Esas palabras llamadas malas
- Ariel Barría Alvarado
Como decíamos ayer, las llamadas malas palabras no son en realidad malas. A veces la intención del hablante las hace malas, sin que ellas tengan la culpa.
Si nos acaba de sintonizar, el domingo 5 de junio comentábamos acerca de las palabras que el diccionario denomina “obscenas”, y que nosotros, usuarios de la lengua, las hemos tomado casi siempre del lenguaje común para luego, colocadas en otro contexto y pintadas con subidos colores, hacerlas capaces de plasmar tales matices en el rostro del que las escucha.
Prueba de que no son malas es que solo tienen ese carácter en ciertas regiones o países, mientras que fuera de allí son parte de la expresión diaria (papaya, tula, chicha…). Hablando de ellas llegamos a una que caracteriza el ámbito de nuestras obscenidades vernáculas, al punto que una vez, cuando la cantante brasileña Xuxa vino a Panamá, preferimos cambiarle el nombre a “Zuza”, con tal de no pronunciarlo como se hacía en su país y en el resto del mundo.
¿Cómo alcanzó tal estigma esta palabrita entre los panameños, si en gran parte de América Latina se emplea en el ámbito doméstico cotidiano? Hay una referencia histórica muy interesante que quizás nos dé esa respuesta.
Cedo la palabra al hispano amigo Juan Requejo Salcedo, a quien me permito presentarles, apoyándome en don Rodrigo Miró. Su fecha de nacimiento se ubica en el último tercio del siglo XVI y su muerte en el año 1646; se desempeñó como Maestre Escuela de la Catedral y Comisario de la Santa Cruzada, aquí en nuestro suelo, donde en 1640 escribiría una “Relación histórica y geográfica de la provincia de Panamá”, que entre otros detalles describe cómo fue la dramática reacción de los panameños ante el pavoroso terremoto de 1621.
Pero no es por el terremoto que lo citamos, ni por las palabras obscenas que en boca de los lugareños de seguro se oirían en tales circunstancias, sino por una descripción que él hace con relación a un molusco bivalvo muy apetecido ayer como hoy en nuestro país: la almeja. Y antes de que se pregunten para dónde voy, cito a Requejo, y que él les explique:
“Por la costa, junto a las cassas de la ziudad se hallan vnas almejas muy menudas que llaman chuchas, de la cual ay gran cantidad i creese que por caussa destas almejas se pobló la ciudad en esta parte, porque entonces estavan seguros los castellanos de no passar hambre con ellas, i así de camarones grandes i chicos i otros géneros de mariscos ay gran cantidad.”
Por el hilo se va al ovillo: esas almejas, de seguro bautizadas por los indígenas locales, darían lugar a un nuevo uso de la palabra, mediante traslado semántico, tal como lo escuchamos hoy floreciendo en ciertas expresiones consideradas malsonantes. Pero al menos nos consta que, en 1640, el único pecado de las almejitas era el de saciar el apetito tanto de los nativos como de los hispanos y de cuanto extranjero pasara por aquí.
Viéndolo bien, si tomamos al pie de la letra la referencia del piadoso Requejo Salcedo, ¿no sería más justo levantar ante la bahía de Panamá un monumento a la fundacional almeja, nombrándola con su ya no tan casto nombre? ¡Abajo los Vasco Núñez y las tusas arquitectónicas! Seamos justos: la aldea de pescadores que dio origen a la antigua ciudad encontró acomodo aquí por una razón bien sencilla: la abundancia de almejas (que entonces no se llamaban así, ya sabemos, sino del modo que las nombraron nuestros antepasados). ¡Benditas almejas suculentas!
Que la palabra te acompañe.

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