Panamá
Semiconductores: La apuesta de los $105 millones que Panamá no puede permitirse perder
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- Julio Javier Trelles Metzner
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Mientras el ruido político y los vaivenes del combustible acaparan los titulares, una noticia de calado estratégico pasó casi desapercibida: la decisión del gobierno de invertir 105 millones de dólares en cinco años para meter a Panamá en la liga global de los semiconductores. A simple vista, parece una cifra modesta frente a los presupuestos de los gigantes asiáticos, pero es, quizás, la movida económica más lúcida que hemos visto en décadas.
Hay que despejar dudas: fabricar un chip no es alquimia, pero tampoco es tarea para improvisados. El proceso es una coreografía atómica en "cleanrooms donde un solo grano de polvo es una catástrofe. Hablamos de fotolitografía ultravioleta y un consumo voraz de agua y energía que hoy, sencillamente, Panamá no tiene capacidad de ofrecer a gran escala. Construir una "mega-fábrica" de la nada sería un suicidio financiero.
La inteligencia de la estrategia nacional radica, precisamente, en saber dónde no pelear. En lugar de intentar ganarle a Taiwán en la fabricación de obleas, Panamá le está apuntando al "post-vía": el ensamblaje, prueba y empaque (ATP por sus siglas en Ingles), junto al diseño y las placas de circuito. Es aquí donde nuestra genética logística brilla. Un chip terminado es un producto de alto valor que viaja mejor por aire desde Tocumen o por nuestros puertos que una oblea frágil desde Asia. Somos el puente del mundo; ahora nos toca ser el laboratorio del continente.
Pero ojo, el plan naufragará si nos quedamos en la retórica de los discursos. El Estado tiene que pasar de las promesas a las certezas con tres pilares que no pueden esperar. Primero, talento que hable el idioma del silicio. La Universidad Tecnológica de Panamá hace un trabajo loable, pero urge una especialización agresiva y, sobre todo, un dominio absoluto del inglés técnico; el centro C-TASC (Centro de Tecnologías Avanzadas en Semiconductores) debe dejar de ser un proyecto en papel para volverse una fábrica de expertos. Segundo, una infraestructura que no parpadee: energía barata y estable. Y tercero, seguridad jurídica real: el régimen EMMA (Empresas Multinacionales para la Prestación de Servicios Relacionados con la Manufactura) debe ser un búnker de incentivos y protección a la propiedad intelectual frente a una ventanilla única que no asfixie al inversor.
El sector privado tampoco puede quedarse de espectador en la grada. Si esperamos a que el gobierno haga todo, la oportunidad se irá a Costa Rica o México. Las empresas locales deben atreverse a invertir en capacitación propia, a golpear la puerta de las universidades y a entender que un técnico que domine los yield rates vale hoy más que un administrador tradicional.
La meta es clara: cada planta de ATP puede inyectar miles de empleos directos y transformar servicios auxiliares, desde la logística de precisión hasta el mantenimiento especializado. Es el nearshoring llevado a su máxima expresión. No es un juego de "todo o nada"; es una escalera. Empezamos ensamblando y terminaremos diseñando, recuperando incluso ese talento panameño que hoy brilla en el extranjero por falta de espacio aquí.
El reloj corre. Dentro de tres años sabremos si supimos evolucionar de ser un simple paso de mercancía a ser un jugador clave en la tecnología que mueve al planeta. El éxito no vendrá solo por la inversión extranjera, sino por nuestra capacidad de dejar de improvisar.
El momento está servido. Solo falta decidir si Panamá se atreve a dejar de ser solo un canal para convertirse en un cerebro.

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