Al conmemorarse la desaparición física de Arnulfo Arias Madrid
- Arnulfo Arias
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Estamos próximos a conmemorar la desaparición física, Arnulfo Arias M., el próximo 10 de agosto; o cómo él hubiera expresado más apropiadamente, el momento de abandono de su envoltura terrenal. Año tras año, bajo la iniciativa de la Fundación Hnos. Arias Madrid, se procura hacer memoria de ese día en el que el último caudillo de América, que nació en el pequeño pueblo de Penonomé, dejó un gran vacío en el corazón de la patria.
Todavía recuerdo, de la manera más viva, la primera vez que lo vi en persona. Fue a su llegada al aeropuerto de David, en 1978. Era yo en ese entonces solo un niño, sin ningún fanatismo político, pero fui también arrastrado por la emoción arrebatadora que su sola presencia congregaba. Me subieron en el mismo camión ganadero en el que él iba y, lo recuerdo como ayer, se apoyaba en mi hombro, como si fuera un bastón humano, mientras saludaba reverencialmente a las grandes multitudes que hacían lenta la marcha de ese recorrido. Su primer recibimiento fue en nuestro hogar, en las Acacias, en los márgenes del caudaloso y claro río Risacua. Cientos de personas llegaron hasta allí ese día, como nunca antes, y yo simplemente enmudecía ante una congregación enorme y extraña para mí. Por supuesto que tenía consciencia de que vivíamos en una dictadura militar, de que el nombre que portaba era mejor decirlo casi en un secreto, que existía una manifiesta persecución política que había empujado al exilio a varios miembros de mi propria familia y que mi padre estaba a cargo de Arco Iris, cuna del café Princesa Janca, con cuya cosecha se pagaba a veces la escolaridad de todos nosotros en el San Vicente de Paul y cubría, sin duda, la manutención de la familia entera. Fueron tiempos de mucho reto y aprehensión para mi padre, que tenía que administrar la finca de café y también la operación ganadera de la finca Batipa, que se asentaba más allá de los márgenes del río Chorcha y colindaba con los manglares del Pacífico chiricano. Un movimiento en falso le hubiera dado excusas a la dictadura para privar al "mayor enemigo público", Arnulfo Arias M., de parte de su patrimonio, hecho a punta de trabajo y hombro a hombro con su primera esposa y mi abuela, Ana Matilde Linares de Arias. Todavía no sé cómo pudo navegar mi padre en esas aguas tormentosas, llenas de intrigas familiares, sinsabores y resaltos; pero lo hizo y, al regresar mi abuelo de su largo exilio, encontró la finca tal y como la había rememorado con nostalgia dolorosa.
Muchas cosas pasaron desde la llegada del caudillo hasta el momento su muerte. Fueron 10 años de constante lucha simbólica y persistente contra el régimen militar. Aunque muchos no han querido reivindicar el esfuerzo tenaz que Arnulfo ejerció en esos últimos años de vida, y hasta su último aliento, para precipitar la caída del régimen militar, creo que sí lo hizo y que, a pesar de ser ya octogenario, se convirtió inclusive en un bastión de lucha durante la llamada "Sedición", por allá por los años de 1987. Todavía recuerdo cómo era aclamado por la juventud al recorrer Calle 50 durante las protestas de ese entonces; cómo quería combatir, a su edad, y reclamaba un arma para defender su casa en Carrasquilla, cuando los militares perpetraron uno de los tantos atentados contra su vida. Ese entierro del caudillo, el 15 de agosto de 1988, que congregó posiblemente a más de un millón de panameños, no solo heló la sangre del entonces dictador, sino que fue también uno de los últimos clavos que sellaron para siempre el ataúd oscuro de la dictadura.
Al conmemorar próximamente su desaparición física, yo en lo personal lo recuerdo, y lo recordaré siempre, como lo que era: un luchador incansable por la democracia, un "pater patriae" y, como merecidamente reza su epitafio, un servidor de la nación panameña, como tal vez jamás ha habido otro.

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