Un panameño muestra la naturaleza humana de Benín
- Yessika Valdés
Más de treinta fotografías en blanco y negro y a colores hablan de la cultura, las tradiciones, el trabajo, la pobreza y el espíritu de lucha que identifica a esta población cuya economía es esencialmente agrícola.
C on una población de 7 millones de habitantes, en 115, 828 Kms 2 en el oeste de África, Benín sonríe a la vida, aunque esta no sea tan justa con su niñez, que sobrevive en medio de precarias condiciones de salubridad, limitado acceso a la educación, pero bien arraigadas tradiciones.
Erik Simons, de 20 años, panameño, convivió con la tribu "Waana" dos meses, invitado por las misioneras "La pequeña familia de María", que tiene sede en Panamá y Colón.
Hijo de Einar y Marylin Simons, él estudia diseño industrial en el instituto Europeo di Design en Barcelona, España.
En 32 fotografías presenta rostros y escenas de la vida cotidiana. Captura en blanco y negro y en color expresiones, vivencias, naturaleza humana y hábitat.
Él se inició como fotógrafo a los 12 años. Es autodidacta y esta es su cuarta exposición, que estará abierta al público hasta el 22 de agosto en Arlene Lachman Galería, en Calle 1a. El Carmen.
Erik le está muy agradecido al Padre Vicente y a las hermanas Rosario y Caridad, por que le brindaron la oportunidad de vivir esta rica experiencia.
La muestra se titula "Benín: vida, fiesta y muerte" y ocupa tres salas de la galería.
Una sala entera la dedica a una serie de once fotos blanco y negro, en secuencia, acompañadas de una crónica escrita en lenguaje sencillo, donde el joven fotógrafo presenta y describe un entierro "Waama".
Llama la atención que Rafael, el muerto, era el "feticher" o brujo del pueblo y su hijo, el sacerdote católico de Benín es quien oficia la misa. Es decir, Benín es un pueblo que preserva sus ancestrales ritos pero también da cabida a las creencias cristianas.
Erik explica que asistir al entierro y ver el ritual resultó una experiencia muy interesante y enriquecedora. Le permitió conocer lo que significa la muerte para esa cultura africana.
Vestidos para la ocasión, para rendir al brujo los honores, entrada la tarde, empezaban a desfilar hacia el lugar donde se realizaría el funeral. El entierro tiene que ser antes del anochecer. Entre ritos católicos y tradición "Waama".
La fosa, de dos niveles, tiene forma de "L", para facilitar su sellado. Chicos y grandes transportan en su cabeza platones cargados con lajas de piedras, del área montañosa L´Atakora para cubrir el nivel secundario, el más bajo, que es donde colocan el ataúd de madera, que en su interior lleva una cruz de madera, colocada en todo el centro.
La fosa de arriba la cubren con paja y una mezcla de agua y tierra para sellarla.
Pero, allí no termina todo. Resulta que "si a un Waama" le cae tierra sobre su ataúd, o se sospecha que le cayó, entonces no está bien enterrado y si al final del entierro se ve que la tierra cae por agujeros y rendijas, entre las piedras, se tendrá que desenterrar y volver a sepultarlo".
Esta gente humilde con su sonrisa cálida le abrió las puertas de su corazón y su cultura a Erik. En medio de su pobreza ellos son ricos en tradiciones, en esperanzas, que atizan día a día, como el niño de una foto hace con el fogón de piedras cada vez que coloca un leño en él.
En los dos meses en que interactuó con los "Waama", tomó cientos de fotos. Regresó "un muchacho tan maduro", dice su madre, Marylin de Simons, quien? está "pechona", según nos dijo sonriente, aunque admite que cuando él le habló de su viaje a África estaba aprensiva: por el lugar, la lejanía, los peligros y lo joven que es su hijo. Ahora concuerda con él? en que ¡valió la pena!
Suspira, rememora y agrega: "Pasé tres semanas durante las cuales no quería ver el mapa". Se preguntaba ¿cómo sería Benín? ¿Cómo terminaría esa aventura. Felizmente fue ganancia para Erik. Una experiencia vital que él atesorará y aquilata en toda su dimensión. Como la de los museos y otros santuarios del arte que ha visitado en Buenos Aires, Chile, Madrid, Barcelona y Venecia.
Familiares, amigos y compañeros de aula de Erik, jóvenes como él, disfrutaban de la muestra. También, empresarios, artistas y turistas que conocieron de tan especial propuesta artística: facciones en primer plano, energía, vida. Rostros que con su expresión dicen tanto, colores, tambores, vestimenta, comida, inocencia y pureza en la mirada, ojos negros de mirar profundo, como pozos.
Nunca será igual para Erik, quien conoció de primera mano cómo viven, lo que piensan, lo que sienten y cómo lo exteriorizan los habitantes de Benin, quienes le brindaron su hospitalidad y le hicieron sentirse en casa.
Entre los que aplaudieron el talento y feliz idea de ir a África del fotógrafo están el Ing. Arturo E. Melo y el Dr. Picard Amí, al igual que los jóvenes Ana Isabel Sosa, María Elena Durán, Blanca Mina (21), Sharima León (19) Natalia De Obaldía, Roger y Analisa Castillero. También, los pintores María Gabriela Batista y José María Olivella.
El Ing. Melo se mostró muy impresionado y expresó que con su trabajo el joven fotógrafo evidencia que "se puede hacer la caridad, las buenas obras y combinarla con el arte".
A Daniel Gallo, de 14 años, le encanta sobre todo "el cuadro del agua que va cayendo sobre la fosa". Opina que la gente de Benin es afortunada "porque mantiene vivas sus tradiciones y su cultura, que son cosas que mucha gente en otros países no valoran y dejan que se pierdan".
Coincidían en que mirar las fotos los hacía sentir como que estuvieran allí, presenciando esos momentos especiales en la vida de los "Waama", acompañándolos en sus rituales, compartiendo un frugal almuerzo, danzando, diciéndole a la vida ¡gracias!, a pesar de todo porque sus tradiciones son el pasaporte para su supervivencia.

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