Mensaje
Un hombre desesperado
- Rómulo Emiliani
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Dios perdona todo pecado, cualquiera, aún el peor pecado. Dios es eternamente misericordioso y se complace perdonándonos. Mire, el pecado más grande cometido en la humanidad fue matar al Hijo del hombre en la cruz. Y Jesús allí mismo estaba pidiendo al Padre Dios que perdonara a sus asesinos, porque no sabían lo que hacían. Todos los pecados juntos de la humanidad no igualan, no superan la misericordia de Dios, que es infinitamente más grande que todos los pecados cometidos por los hombres.
Estoy atormentado. He sido un desgraciado desde muy joven. Gasté mucho dinero de mis padres estudiando en el extranjero, pero perdiendo tontamente el tiempo. Los engañaba hasta con informes falsificados de la universidad donde estudiaba. Era gran parrandero, me divertía en grande tanto con mujeres como con amigotes, donde no faltaba el licor y la droga. Volví a mi país y seguí engañando a mis padres diciéndoles que ya no me gustaba mi carrera y que buscaría otra. Dejé pues la ingeniería civil y opté por finanzas y me mandaron a otra universidad en los Estados Unidos. Allí fue peor porque caí en alcoholismo, pasando muchos días medio inconsciente, ya que mezclaba el licor con droga. Ahí mis papás ya se dieron cuenta de todos mis engaños y me obligaron a entrar en un centro de rehabilitación, también en Estados Unidos. Me recuperé. Dejé esos vicios. Volví a mi tierra y mi padre montó una empresa para mí, donde suplía de repuestos a camiones. Mis padres tenían mucho dinero. Mi madre enfermó de cáncer y antes de morir, llorando, me dijo que tenía ya que ser serio en la vida y trabajar fuerte. A todo eso, ya yo había quebrado la empresa. Por un tiempo lloré a mi mamá y hasta iba a misa. Luego, ya volví a las andadas: borracheras, prostitutas, accidentes de carro por mi alcoholismo, hasta que mi padre me mandó a arrestar. Le pagó a un policía para que me siguiera conduciendo borracho. El policía me provocó y yo le pegué. Y, por supuesto, me metieron preso. Estuve en una cárcel inmunda 6 meses. Allí conocí a maleantes y a gente buena, pobres la mayoría y a un pastor protestante, también preso. Él me predicó la Palabra y cambié. No tomé más licor y al salir del presidio me congregué en una Iglesia evangélica. Tres meses duró mi conversión. Volví a pecar. Mujeres, borracheras, riñas. Mi padre no sabía qué hacer conmigo. Me mandó a una finca de unos tíos. Allí estuve más tranquilo y conocí a una joven hermosa. Me enamoré de ella. Le juré amor eterno. Mi padre me mandó dinero y compré una finca con ganado y empecé a trabajarla. No entendía mucho, pero me rodeé de buenos capataces y peones. Todo iba bien. Me casé con ella y estuve tres años feliz. Luego volví a las andadas. Adulterio, licor, droga. Al final ella me dejó. Volví a la capital y aquí estoy arrepentido, pero sé que Dios no me perdona.
¿Cómo dice? ¿Qué Dios no lo perdona? Usted no sabe lo que habla. Él es eternamente misericordioso. Recuerde la parábola del Hijo Pródigo. Jesús nos dice que el papá cuando vio a su hijo venir de lejos, sucio, andrajoso, cabizbajo, fracasado, deprimido, corrió a abrazarlo, a besarlo y mandó que le dieran un vestido nuevo, sandalias en los pies, anillo en el dedo, y ordenó celebrar una fiesta, porque ese hijo estaba perdido y ha sido hallado, muerto y ha resucitado. Ese viejito es Dios que solo espera nuestro arrepentimiento para hacer su obra, que es llenarnos de su gracia, de su paz, de su santa presencia.
Dios perdona todo pecado, cualquiera, aún el peor pecado. Dios es eternamente misericordioso y se complace perdonándonos. Mire, el pecado más grande cometido en la humanidad fue matar al Hijo del hombre en la cruz. Y Jesús allí mismo estaba pidiendo al Padre Dios que perdonara a sus asesinos, porque no sabían lo que hacían. Todos los pecados juntos de la humanidad no igualan, no superan la misericordia de Dios, que es infinitamente más grande que todos los pecados cometidos por los hombres.
Si usted se arrepiente, se congrega en su Iglesia y busca el sacramento de la reconciliación, Dios le concederá el perdón de todas sus culpas. No hay pecado, aún el más malo cometido jamás, que no sea perdonado si el pecador se arrepiente. Ahora, le suplico que deje malas amistades y que rompa de una vez con el alcoholismo y drogadicción. Vaya a Alcohólicos Anónimos, que con su programa de los doce pasos lo va a ir liberando gracias al poder de Dios, convirtiéndolo en un hombre sobrio, sereno, limpio de esas adicciones tan perversas. En ese programa recuperará la paz perdida, le nacerá un gran sentido de hermandad y le darán los medios adecuados para mantenerse sobrio estas 24 horas.
Y a estudiar, volver a trabajar, y empiece a independizarse de su padre y gánese usted el dinero con el sudor de su frente. Si cree que todavía aquella mujer lo ama, vaya y pídale perdón y demuéstrele que es un hombre nuevo y que con Dios será invencible.
Monseñor

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