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Nación / La pobreza oculta detrás del cerro San Francisco; vidas en torno al vertedero

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la baja escolaridad los hace más vulnerables

La pobreza oculta detrás del cerro San Francisco; vidas en torno al vertedero

Publicado 2013/02/23 23:41:00

Más de 600 familias se internaron en un área rural donde padecen de muchas calamidades, algunas han sido provocadas por ellos mismos. La falta de transporte, carreteras, agua potable, luz eléctrica y servicio de salud es la tónica en una comunidad en la que muchos viven de la basura.

José Alberto Chacón (jose.chacon@epasa.com) / PANAMA AMERICA

En Panamá hay un sitio donde abunda la miseria, a pesar de que en la ciudad se desbordan los lujos. Allí, la brisa patea con rabia las puertas de las casas, entra y se instala junto con las necesidades. Afuera, en los polvorientos patios, los niños y el hambre juegan.

Esta es la historia de Mocambo Arriba, una comunidad de colonos e indígenas que se ha escondido detrás del cerro San Francisco, la misma colina alcahueta que encubre a Cerro Patacón, Villa Cárdenas, Kuna Nega y otros caseríos. Mucha de esa gente vive de lo que le da de comer el vertedero, un inmenso montículo de sobras donde se arrojan 200 toneladas diarias de desperdicios. Allí también se desechan los sueños de varias de estas familias que obtienen de Patacón los materiales para hacer sus viviendas.

Primera parada

Son casi las 9:00 de la mañana, dentro del mini [B]hatchback[/B]donde viajan conductor, fotógrafo y reportero, suena música típica. El equipo periodístico de [B]Panamá América[/B]tiene una misión, es una de esas en las que los jefes solicitan a sus subordinados encender todos los sentidos, lo de siempre. La primera estación es Mocambo Arriba.

Allá se llega entrando por el mismo camino que conduce al muladar, es la entrada que está justo después del estadio nacional Rod Carew, como quien va hacia el Oeste.

Una vez se interna el vehículo, la vía se torna pedregosa, raquítica y alguna parte del paisaje se asemeja a una campiña interiorana. Mientras se avanza a paso lento, la radio del auto se calla, la señal se entrecorta, las rayas del celular también se vuelven anémicas. Es una senda donde la ley la imponen los volquetes que suben y bajan las pendientes para descargar su desidia en Patacón, y también lo hacen en cualquier sitio que no sea el vertedero.

En una de las primeras estructuras que se encuentran durante el viaje, en sector 1, hay tres señoras con pañuelos sobre la cabeza y con máscaras que cobijan la nariz del polvo. Ellas amarran papel; de esa labor logran entre $8.00 y $12.00 por día, y lo hacen aunque les toque caminar más de media hora desde sus casas en Kuna Nega .

“El dueño de esta choza recoge en un [B]pick-up[/B]el papel que botan las empresas antes de llegar al vertedero, lo trae a este puesto y yo (su esposa), mi hija y mi cuñada, lo empacamos para vendérselo a las recicladoras”, expresa la mayor de las féminas que transpira y que bebe agua de un frasco grande donde antes había mermelada.

De ahí en adelante encontraríamos más historias de lucha y sacrificio.


Segunda estación

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El fino reloj, análogo y digital, que porta el fotógrafo dice que son las 10:30 a.m. El grupo se dirige a la segunda aldea. Loma arriba se divisan dos niños con motete sobre la espalda, cargan plátanos, mangos y una buena porción de mugre estampada en el rostro. ¿Adónde van? “A vender legumbres a sector 3”, responden. Al subir al coche sonríen, explican que son de sector 2, que su mamá labora en una casa de familia en Costa del Este y que hace dos años no van al colegio, desde que su padre los abandonó.

Ni Joel ni Arcadio, de 9 y 11 años, respectivamente, han culminado la escuela básica, pero saben sumar y restar, lo suficiente para ganar entre ambos $3.00 y $5.00 por jornada.

Quince minutos más tarde se llega al punto donde los hermanos comercializan sus cosechas. Cada unidad vendida representa 15 centavos de dólar. Allí los recibe una mujer que se hace llamar Dora. La señora es escoltada por un can enfermo, con canas y una de las patas traseras a la mitad.

El rostro de Dora parece haber sido latigado duramente por el tiempo, tiene 76 años y 20 de vivir en sector 3 de Mocambo Arriba. Cuenta que su esposo murió de un infarto hace poco, pero se mantiene gracias a los ingresos que genera su único hijo. Ella llegó a Mocambo desde Villa Sánchez, en Veraguas, antes de dar a luz a Manuel, su unigénito, que obtiene unos buenos reales en la construcción.

Justo al frente del cuartucho azul de esta anciana, hay un centro de salud pequeño e inservible “que fue inaugurado en épocas de 'La Doña’ y que no funciona hace un año”, relata Dora. Las autoridades tienen otra versión. “Realizábamos giras médicas cada 15 días por su difícil acceso. Pero hace 6 meses que decidimos no continuarlas porque los moradores empezaron a dañar el centro”, señaló Algis Torres, director de la Región de Salud de San Miguelito y Las Cumbres. Explicó que el personal del Minsa encontraba botellas de licor, latas de cervezas o basura en las instalaciones.

Del transporte no hay huellas, solo funciona un bus (tipo “diablo rojo”) que recorre los cuatro sectores. “El primer viaje sale a las 5 a.m. hacia El Ingenio, en Betania. Luego regresa en dos horas, vuelve a salir y a entrar”, comenta otro morador. A eso de las 6:00 p.m. o 7:00 p.m., el bus deja a sus usuarios en la entrada de Mocambo “y muchos tienen que caminar, loma arriba, entre media hora, 45 minutos y hasta hora y media para llegar a sus casas”, sostiene el hombre que rehúye cuando ve la grabadora.

La Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) confirmó a este diario que solo hay una unidad para prestar el servicio. “Conocemos el tema y enviamos a nuestro personal para solucionar el problema. Tenemos contemplado habilitar dos buses más para atender la demanda”, indicó Edwin Juárez, director de transporte terrestre de la ATTT. Mencionó que en vano han citado varias veces a Manuel Argüelles, de Sicotrac, representante de este sindicato al que está afiliado el dueño del autobús de Mocambo. “Al parecer, no quiere que otras unidades presten el servicio”.

En la nada

La única diferencia entre los dos primeros sectores es el nombre. Adicional a su lejanía, no cuentan con un sistema de agua potable, como menciona Rosa, que aporrea trapos con un palo mientras sumerge los pies en una tranquila charca. Su hija, de 4, juega con una vasija dentro del riachuelo Manteca, mismo nombre del pueblito donde vive en sector 3. “Acá tomamos agua de pozo, no tenemos luz ni transporte”, denuncia. Su pareja se gana el pan en una de las 4 canteras que se observaron durante el recorrido, aunque algunos parroquianos aseguran que son más. “El polvo de las canteras enferma a nuestros chiquillos y a los viejos”, dice Rosa. Casualmente Torres, del Minsa, confirmó que estos panameños sufren problemas respiratorios. “Por vivir cerca o meterse en el basurero, muchos padecen de gripe, bronquitis o amigdalitis”.

Para atender a su niña, Rosa debe viajar hora y media antes de llegar a la Caja de Seguro Social de Betania. “Ahora que está cerrada, vamos al centro de salud de Pueblo Nuevo, pero tampoco nos atienden, nos mandan al centro de salud de Alcalde Díaz. Para ir hasta allá, debemos tomar tres transportes”, se queja.

Tanto andar ha agotado al equipo, ya pasó el mediodía y el vehículo está por recalentarse... Aún falta cubrir la última zona. Entre curvas cerradísimas y precipicios se puede observar, por un lado, las dos torres del puente Centenario que pelean para sobresalir entre las copas de los árboles. Al extremo, la lejana y borrosa ciudad. Camino al objetivo hay desechos orgánicos de caballos, alguno que otro harapo y unas tiras largas y delgadas de tela blanca aferradas a los arbustos. “Son las guías de los camiones que van para las canteras, tierra adentro”, narra un hombre que va con machete en mano en busca de algún monte para cortar.

No es surreal

Sector 4 se nota más poblado, las viviendas son más pequeñas y más hacinadas. Esas casuchas son elaboradas con pedazos de madera tan flacas como las láminas de cartón. Fuera de una de estas hay una mujer con semblante joven, con minifalda y medio seno desnudo. Alrededor de ella hay 4 infantes, el más pequeño es un bebé de 8 meses. Todos juegan inocentemente en la tierra donde además hay piedras, basura y excremento de gallina. De la boca de Isaac, como le llama al de 8 meses, sale una sustancia blanca, parece vómito.

La criatura llora, pero la mujer sigue desgranando guandú, cuyas hojas están tostadas por el sol. Al rato se levanta y asea al pequeño con un suéter sucio y habla: “Siempre tenemos diarrea o vómitos, el hospital está lejos y cuando llevo a mis hijos, solo me dan el polvito ese para hidratarlos”. Acto seguido revela que se llama Aura, que no culminó el 2° año, tiene 23 años y es madre de aquellos 4 chavales.

A sus dos críos más grandes no les interesa la pobreza, solo les preocupa meter un gol en una portería imaginaria. Los ojos se les ven tristes, pero al rato liberan las sonrisas con el canto de una cigarra.

Aura y su madre, que vive al frente en peores condiciones (duerme en un piso de tierra) se trasladaron a ese sitio hace tres años. Prefirieron dejar una casa de tres amplios cuartos en Villa Grecia porque la propietaria les aumentó el alquiler de $110.00 a $200.00 por mes. “Mi esposo es obrero y no podía mantener solo a toda la familia”, relata.

Ya no es el sol o la fatiga los que los agobian. Ahora lo hace el tiempo que avanza tan rápido como los bólidos que se escuchan desde abajo en la autopista Panamá-Colón.

La noche asoma su rostro, una gran sombra empieza a cubrir el cielo con su manto.

“Salgan antes de que oscurezca porque en verano hay bastante neblina, hace frío y Dios no quiera se accidenten por un barranco”, advierte Aura, que desaparece tan apresurada como lo ha hecho la tarde.


Radiografía


Localización

Mocambo pertenece a Las Cumbres, su gente es enviada al centro de salud de Alcalde Díaz cuando van por atención médica al de Pueblo Nuevo.

Calamidad

Un solo autobus atiende la demanada de más de 500 personas que salen del recóndito poblado para ir a sus puestos de trabajo.

A estudiar

Hay una sola escuela, la Guillermo Patterson, donde asisten 160 alumnos de primaria.


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