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Opinión / La daga fina y los lagartos de la ciénaga Peje Perro

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Chiriquí / Finca bananera / Huaquería / Lagarto / Vacaciones

Panamá

La daga fina y los lagartos de la ciénaga Peje Perro

Actualizado 2022/06/23 12:03:01
  • Stanley Heckadon-Moreno
  •   /  
  • opinion@epas.cvom
  •   /  

Tareas que me asignaban mis tías y abuela era rajar leña para el fogón de tres piedras, traer latas de agua del río para la tinaja, partir cocos con hacha para sacar copra, trabajar en el trapiche en días de molienda para hacer rapadura y estivar los botes el día de cortes de plátano.

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En mi infancia en la década de 1950 los primos que estudiábamos en pueblos y ciudades regresábamos a pasar vacaciones a la finca de los abuelos a orillas del selvático río Chiriquí Viejo.

Tareas que me asignaban mis tías y abuela era rajar leña para el fogón de tres piedras, traer latas de agua del río para la tinaja, partir cocos con hacha para sacar copra, trabajar en el trapiche en días de molienda para hacer rapadura y estivar los botes el día de cortes de plátano.

También debía hacer mandados a caballo al caserío de Divalá o finca Las Huacas en la zona bananera.

Estas fincas eran distintas a los pueblos civiles ya que contaban con electricidad, acueducto, dispensario, escuela, empacadoras, líneas férreas y comisariato con productos americanos baratos. El comisariato en Las Huacas era de madera y piso alto. Centro social del cuadrante donde podía tomarse una gaseosa fría y ver las locomotoras halando vagones plenos de racimos de guineos hacia Puerto Armuelles donde serían embarcaban a lugares remotos como Los Ángeles, San Francisco y Seattle.

Desde la década de 1920 a las fincas bananeras las nombraron por especies de árboles: Alcabú, Aguacatón, Arenillo, Berbá, Bongo, Cedro, Cuajada, Chuchupate, Corotú, Espavé, Guásimo, Guayabo, Higuerón, Mora, Membrillo, Majagual ,Sigua y Zapote. Me deleitaba aprender sus nombres y conocer las especies. Fue mi introducción a la botánica. Las Huacas la llamaron así por el gran huacal o cementerio indígena aquí encontrado. Mis tías me encargaban cosas para cocinar o coser. Mi abuelo, grapas, limas o una botella de seco chiricano. Cuando debía comprar un machete nuevo él lo hacía. Al dependiente le pedía que le dejara examinarlos uno a uno palpando su peso, flexibilidad, el temple del metal y mirar la rectitud de la hoja por ambos extremos atento a una mínimo defecto.

El tío Salvador era curandero y sus humildes pacientes pagaban con monedas de a peso, cinco, dos ya y hasta de un real. Un día le regalaron una deslumbrante daga de cacha blanca y fino metal, como las usadas para degollar reses, cerdos y tasajear carne. El tío advirtió que nadie podía usarla salvo 'el.

Una de nuestras diversiones de fines de semana era ir a las ciénagas a enlazar lagartitos y tras jugar con ellos soltarlos en el río. Un día fuimos a dar a la ciénaga de la Peje Perro. Descalzos, con una tula de agua y un viejo machete. En eso Franklin, el primo apodado Chichilo, saca algo de un saco de henequén y dice miren lo que traje, era la daga fina cachi blanca. Como mi papá anda haciendo curaciones por las bananeras me la traje a ver si corta bien. El no se enterará.

Tenía la ciénaga como 10 varas de ancho con hermosos árboles en ambas orillas que al toparse asemejaban un paraguas vegetal. Nos encaramamos a un guabino con ramas resistentes desde la cual veíamos nadar muchos lagartitos emitiendo su característico pujido que aprendimos a imitar. Cortamos una vara, le amarramos la delgada soga y le hicimos el lazo. Al bajar la vara el lazo quedaba sobre el agua y tan pronto un descuidado animalito metía su cabeza lo suspendíamos. En pleno aire le amarrábamos las patas y la trompa que no pujase y vienese la madre.

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Súbito Franklin perdió el equilibrio y al agarrarse de una rama la daga dando vueltas en el aire cayó al charco y desapareció. Todos quedamos boquiabiertos. Al culpable le dijimos que el debía tirarse al agua a buscar la daga. Dijo que ni de a vaina. Ninguno quería echarse al agua.


Pasó la mañana, el medio día y ya atardecía. No podíamos regresar a casa sin la daga. Finalmente acordamos que todos nos quitaríamos la ropa y en cueras nos tiraríamos al agua a la vez. Rezaríamos, nos persignarías y a la cuenta d tres nos tiraríamos en cueras al agua. Tras varios infructosos conteos y viendo que la noche se venía nos armamos de coraje y nos aventamos al agua a la vez. Me sorprendió que al tocar plan el agua me llegaba al pecho. Mientras los otros buceaban uno quedaba de vigilante. Bueceamos varias veces y nada. Subito un grito, pero de alegría. Nelson tanteado en el fondo turbio y en la escasa luz vio la cacha blanca de la daga.

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En segundos alcanzamos la orilla, nos pusimos los calzones cortos y corriendo llegamos a la casa. La daga fue colocada en su escondite. Mi abuela esperaba angustiada. Mijito, me preguntó, en su arcaico voceo, de dónde venís? La comida esta fría. Ya es de noche y nadie sabía por ónde andaban. Le dije que no andábamos en nada, solo viendo nadar los lagartitos de la Peje Perro.

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