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Calidad, capitalismo académico y psicopolítica universitaria

El fenómeno más sobresaliente del momento educativo universitario en Panamá ha sido el proceso de re-acreditación de las instituciones universitarias.

Gregorio A. Urriola Candanedo/opinion@epasa.com - Actualizado:

Calidad, capitalismo académico y psicopolítica universitaria

El fenómeno más sobresaliente del momento educativo universitario en Panamá ha sido el proceso de re-acreditación de las instituciones universitarias. Tal proceso es realmente exclusivamente panameño, sino que es parte de un dispositivo generalizado de “accountability” y rendición de cuentas de la Educación contemporánea, que se naturalizó en toda América Latina desde mediado de los años noventa. Es un mecanismo regulatorio que última instancia sirven a la reproducción social en una sociedad productivista, movida por el imperativo del “poder hacer” que se instala en el ADN de los cuerpos académicos y de su élites, sirviendo al fin último de toda la reproducción en un sistema socio-económico en este caso, el sistema capitalista como medio o modo de un control que ya no es exterior al cuerpo social y ejercido con coacción sobre los cuerpos de los individuos (tesis de Foucault sobre la Biopolítica), sino que es “interiorizado” en la psique de todos los académicos y de las comunidades universitarias como un todo (docentes, investigadores, estudiantes, élites administrativas, la burocracia intermedia y los trabajadores de las universidades que colaboran desde el aseo hasta las oficinas).

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Siguiendo los planteamientos del filósofo surcoreano con cátedra en Alemania, Byung Chul Han, la dominación y el control político no se ejercen en el momento neoliberal de capitalismo, como control, coacción y vigilancia de un panóptico externo, que nos disciplina para hacernos funcionales al sistema socio-productivo, sino que tal dominación se ejerce muy sutilmente instalando en nuestra psique, y en las normas de funcionamiento de todas las instituciones. Normas que casi todos interiorizamos sin tamizarlas críticamente. Tal control se realiza mediante la idea -primero slogan, luego discurso- de que “Sí podemos” ser eficientes, productivos y competentes. No es un simple llamado moral a “Sí debemos”, sino la compulsión de la carrera competitiva del “Sí podemos”. En nuestro caso universitario, que sí podemos “ser” o “tener” “calidad” o de calidad sobresaliente, o de “excelencia” “si y solo si” alcanzamos o rebasamos ciertos estándares, que terminan por categorizar las instituciones y las comunidades académicas, los programas y los centros de investigación, en Alfas, Betas, Deltas y Gamas en una suerte de estratificación “por la calidad” en un nuevo mundo feliz académico.


Todo ello sintetizado en tener una posición elevada en un ranking cuyos parámetros “otros” fijan. Ranking de universidades, ranking de publicaciones, ranking de personal, ranking de una meritocracia vacua, insolidaria, descontextualizada.


Este productivismo, su evaluación y gestión permanente se instala en la academia y en los académicos, sobre todo, porque esa misma lógica se aplica a la producción académica, como la de papers y revistas, sujetas a una métrica “de la calidad” que, en definitiva es un traslado del modelo de gestión empresarial al mundo de la educación y la academia. Inclusive algunos llegan a hablar de clientes, para referirse a los usuarios de las instituciones universitarias, especialmente para referirse a los estudiantes y su “nivel de satisfacción” en el nuevo McDonald académico; o de clientes internos, los profesores y administrativos a los que eficientes managers cada vez más profesionalizados gerencian con las más modernas técnicas de la Administración de empresas y la neurociencia aplicada al control del “recurso humano”, digo, “de los mansos colaboradores”.

A la larga las universidades pierden su carácter de bien público y “el servicio” que rinden suplanta el ejercicio de un Derecho Humano (algo inalienable a la persona humana). La educación se convierte en una mercancía sujeta a las reglas de la competencia académica, cuyas reglas dicta la banca o expertos financiados por ella. En términos de gobernanza, la democracia universitaria deviene en tecnocracia y en un pseudo-elitismo corporativo, donde el Estado tiene el control último al dictar los presupuestos y disciplinar lo que el propio sistema no alcanza, usando la cooptación de líderes, las prebendas para los dóciles y la mano dura para los díscolos. Y es que la psicopolítica no riñe con la biopolítica, sobre todo cuando estamos en la periferia del sistema y no en sus centros hegemónicos.


Lo que deseo llamar la atención es que una lectura acrítica de la acreditación y re- acreditación universitaria es un proceso que si bien puede ayudarnos a mejorar algunos procesos, si se asume e interioriza como “el” proceso de planificación, gerencia y evaluación universitaria por excelencia, corre el riesgo de dejar de preguntarnos qué es calidad universitaria, qué es ser un académico de calidad, qué es y a quién sirve el modelo de calidad que perseguimos. No debemos dejar de inquirir y confrontar si el interés último es la lógica de reproducción mejorada, o la procura de la criticidad, la cientificidad, la ciudadanía crítica, la solidaridad y la justicia sociales, en sociedades altamente jerarquizadas y fisuradas por el modelo “explotador y excluyente” que está en la base de nuestra dinámica productiva y social.


En países como el nuestro, o la educación ayuda consolidar el bienestar colectivo de las grandes mayorías -apoyando el pensamiento crítico y anticolonial- o será un refinado instrumento de domesticación social. Los peligros son enormes pues el big-data y los cada vez más eficientes algoritmos harán lo que lo que Fouché o Goebbels apenas vislumbraran: el conformismo de todos por medio de la “la Universidad Feliz”. ¿Por qué será que todo me recuerda a Tutankamón y a la paz de cierto cementerio?

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