinamente. Una mañana en el ciclo de Santiago se presentaron los promotores del Centro de Estudios, Promoción y Asistencia Social (CEPAS) con una encuesta. Una de las preguntas decía: "¿Cómo hacen para venir a la escuela, trabajan o dependen de sus padres?".
Gracias a ese enganche se logró rescatar a más 150 menores que laboraban en casas de terceros, comentó Mayra Díaz, promotora de CEPAS.
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