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Politólogos predicen las intenciones de Putin

Hay indicios de que el presidente Vladimir Putin tendrá que contener sus instintos personalistas si es que va a lograr una transferencia pacífica de riqueza y poder en Rusia en la década del 2020.

Maxim Trudolyubov - Publicado:

Cuando Vladimir Putin deje la presidencia, probablemente pasará al Consejo Estatal u otro punto privilegiado desde donde podrá observar todo el campo de juego de Rusia. Foto / Alexei Druzhinin.

En Rusia, las jerarquías informales tienden a prevalecer por encima de las reglas y los procedimientos formales, o así lo habíamos creído durante mucho tiempo. Las democracias de muchos años son distintas: tienen establecidas normas y tradiciones que fijan límites claros sobre el nepotismo y la política basada en camarillas.

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Entonces, es por algo que muchos politólogos definen el régimen de Rusia como autoritarismo electoral. Lo que los funcionarios rusos llaman “elecciones” es en realidad una actuación montada con la intención de atribuirle legitimidad al líder, quien es el verdadero tomador de decisiones, no el pueblo.

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Las democracias establecidas desde hace mucho tiempo son diferentes: tienen elecciones libres y justas y no son gobernadas por “familias”.

No obstante, hay indicios de que el presidente Vladimir Putin tendrá que contener sus instintos personalistas si es que va a lograr una transferencia pacífica de riqueza y poder en Rusia en la década del 2020. El otro motor de cambio en Rusia es una clara exigencia popular de más instituciones impersonales y reglas justas.

Aunque el régimen ruso se está convirtiendo lentamente en un sistema de gobierno más basado en reglas, el sistema político estadounidense, bajo el liderazgo altamente personalizado del presidente Donald J. Trump, parece estar yendo en la dirección opuesta.

La intención de Putin de evitar un juicio en su contra tras el 2024, cuando se le requiere por ley dejar la presidencia, y su deseo de preservar su legado político que incluye fortunas generadas por los aliados del presidente, son los motivos más probables detrás de la reciente reorganización institucional del Kremlin —un anuncio hecho a mediados de enero por Putin de una serie de cambios a la Constitución rusa.

De ser adoptadas, las enmiendas que Putin introdujo le darían más facultades a la oficina del primer ministro, la Duma (el Parlamento ruso) y el Consejo Estatal, un organismo compuesto por los gobernadores regionales de Rusia y un número de altos funcionarios selectos.

Una teoría prevalente es que Putin sí tiene la intención de dejar la presidencia dentro de cuatro años, pero pasará al Consejo Estatal o a algún otro punto privilegiado desde donde pueda observar todo el campo de juego de Rusia y garantizar una transferencia ordenada de riqueza y poder.

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Si ésa resulta ser su intención, es muy probable que algunas facultades presidenciales de creación de políticas sean compartidas con otros organismos. Es muy probable que la mayoría de la toma de decisiones económicas se transfiera al Gabinete y a los gobiernos regionales. El presidente seguiría siendo el Comandante en Jefe y el zar de la política exterior.

“Después de Putin, no habrá más carismáticos en la cima”, me dijo Konstantin Gaaze, un sociólogo en la Escuela de Ciencias Sociales y Económicas de Moscú.

“Al restringir las facultades del presidente, empoderar al Parlamento y convertirse en el máximo centro de poder más allá del Kremlin, Vladimir Putin ha inyectado una competencia institucional que no estaba presente”, observó el politólogo Ivan Krastev.

La competencia institucional o entre dependencias efectivamente podría intensificarse como resultado de la reestructuración de Putin, pero está claro que no cederá voluntariamente su papel como el máximo árbitro.

Sin embargo, incluso su “despersonalización” cautelosa del sistema político ruso es significativa e indicativa de un cambio a largo plazo por el que está pasando la sociedad rusa.

Hoy los rusos parecen sentirse cada vez menos impresionados con la exhibición de liderazgo de hombre rudo en casa y el poderío militar de Rusia en el extranjero. La exigencia de ser reconocidos como ciudadanos dignos, no súbditos obedientes, es palpable en numerosos movimientos de protesta que están listos para enfrentar la presión gubernamental y policiaca.

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Los cambios que el Gobierno ha estado introduciendo discretamente son testimonio del hecho de que se ha aceptado el reto. Pocos rusos negarían que para un ciudadano promedio, la interacción con el Estado ruso ahora es más formal y eficiente que hace tan sólo cinco años.

Dista mucho de la época cuando la gente tenía que pagar sobornos para obtener un pasaporte, o cuando tramitar documentos requería pasar por una interacción desagradable con una persona grosera detrás de un vidrio grueso en una oficina deprimente.

Sin embargo, es importante entender que nada de esto está dirigido a hacer que el sistema de ejercicio de poder de Rusia sea menos autoritario. Tiene la intención de hacerlo menos corrupto, caótico, personalizado y, por ende, más propenso a errores humanos.

Reemplazar a la gente con algoritmos es una excelente forma de lograr esa meta. Mikhail Mishustin, un extecnócrata que encabezó el servicio fiscal y fue uno de los principales funcionarios responsables de llevar al Estado a la era digital, se ha convertido en el nuevo primer ministro ruso.

Su mandato es afianzar el sistema, no desarrollarlo.

Poner la familia y los valores de las camarillas por encima de los intereses de la persona individual o el público ha sido una característica de la vida rusa desde el colapso de la Unión Soviética.

Ahora, a medida que el objetivo general de Putin parece estar logrando una transferencia pacífica de poder y riqueza, él parece estar refrenando los intereses de las camarillas e incluso algunos rasgos de su Gobierno personalista.

Lo que no cambia es el valor que le da a la cohesión entre las filas por encima de cualquier postura política individual. Siempre ha insistido en decir que un traidor es peor que un enemigo abierto.

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Contra este telón de fondo, es aún más sorprendente que el establishment conservador de EE. UU. acepte el hecho de que no sólo un político, sino una familia, está dirigiendo el Gobierno de su país.

La velocidad con la que Trump se las ingenió para convertir un partido político en una camarilla es reveladora. Los republicanos están aprendiendo que para ser reelectos deben aceptar que la unidad de las filas es más importante que cualquier postura política individual.

Ahora necesitan defender a Trump a cualquier precio e, indirectamente, adoptar la postura de Putin de que un traidor es peor que un enemigo.

Por supuesto, Rusia está tan lejos de alcanzar un sistema político basado totalmente en reglas, con todo y separación de poderes, como EE. UU. lo está de hundirse en una autocracia personalista.

A finales de los 60, el físico y acérrimo disidente soviético Andrei Sakharov desarrollaba una teoría de convergencia política, con la que quería decir el acercamiento gradual de los sistemas socialista y capitalista.

La historia aún no lo ha comprobado ni refutado. La convergencia que estamos viendo ahora es de otro tipo: la forma rusa de Gobierno civil apuntalada por valores familiares, incluso tribales, está desarrollando algunas características basadas en reglas, mientras que el sistema estadounidense, basado en pesos y contrapesos, se hunde más en una forma de liderazgo personal que pone a prueba al Estado de derecho.

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