Jaime Figueroa Navarro

Dalí: un reencuentro con el genio, medio siglo después


Hay encuentros que ni medio siglo consigue borrar. El mío con Salvador Dalí ocurrió en el otoño de 1975, en Nueva York, cuando, acompañado por varios colegas tripulantes de Braniff International Airways, coincidimos con el célebre pintor español en el lobby bar del Hotel Saint Moritz.

Dalí, con su extravagante bigote apuntando hacia el infinito, era un espectáculo ambulante. Para nuestra sorpresa, nos invitó a continuar la velada en su suite 1610 del cercano Hotel St. Regis. Lo que encontramos allí parecía salido de uno de sus cuadros surrealistas.

El maestro se encaramó en un gigantesco trono de más de dos metros de altura, sostenido nada menos que sobre cuatro tortugas. Desde aquellas alturas contemplaba a sus visitantes como un monarca examinando a sus súbditos. ¡Y nosotros, jóvenes aventureros de la aviación internacional, habíamos aterrizado sin boleto en la corte del emperador del surrealismo!

Aquella extravagancia no era improvisada. Dalí había convertido su suite neoyorquina en una especie de palacio particular, donde recibía a celebridades, artistas y personajes de toda índole. Incluso compartía sus aposentos con Babou, su famoso ocelote. Para él, la vida cotidiana debía ser tan fantástica como sus pinturas.

Cincuenta y dos años después, durante nuestra reciente visita a Figueres, Cataluña, tuve la oportunidad de reencontrarme con aquel personaje inolvidable, esta vez a través de su extraordinario legado artístico.

El Teatro-Museo Dalí constituye una auténtica explosión de imaginación. Su fachada coronada por gigantescos huevos, sus esculturas imposibles, ilusiones ópticas y pinturas que desafían toda lógica transportan al visitante a un universo donde nada es exactamente lo que parece.

Mientras recorríamos sus galerías, mi memoria regresaba constantemente a aquella noche de Manhattan. En cada rincón reconocía al hombre que había conocido: provocador, teatral, genial y absolutamente convencido de que su propia existencia debía convertirse en una obra de arte.

Dalí comprendió algo que pocos artistas logran: el talento produce obras extraordinarias, pero la imaginación sin límites puede convertir al propio creador en una leyenda.

Salí del museo emocionado, agradecido por aquel encuentro fortuito de juventud que, tantos años después, volvía a cobrar vida.

Y comprendí que Salvador Dalí nunca abandonó su trono. Simplemente cambió las cuatro tortugas de Manhattan por los gigantescos huevos de Figueres, desde donde continúa reinando sobre el maravilloso universo del surrealismo. 

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