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En la playa de Mao, no se toma el Sol

Publicado 2019/09/05 10:30:00
  • Jane Perlez

En el peldaño inferior están los miembros del público, quienes se hospedan en pensiones y hoteles baratos y, durante los fines de semana, tienen poco espacio para moverse en la arena abarrotada de familias.

China — La mayoría los veranos, Mao Zedong, el fundador de China comunista, tomaba decisiones importantes en un vibrante tramo de playa a cientos de kilómetros al este de la sofocante capital del país. Nadaba ya sea que hubiera buen o mal tiempo. Se sentaba con las piernas cruzadas en la arena, vestido únicamente en shorts negros, con su corpulento vientre al descubierto a la vista de todos.

Sus sucesores no han sido nadadores tan intrépidos, ni tan exhibicionistas. Pero aún les gusta acudir cada agosto a Beidaihe, una mezcla de desgastado centro turístico costero y villas de lujo detrás de cercas elevadas. Conforme con el carácter jerárquico del socialismo chino, tres categorías marcadas de visitantes existen una junto a otra, separadas por fuerzas de seguridad con auriculares —y por muros.

En el nivel superior están el presidente Xi Jinping y sus colegas, ocultos en complejos situados en un lugar donde se dice que el agua del mar es más limpia que las olas de color turbio en la playa pública.

En el siguiente nivel están las huestes del Partido, a quienes se les asignan villas del Gobierno, balnearios y áreas de la playa cercadas. Se les puede ver en las noches paseando en grupos pequeños por el malecón a lo largo de la costa con cabello corto y pantalones planchados.

En el peldaño inferior están los miembros del público, quienes se hospedan en pensiones y hoteles baratos y, durante los fines de semana, tienen poco espacio para moverse en la arena abarrotada de familias.

Cuando se divisan guardaespaldas y limusinas negras, eso significa que el liderazgo ha llegado a la ciudad.

En la playa principal, la multitud no es la gente más “in”. Los millennials chinos desdeñan el lugar. Prefieren las Islas Maldivas o Tailandia.

“Los comunistas chinos realmente no practican la ‘cultura de playa’”, dijo Geremie Barmé, quien escribe sobre cultura china. “Sus hábitos toman como modelo a los líderes soviéticos, y a los centros turísticos y balnearios en el Mar Negro del apogeo soviético. El resultado es más bien mecánico, deprimente y, sobre todo, en la era del socialismo post-pobreza, increíblemente cursi”.

En la arena, la cultura en la playa no podría ser más diferente a la Riviera Francesa. Posada sobre una torre de vigilancia, una salvavidas miraba hacia el agua, con un walkie-talkie y un altavoz en la mano.

Llevaba puesta una máscara color malva que la cubría desde la barbilla hasta el nacimiento del cabello, y de una oreja a otra. Sus ojos se ocultaban detrás de lentes oscuros de espejo. Sus brazos estaban cubiertos por guantes elásticos que iban desde la muñeca hasta el hombro. Parecía un ladrón de banco que había ido a pasar un día a la arena.

En Occidente, se le señaló, muchas mujeres toman el sol para verse bronceadas. “A nosotros no nos gusta eso”, respondió.

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Nadar no es popular en China. Demasiados de los 1.4 mil millones de habitantes viven tierra adentro como para que se convierta en pasatiempo nacional. Salvavidas inflables de colores brillantes que se rentan en 5 dólares al día sirven como protección para no ahogarse.

Luego está la calidad cuestionable del agua en el Mar de Bohai, una enorme cuenca que se arremolina en Beidaihe. Wang Yamin, profesor en la Escuela Marina de la Universidad de Shandong, dijo que la escorrentía de plantas de fertilizantes químicos ha arruinado al mar en los últimos 30 años.

Sin embargo, para quienes llegaron del interior del país el agua no parecía tan terrible. Después de un trayecto de cinco horas en tren de alta velocidad, Wang Hong, de 40 años, llegó desde Shanxi, inspirado por recuerdos nostálgicos de una vi sita hace 20 años.

Su hijo Wang Rui, de 4 años, nunca había visto el mar. Rui chapoteó en la parte poco profunda y construyó castillos de arena. Metía puños de arena en un balde de plástico azul y vaciaba el contenido en formas perfectas, sin dejar de sonreír ni un momento.

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