“Disney Sur”: el encanto del fin del mundo
“Disney Sur”: el encanto del fin del mundo
Para nosotros, tan curtidos en trasladar a los niños y a los no tan polluelos (porque bien apunta el dicho que la diferencia entre los niños y los hombres es el precio de sus juguetes), hacia el mundo maravilloso de Disney, existe una alternativa tal vez más vigorosa que, de paso, obliga a renegar el artilugio que nos imbeciliza en pleno siglo XXI, el maldito celular, al apreciar una naturaleza sin tucanes ni palmas de coco a la cual estamos harto acostumbrados.
En siete horas y media, la aeronave de Copa nos traslada desde Tocumen a Ezeiza, el aeropuerto internacional que sirve a la capital argentina. Al consultarme como me traslado al centro de Buenos Aires, le tomo el pelo a mis compañeros de viaje, una pareja de gringos quienes obviamente no se han familiarizado con el destino, asegurando que opto siempre por una carreta de 4 caballos porque en Argentina no hay automóviles y que con gusto les convido a compartirla.
Aquello les eriza, angustiando el desplazamiento aéreo hasta asomarse y a través de la ventanilla divisar a lejos el acostumbrado tranque de la autopista Riccheri, que comunica Ezeiza al centro de la capital federal, durante nuestra aproximación final.
Buenos Aires, su tango, el donaire de sus damas y su gastronomía, resultan tan solo la escala, nuestro destino el fin del mundo.
Desde Aeroparque, como se conoce al aeropuerto Jorge Newberry, en el corazón de Buenos Aires, abordamos la nave que nos traslada a Ushuaia y para comprender la extendida geografía de los “che pibes”, el vuelo de 4 horas es tan extenso como el traslado de Tocumen a Orlando.
Ushuaia, en idioma indígena, significa bahía honda y se refleja en el espejo de su mar, negro, profundo, algo así como al salir de Pedasi y notar el brusco cambio del color de sus aguas al socavar la división continental. A pesar de ser pleno verano austral, lo primero que percibes no es el frío, sino el silencio. Un silencio distinto, agudo, como si el mundo hablara más despacio acá. Al descender de la aeronave el aire te cachetea el rostro: es puro, filoso, desprendiendo un aroma a mar y a montaña al mismo tiempo. Estas en el fin del mundo… y se siente.
La ciudad te recibe pequeña, recogida entre los Andes fueguinos y el Canal de Beagle. Deambulas por sus calles y todo parece más cercano, más real. Las coloridas casas resisten el viento como viejos marineros, y la gente camina con paso tranquilo, acostumbrada a convivir con el clima y con la distancia de todo.
Una mañana abordas una lancha y el Beagle se abre frente a ti. El agua oscura refleja un cielo cambiante, y mientras avanzas, los lobos marinos descansan sobre las rocas sin prestarte atención, dueños absolutos del paisaje. El faro aparece a lo lejos, solitario, marcando el rumbo desde hace décadas. En ese momento entiendes que acá la naturaleza no es decoración: es protagonista.
Más tarde, te descarrías en el bosque del Parque Nacional Tierra del Fuego. El crujir de las hojas bajo tus botas, el olor a tierra húmeda, el verde intenso que se mezcla con lenguas de nieve. Caminas sin apuro, respirando hondo, sintiendo que cada paso te aleja un poco del ruido del mundo. El camino termina donde la tierra se rinde ante el mar, y no requieres fotos: el recuerdo se graba todo.
Al caer la tarde, el frío aprieta y encuentras refugio en un pequeño restaurante. Pides una centolla humeante y una copa de vino. Afuera, el cielo se tiñe de rosa y azul, y adentro todo es madera, charla baja y calor. Hay algo profundamente humano en este contraste: un lugar tan extremo que invita, sin embargo, a quedarse
Al caer la noche, Ushuaia se vuelve íntima. Las luces se reflejan en el agua quieta del puerto y el viento parece calmarse. Ojeas alrededor y percibes que no viniste solo a conocer un destino, sino a sentir un lugar. Ushuaia no se visita: se vive, se respira y se guarda adentro, como esos viajes que, sin saber bien por qué, te cambian un poco.