De mártires y olvidos
Ascanio Arosemena, un estudiante de 20 años, fue herido en un ángulo por la espalda, a través del hombro y el tórax. Fue el primer mártir. Murió mientras ayudaba a algunos heridos durante la refriega.
La patria venía de una década convulsa, pero también de medio siglo de desgobiernos, de un magnicidio y una cadena de golpes de estado.
El pueblo estaba cansado, como está hoy, de promesas incumplidas, del debate en los elevados círculos de poder, por la búsqueda de enriquecimientos particulares. Por eso el común de la ciudadanía le daba la espalda al tema político. Allí no encontraría respuestas a sus necesidades. Cualquier desprevenido confundiría ese cansancio con apatía.
Los intelectuales repetían hasta el hartazgo lo que Carlos Iván Zúñiga identificó como “injurioso estribillo” que nos señalaba como un “pueblo sin pulso, afectado por la anemia cívica crónica”, sin identidad y colonizado hasta en la médula de su cultura (¿les suena conocido?).
Así llegamos a enero de 1964. Nueve de enero para más señas. Los estudiantes del Instituto Nacional se empeñaron en izar la Enseña Patria en los pedestales escolares zoneítas. Los niños gringos, sus padres y maestros, y el ejército que los cuidaba cual cancerbero, se opusieron. Corrió la sangre. Y la historia de la diplomacia panameña dio una vuelta de carnero.
A partir de este acontecimiento, el tema panameño dejó de ser la revisión del tratado de 1903: el nuevo discurso de soberanía sin cortapisas, incondicional y sin presencia extranjera en nuestro suelo, impuesto por la gesta de enero, conducía sin freno al cese del colonialismo.
Los mártires. Eran las 4:50 p.m.. Doscientos muchachos del Instituto Nacional marcharon desde su colegio hacia la escuela secundaria de Balboa.
Quienes iban al frente, llevaban un escudo de tela para proteger sus vidas: la Bandera Nacional. Era el mismo pendón que usaron los patriotas de los movimientos patrióticos del 2 de diciembre de 1948, en mayo de 1958 y el 3 de noviembre de 1959. Una bandera histórica que sólo era sacada del colegio para los desfiles.
La Policía zoneíta permitió que únicamente seis estudiantes avanzaran. Bandera en alto, los chicos fueron rodeados por una turba de por lo menos dos mil zonians, la mayoría muchachos como ellos.
Uno de los testigos presenciales describe ese momento así: “Estrecharon lentamente el cerco. Uno gritó, luego otro y luego todos. Empezaron a empujarnos y a tratar de arrebatarnos la bandera, mientras nos insultaban”.
El clímax llegó cuando un policía de la Zona rompió la bandera con su vara policial. Los institutores intentan escapar. La turba se lanza contra ellos, miles de manos tiran de la bandera, la rasgan más. Lluvia de palos. A los muchachos solo les preocupa su bandera, la cuidan con sus cuerpos. Las armas de fuego aparecen. Eran de la policía zoneíta y de los adultos zonians.
Empezaron a disparar. Cuentan quienes la vivieron, que la noticia de la matanza corrió como río arterial a lo largo de la línea, de la quinta frontera, y en un santiamén la 4 de julio (así se llamaba la avenida que separaba la ciudad de Panamá de la ignominiosa Zona canalera) se llenó de pueblo. Un pueblo con miedo, que no podía creer lo que estaba pasando, pero que pronto se llenó de un coraje que lo motivó a conseguir banderas y a tratar de colocarlas en la cerca zoneíta. Algunos no lo lograron, pues caían abatidos por las balas, pero la valentía era contagiosa, y otros los relevaban en un intento que los catapultó a los libros de historia, y como premio inmediato, a la portada de la revista Life.
Era el mismo pueblo “sin pulso”, olvidadizo, que otros criticaban, pero que en esta fecha se unió sin distingo de clase social, raza, opinión política ni ninguna otra diferencia.
El olvido. Las fechas históricas o fundacionales no se dan por decreto. Acaecen, y punto. Están allí, surgidas a veces de un plan libertario, de una agenda de trabajo, o de una espontánea y entusiasta marcha juvenil, como es el caso del 9 de enero.
La conmemoración tampoco es algo que se puede regular. Nadie gobierna sobre el cariño que un pueblo le puede profesar a una idea. Lo que sí se puede es regar el jardín de la memoria.
En nuestro caso, ¿podríamos decir que la juventud actual no tiene pulso cívico, que vive el aquí y el ahora con un cinismo aterrador, sin interés alguno por lo bueno y lo malo del pasado?
Responder que sí puede resultar temerario. Algunos muchachos habrá que tengan nociones del ayer, y en su disco duro guarden nombres, ideales y motivaciones de los grandes movimientos populares que en el siglo XX marcaron nuestra historia.
Pero no dudemos de que algo se perdió en el camino recorrido de 1989 a esta parte. Durante los años setenta, el tema de la gesta del 9 de enero mantuvo vivo el recuerdo de los mártires. Se les usó como acicate para que se respaldara el tratado Torrijos-Carter, que nos liberaría de las ataduras colonialistas.
Luego llegaron los años ochenta, y la batalla por la liberación interna, la del rompimiento con las ataduras dictatoriales.
Con el advenimiento de la añorada libertad interna, la agenda quedó vacía. El panameño empezó a vivir sin propósitos nacionales, y los gobiernos que se han sucedido en el poder se preocupan más por campañas que les produzcan réditos inmediatos y particulares. Así, se gastan fortunas en campañas de cintas de todos los colores, pero nada parecido se hace para fomentar el culto a la bandera, por ejemplo.
Que no se confunda este culto a la bandera del que hablamos con patriotería. Remitimos a este ejemplo sólo como símbolo para exponer que, si no hay ganancia política o económica, no se cultiva el conocimiento por el ayer, y menos se les rinde tributo a próceres y mártires. Los gobiernos dictatoriales usaron el tema para su provecho, y los de hoy lo olvidan porque no hay rentabilidad suficiente en el recuerdo.
Es común encontrar en todos los medios de comunicación campañas publicitarias costosísimas para promocionar el día de las brujas, el día de Acción de Gracias, los carnavales, Navidad y tantas otras fechas que son fáciles de traducir en comercio al por menor. Pero aquellas de ocasiones en las que se le debe rendir tributo a la nacionalidad, es decir, fechas en las que el producto es más abstracto y emocional, se quedan en los murales de las escuelas, sin mayores resultados mediáticos.
Entonces es adecuado decir que los recuerdos los monopolizan los comerciantes y los políticos. Los usan en la medida en que los puedan convertir en dinero o en prosélitos. Si no hay nada de eso como resultado, al archivo..., a la morgue.
La apatía. En este contexto, ¿cómo se le puede pedir a un joven de hoy que se interese por la historia de su país?
No sería de extrañar que pronto en realidad nos convirtamos en un “pueblo sin pulso” aquejado por una real anemia cívica. El 9 de enero de 1964, el que se consideraba un pueblo con la conciencia muerta resucitó cuando vio su soberanía mancillada, y la sangre de sus hijos en las calles derramada.
Ahora que nos quedamos sin tema, que no tenemos la estaca de la colonia ni de la dictadura en el pecho, ¿qué nos hará levantarnos de este sepulcro de indiferencia?

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