Repensar la educación en ética y civismo
Repensar la educación en ética y civismo
Cuando se habla de crisis en la sociedad por lo general se piensa en números o el crecimiento de la economía, corrupción, desempleo y otros temas. Sin embargo detrás de cada escandalo de corrupción y situación irregular o atajo institucional del juega vivo que sacude la impunidad subyace un problema más profundo y es el fracaso estructural de nuestro sistema educativo en la trasmisión de ética profesional y responsabilidad cívica, al construir un modelo pedagógico obsesionado con otorgar títulos, sin la capacidad de forjar ciudadanos.
Durante décadas desde los años 80 y 90, las universidades e instituciones de educación media oficiales y particulares han operado bajo la premisa de que formar a un individuo competente en el uso de la técnica, la medicina, el derecho, la ingeniería es suficiente para garantizar el desarrollo nacional. Es un grave error conceptual. Un profesional altamente capacitado, pero sin una brújula moral que lo guíe, no es más que una amenaza preparada, no es garantía de nada bueno para el país. Cuando la ética se reduce a un curso de relleno de última hora o a un código desfasado que nadie lee, ese profesional bien preparado trata de sacarle provecho al Estado ante la mirada atónita de todos los ciudadanos.
Ser buen ciudadano no nace con la retórica patriótica de cantar el himno nacional los días lunes o el juramento a la bandera, ni rendirle honor a la patria el mes de noviembre. Se aprende practicando, todos los días el respeto por el otro, la empatía social, el cumplimiento de la ley, la convicción de que los actos individuales repercuten directamente en el bienestar colectivo. En el contexto actual el tejido social se percibe fragmentado por la desconfianza ciudadana y debemos repensar el propósito de la educación. Necesitamos ciudadanos con un pensamiento crítico, con un concepto claro de la decencia y que el ejercicio de cada una de las profesiones se lleve con un grado alto de ética, valores y civismo.
La verdadera transformación empieza en los hogares y se extiende a las aulas las leyes son necesarias, pero es un cambio silencioso en que todos debemos contribuir entre debates silenciosos en los salones de clases que se conviertan estos templos del saber en los primeros espacios donde se experimente la trasparencia, la justicia y la rendición de cuentas de los ciudadanos, que desde esa etapa de formación los futuros ciudadanos vean en sus maestros los verdaderos ejemplos de liderazgo formación cívica.
Por eso, enseñar ética no puede ser siendo una materia más, ni es un lujo académico. Es sencillamente una necesidad para que nuestro país sobreviva y mejore considerablemente y disminuya la corrupción, uno enseña con reglas y sobre todo con el ejemplo. Ese tipo de formación no se evalúa solo con un examen como se hace actualmente, los resultados de la evaluación de un ciudadano ético lo conocerán la sociedad con el comportamiento de ese individuo durante toda la vida.
No es solo tarea del Ministerio de Educación o de las universidades. Los padres de familia, los medios de comunicación, las redes sociales también tienen un papel que jugar por que los jóvenes aprenden viendo, lo que hacen los adultos, no solo escuchando u observando. Si en casa se justifican pasarse una luz, colarse una fila, tirar basura en la calle, ese mensaje pesa más que cualquier clase de civismo y ética. La coherencia entre lo que hacemos y enseñamos es la lección mas importante de todas.
Rescatar la ética y los valores repensando nuestra educación debe ser una prioridad de los hogares, escuelas y universidades no se trata de una materia secundaria, ni necesitamos mas discursos sobre valores debemos dar la importancia a la necesidad de formar ciudadanos íntegros con ética y civismo, para tener el panamá que todos deseamos.