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Panameños que escaparon de un bombardeo atómico

Una panameña y sus cuatro hijos vivieron el horror de la Segunda Guerra Mundial y la explosión de la bomba atómica en Hiroshima.

José Chacón - Actualizado:

Los hermanos Francisco, Carmen y Jorge Nagakane.

Francisca Saavedra era mesera en un restaurante en Calidonia, muy cerca a lo que actualmente se conoce como el Capitolio. Una tarde de 1936 atendió a un joven barbero que desde los 14 años se embarcó desde Japón hacia estas tierras para hacer una nueva vida, en el extranjero.

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La panameña Francisca Saavedra y el japonés Masato Nagakane se hicieron pareja. En 1939 nacieron sus dos primeros hijos: Carmen Nagakane y Carlos Nagakane (q.e.p.d.).

Pero dos años después (1941) tras el florecimiento de ese amor, empezaron las penurias. Sus sueños comenzaron a marchitarse.

Luego de la entrada en vigencia de la nueva Constitución Política de Panamá, en enero de 1941, durante el primer mandato de Arnulfo Arias Madrid, la joven pareja se separó. La razón fue el artículo 23 de esa nueva Carta Magna que prohibía el ingreso y la residencia en el país de negros, asiáticos, indios y africanos.

"La policía hacía redadas, sacaban a los chinos y a los japoneses de sus casas, los despojaban de sus pertenencias y los enviaban a sus países de origen, eso lo sé porque me le contó mi madre", cuenta Carmen Nagakane, una anciana de 80 años.

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"Una de esas tardes mi papá fue al hipódromo (Juan Franco - en Obarrio). Ese día él estaba con Jorge, su tercer hijo, que apenas tenía un año de edad. Los policías lo detuvieron y lo acompañaron hasta nuestra casa en Calle 25, en Calidonia, para dejar a mi hermano con nuestra madre", narra Carmen Nagakane.

"Mi mamá quedó hecha añicos, ella estaba enamorada de mi padre, así que decidió irse en barco hasta Japón con nosotros", expresó la fuente.

Pero Masato Nagakane había sido trasladado a la base japonesa de Kobe, ahí sirvió de traductor; hablaba español, francés e inglés, además de su lengua natal. Fue intérprete del ejército de su país en pleno inicio de la Segunda Guerra Mundial, aunque nunca fue un soldado.

Francisca Saavedra se embarcó con sus hijos hasta Takehara, pero antes de hacerlo se contactó con una amiga, Anita Hojueda, mujer panameña que fue la secretaria del entonces cónsul de Japón en Panamá.

Anita Hojueda se radicó en Japón, luego que el diplomático terminara su misión en Panamá. Ella los ayudó con los pasajes y los recibió en Takehara.

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A la chorrerana le tocó ir a una granja donde vivían sus suegros. Ella y sus hijos sufrieron el desprecio de la madre de su esposo. Los trataban mal. Les habilitaron una cabaña para que pernoctara con sus tres críos. Francisca Saavedra llevaba en su vientre a quien hoy se llama Francisco Nagakane, que nació en 1942, el cuarto vástago de la pareja.

"Nos armaron una choza en un rincón cerca de las vacas, al menos estábamos bien abrigados. El abuelo era el que nos llevaba alimentos, frutas y pescado crudo. Comíamos grillos y hasta culebras, entre otras cosas, que para mi madre y para nosotros eran extrañas", afirmó Carmen Nagakane.

Ella pasó dos años viviendo con sus hijos en la finca de sus suegros. Sin embargo, en 1943 su esposo salió de la base de Kobe; la guerra había iniciado cuatro años antes y él aún no conocía a su cuarto hijo.

Vieron fijo los ojos de la muerte

Una vez se reencontraron con su papá, decidieron buscar un hogar en el centro de Takehara, a 59 kilómetros de Hiroshima, la misma distancia que hay entre la ciudad de Panamá y el centro de Capira.

Masato Nagakane adquirió una vivienda, montó un billar-restaurante y envió a sus hijos al colegio.

Pero los tambores de guerra sonaban más fuerte conforme el tiempo avanzaba. Los tres hermanos que permanecen vivos, uno de los mayores falleció en enero de este año, conservan el sabor amargo de esos días y las largas noches a oscuras, donde literalmente estuvieron arropados por el miedo y la tristeza.

Carmen Nagakane relató sobre los simulacros en las escuelas y las noches que pasaban refugiados en un sótano.

"Rememoro mucho el sonido de las sirenas. Sonaban a toda hora, podría ser cuando estábamos en la escuela o a las 2:00 de la mañana. Si estábamos en el colegio, corríamos bajo las bancas; si era en casa, íbamos al sótano".

Por su parte, Jorge Nagakane, el tercero de los hermanos, que hoy tiene 79 años, hace remembranza del infierno que presenció previo al ataque atómico, perpetrado por el Ejército de los Estados Unidos.

"Lo que más recuerdo es el paso de los aviones, la amenaza latente, no podías vivir tranquilo, era un estrés constante porque sentías que la muerte sobrevolaba nuestra casa, sobre todo en Takehara. No podías salir al patio. Cada vez que sonaban las alarmas nos envolvíamos en sábanas o colchones para esperar lo peor".

Francisco Nagakane, el menor de todos (77 años), cuenta el episodio aquel cuando los aparatos voladores de los aliados lanzaban bolígrafos, juguetes y golosinas que supuestamente estaban contaminados con algún tipo de veneno. Les tenían prohibido tocarlos.

"Sentíamos el vuelo de los aviones, día y noche. Las maestras nos recomendaban que nunca agarráramos los objetos que caían del aire, decían que estaban envenenados", acotó Francisco Nagakane.

La muerte cayó del cielo y arrasó con Hiroshima

El 6 de agosto de 1945 amaneció fresco en la ciudad de Hiroshima… ese día no fueron enviados a la escuela porque había amenaza de un bombardeo. Francisca Saavedra y Masato Nagakane estaban con sus hijos en casa.

Las sirenas habían despertado desde las tres de la mañana. "No dormimos, recuerdo que teníamos comida, velas, una radio, una linterna, agua, alcohol, algodón y sábanas. Dormimos en el sótano como muchas noches antes de la bomba", describió Carmen Nagakane.

"Little Boy", la bomba lanzada sobre Hiroshima, cayó a las 8:15 de la mañana. "La tierra tembló, nos sacudió, se apagaron las velas, mi mamá lloraba, nosotros gritábamos, mi papá pedía calma, pero era imposible", dijo Jorge Nagakane.

"El estruendo de la bomba era algo indescriptible, sonaba como una tormenta eléctrica muy fuerte mezclada con un terremoto, escuchamos cómo se reventaron las ventanas de las casas", aseveró Jorge Nagakane.

Aunque ellos no estaban en el radio destructivo de la bomba de 4.4 toneladas, de 64 kilos de uranio enriquecido y 1,800 grados de calor, fueron testigos de la agresión que fulminó 70 mil vidas de forma instantánea. No podían salir por posibles efectos de la radiación, era la advertencia que escuchaban por la radio estatal.

Pero su padre abrió la compuerta del sótano y se atrevió a presenciar el funesto panorama. De hecho, Carmen Nagakane lleva fresca en su memoria un evento dantesco: "Las maestras que llegaban de Hiroshima a Takehara bajaban del tren desmembradas, algunas personas estaban totalmente quemadas, bajaban gritando, llorando. Mi mamá socorrió a muchas porque ella sabía de primeros auxilios, eran muchas personas". El paisaje era desconsolador. "Nuestra casa y todo el vecindario estaban destruidos. Las pocas viviendas que quedaron en pie, solo tenían una columna o un trozo de pared. Nuestro hogar desapareció", declaró Carmen Nagakane.

Sus días tras el bombardeo fueron peores, vivieron meses en el sótano con raciones de pan, espinacas, pepinos, patata japonesa y akenoko (brotes de bambú). Todo era medido y se intercambiaban rubros con otros vecinos. En algunas ocasiones, el Gobierno de Japón les proveía de hamo, un tipo de pescado japonés, les daban hongos y carnes enlatadas.

Pero hubo un tiempo en el que su padre podía trasladarse y trabajar en la reconstrucción de la ciudad como lo hicieron miles de japoneses, meses posteriores al ataque atómico.

Uno de esos días sus padres salieron junto con sus cuatro hijos en tren, tenían que registrarse para la indemnización gubernamental por ser víctimas de la guerra, ya que ellos y miles de familias en Takehara perdieron sus casas, mas no sus vidas.

"Yo vi decenas, cientos, miles de cadáveres aún en el suelo, calcinados, irreconocibles. Donde antes habían edificios enormes, plazas, mercados y parques, solo quedaban escombros, ceniza y dolor", advierte Jorge Nagakane.

Afortunadamente llegó la paz, y durante tres años, las autoridades terminaron de ayudar a los sobrevivientes devolviéndoles sus hogares.

"En 1948 teníamos una casa, no era nada parecida ni tan cómoda como la primera, pero era un techo digno", aseguró Carmen Nagakane.

Aunque la vida fue retoñando lentamente, Francisca Saavedra no quería seguir en Japón, más aun cuando desde Panamá le llegó una carta donde le avisaron de la mala condición de salud de un familiar, su padre. Entonces le pidió a su esposo que regresaran a América, pero este se negó y le propuso seguir en el Medio Oriente.

Francisca Saavedra no aguantó. El temor a otro suceso como el que había pasado la perseguía.

"Mi mamá nunca se adaptó y buscó fórmulas para retornar a su país". Así que se contactó con su amiga y comadre Anita Hojueda, la que era pareja del diplomático japonés.

Estos le dieron a Francisca Saavedra una espada japonesa dorada para que se la entregaran a Enrique A. Jiménez, el presidente panameño, quien también movió hilos para lograr que ella regresara con sus niños.

Anita Hojueda y su marido lograron hablar con el gobernante de Panamá y coordinaron el viaje de regreso de la familia Nagakane. Viajaron en tren hasta una localidad japonesa que no recuerdan, y después montaron un avión. De Japón hicieron escala en Hawái y luego a Panamá.

Al pisar suelo istmeño se dirigieron hacia La Chorrera, a un sector rural ubicado cerca a los Altos de San Francisco, en el rancho de la mamá de Francisca Saavedra.

Ahí fue como cada uno de los hermanos Nagakane hizo su vida. Carmen estudió enfermería; Carlos, que era mello con Carmen, se hizo docente. Mientras que Jorge y Francisco también tomaron el rumbo de la educación. Todos se profesionalizaron.

Su padre solo se contactaba con ellos por medio de cartas desde Japón. Lamentablemente, Francisca Saavedra falleció en 1975 a causa de una de cirrosis hepática. Diez años más tarde Masato Nagakane llegó a Panamá y se reencontró con sus cuatro hijos en la misma casa donde se realizó esta entrevista y en donde actualmente vive Carmen Nagakane.

Tres de los cuatro hermanos que aún sobreviven, tratan de que sus memorias y su historia perduren. Su amor por la paz los mantiene vivos y luchando contra los embates de la edad.

Pero su mayor batalla la libran contra aquellos terribles recuerdos que trajeron desde Takehara, aún no despiertan de aquella pesadilla eterna que fue vivir cerca de Hiroshima.

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