El Casco Viejo con aroma a café
Publicado 2000/10/28 23:00:00
- Italia
Hasta hace poco, cuando el crepúsculo se asomaba en el Casco Viejo, los vecinos de este colonial e histórico lugar, ni siquiera daban señales de humo. Las puertas de sus balcones permanecían entreabiertas y las parejas de enamorados escogían otro lugar, para disfrutar de su romance, que aunque no encerrara tanto enigma y magia por el pasar de los años, contaba con mayor seguridad y, además, un sinnúmero de opciones de tipo comercial para disfrutar de una noche con luna llena.
Pero sus calles ya desgastadas y las descoloridas paredes de los caserones, que hace 100 años pertenecieron a las familias aristócratas del país y posteriormente fungieron como casas de inquilinato, vuelven a ser adosadas para albergar entre otras cosas, a siete restaurantes, bares y cafés de tipo europeo.
Esto hace la combinación perfecta en el barrio de San Felipe, que cuenta con cuatro iglesias, cinco pensiones y hoteles, tres teatros y museos, respectivamente; siete parques, tres mercados e instituciones del Estado, incluyendo la Presidencia de la República.
Aunque desde hace 14 años se instaló el primer restaurante en el área, no es hasta hace dos años, cuando empieza realmente el auge comercial del lugar, lo que dio como resultado una oferta de platos libaneses, franceses, argentinos, mexicanos, tragos exóticos, bebidas frías y, sobre todo, la tradicional sangría que, al parecer, es el trago característico en todos los establecimientos.
El restaurante Las Bóvedas, cuyo nombre hace mención al lugar que ocupa, ya tiene 14 años de servir a su clientela, y aunque cambió de dueño hace un año y hoy es propiedad de Ricardo Trad Porras, uno de los arquitectos que reestructura la mayoría de los inmuebles del Casco Viejo, ofrece las mismas especialidades que cuando fue inaugurado. Comida francesa e italiana (conejo en mostaza, pato en uva), además del trago brasileño "caiperiña", que es una de las delicias de la casa. La música ambiental y en vivo de los grupos de jazz no cambia, y sus paredes aún guardan la humedad que distingue a un calabozo.
Las tres bóvedas que ocupa el restaurante permanecen intactas, por haberse declarado el Casco Viejo patrimonio de la humanidad. En 1688 fueron utilizadas como imponentes fortificaciones de la época colonial, construidas por el ingeniero Juan Bautista Antonelly. También servían de refugio contra los ataques de piratas, pero después de la destrucción de Panamá la Vieja en 1671, fueron utilizadas como calabozos, principalmente para reos sentenciados.
Si se hace un recorrido, aunque rápido, por el barrio que todos conocen como Catedral, el ambiente bohemio prevalece. La seguridad se ha reforzado con las constantes rondas de policías; caminar de noche ya no representa un problema.
En las aceras, ya no hay espacio disponible para las tradicionales mesitas con paraguas, que sirven como refugio para la incesante lluvia que en algunas noches suele caer.
Por otro lado, y como a 10 metros del Palacio de las Garzas, se encuentra el Café Duliban. Al llegar aquí, dos guardianes apostados en la entrada dan la bienvenida. Inmediatamente Giorgio Cheaitelly, propietario del restaurante, sale al paso y a ritmo de música libanesa dice: "bienvenidos, están en su casa". El lugar te transporta al Líbano. Georgio comentó que abrió en marzo y desde entonces ha sido una alternativa para aquellas personas que desean disfrutar de un lugar al aire libre. Todos los platos son preparados con productos importados y lo que más llama la atención es el Arquile, algo así como una pipa, en la que se fuma un tabaco de fruta que impregna el lugar con un olor dulce, que se confunde con el de las velas aromáticas.
Justo al lado de este bar con vista al mar, está el Bar Morales, en toda la esquina de la calle 8 Este. Su nombre hace honor al primer propietario del inmueble, Eusebio A. Morales, distinguido abogado, diplomático y educador por excelencia. En la actualidad tanto el edificio como el restaurante pertenecen a Habram Betesh.
El lugar es pequeño con la forma de una media luna y la ingeniosa combinación de lo colonial y lo rústico gusta a los clientes que allí asisten en busca de un buen sushi y parrilladas mixtas, comenta su administrador.
De este sitio, puede saltar al café La Plaza, especialista en capuchino y emparedados. Este café se encuentra a un costado de la Catedral Metropolitana. El lugar es sencillo y pequeño, pero acogedor. Los propietarios del restaurante, un grupo de profesionales panameños, que prefieren quedar en el anonimato, comentaron que lo más importante es la relevancia histórica del lugar. En la calle Pedro J. Sosa, lo único que ha cambiado en 100 años, es la construcción de las aceras, las estructuras están intactas.
Aunque todos prefieren mantener como un secreto la inversión que han hecho, coinciden en que es más costoso restaurar que construir. Casi todos ocupan la propiedad en calidad de alquiler y tuvieron que realizar varias adaptaciones en los sistemas eléctricos y de tubería.
En los últimos dos años, el Casco Viejo ha cambiado radicalmente, comentan los clientes de Café Asís, quienes aseguran que visitar el lugar es como transportarse a otra época. Este bar, propiedad del argentino ........, abrió sus puertas en 1998. Desde entonces ha cambiado mucho, al punto que hace un par de meses se inauguró una galería de arte contigua al local, lo que le da un valor agregado al lugar. Por otro lado, una vivienda que fue propiedad de la familia Duque, es desde marzo el Café Napoleón, que colinda en su patio con el Arco Chato.
Los inversionistas reconocen que la Ley 9 ha servido como marco para promover turísticamente al Casco Viejo, porque al establecerse cuatro escalas de reestructuración: antigüedad del edificio, valor arquitectónico, importancia histórica y construcciones posteriores a 1940, se determina el grado de inversión permitido.
Hay edificios que cumplen con estos requisitos y se les exonerará del Impuesto Sobre la Renta (ISR) al momento de realizar la transferencia y, además, quedarán exentos del pago del Impuesto de Transferencia de Bienes Inmuebles (ITBI). Además, el dueño de las edificaciones no tendrá que pagar ISR por 5 años sobre las utilidades que produzcan las actividades comerciales que se lleven a cabo en estas construcciones, de igual forma se exonera del ITBI a las personas que adquieran viviendas restauradas.
Pero sus calles ya desgastadas y las descoloridas paredes de los caserones, que hace 100 años pertenecieron a las familias aristócratas del país y posteriormente fungieron como casas de inquilinato, vuelven a ser adosadas para albergar entre otras cosas, a siete restaurantes, bares y cafés de tipo europeo.
Esto hace la combinación perfecta en el barrio de San Felipe, que cuenta con cuatro iglesias, cinco pensiones y hoteles, tres teatros y museos, respectivamente; siete parques, tres mercados e instituciones del Estado, incluyendo la Presidencia de la República.
Aunque desde hace 14 años se instaló el primer restaurante en el área, no es hasta hace dos años, cuando empieza realmente el auge comercial del lugar, lo que dio como resultado una oferta de platos libaneses, franceses, argentinos, mexicanos, tragos exóticos, bebidas frías y, sobre todo, la tradicional sangría que, al parecer, es el trago característico en todos los establecimientos.
El restaurante Las Bóvedas, cuyo nombre hace mención al lugar que ocupa, ya tiene 14 años de servir a su clientela, y aunque cambió de dueño hace un año y hoy es propiedad de Ricardo Trad Porras, uno de los arquitectos que reestructura la mayoría de los inmuebles del Casco Viejo, ofrece las mismas especialidades que cuando fue inaugurado. Comida francesa e italiana (conejo en mostaza, pato en uva), además del trago brasileño "caiperiña", que es una de las delicias de la casa. La música ambiental y en vivo de los grupos de jazz no cambia, y sus paredes aún guardan la humedad que distingue a un calabozo.
Las tres bóvedas que ocupa el restaurante permanecen intactas, por haberse declarado el Casco Viejo patrimonio de la humanidad. En 1688 fueron utilizadas como imponentes fortificaciones de la época colonial, construidas por el ingeniero Juan Bautista Antonelly. También servían de refugio contra los ataques de piratas, pero después de la destrucción de Panamá la Vieja en 1671, fueron utilizadas como calabozos, principalmente para reos sentenciados.
Si se hace un recorrido, aunque rápido, por el barrio que todos conocen como Catedral, el ambiente bohemio prevalece. La seguridad se ha reforzado con las constantes rondas de policías; caminar de noche ya no representa un problema.
En las aceras, ya no hay espacio disponible para las tradicionales mesitas con paraguas, que sirven como refugio para la incesante lluvia que en algunas noches suele caer.
Por otro lado, y como a 10 metros del Palacio de las Garzas, se encuentra el Café Duliban. Al llegar aquí, dos guardianes apostados en la entrada dan la bienvenida. Inmediatamente Giorgio Cheaitelly, propietario del restaurante, sale al paso y a ritmo de música libanesa dice: "bienvenidos, están en su casa". El lugar te transporta al Líbano. Georgio comentó que abrió en marzo y desde entonces ha sido una alternativa para aquellas personas que desean disfrutar de un lugar al aire libre. Todos los platos son preparados con productos importados y lo que más llama la atención es el Arquile, algo así como una pipa, en la que se fuma un tabaco de fruta que impregna el lugar con un olor dulce, que se confunde con el de las velas aromáticas.
Justo al lado de este bar con vista al mar, está el Bar Morales, en toda la esquina de la calle 8 Este. Su nombre hace honor al primer propietario del inmueble, Eusebio A. Morales, distinguido abogado, diplomático y educador por excelencia. En la actualidad tanto el edificio como el restaurante pertenecen a Habram Betesh.
El lugar es pequeño con la forma de una media luna y la ingeniosa combinación de lo colonial y lo rústico gusta a los clientes que allí asisten en busca de un buen sushi y parrilladas mixtas, comenta su administrador.
De este sitio, puede saltar al café La Plaza, especialista en capuchino y emparedados. Este café se encuentra a un costado de la Catedral Metropolitana. El lugar es sencillo y pequeño, pero acogedor. Los propietarios del restaurante, un grupo de profesionales panameños, que prefieren quedar en el anonimato, comentaron que lo más importante es la relevancia histórica del lugar. En la calle Pedro J. Sosa, lo único que ha cambiado en 100 años, es la construcción de las aceras, las estructuras están intactas.
Aunque todos prefieren mantener como un secreto la inversión que han hecho, coinciden en que es más costoso restaurar que construir. Casi todos ocupan la propiedad en calidad de alquiler y tuvieron que realizar varias adaptaciones en los sistemas eléctricos y de tubería.
En los últimos dos años, el Casco Viejo ha cambiado radicalmente, comentan los clientes de Café Asís, quienes aseguran que visitar el lugar es como transportarse a otra época. Este bar, propiedad del argentino ........, abrió sus puertas en 1998. Desde entonces ha cambiado mucho, al punto que hace un par de meses se inauguró una galería de arte contigua al local, lo que le da un valor agregado al lugar. Por otro lado, una vivienda que fue propiedad de la familia Duque, es desde marzo el Café Napoleón, que colinda en su patio con el Arco Chato.
Los inversionistas reconocen que la Ley 9 ha servido como marco para promover turísticamente al Casco Viejo, porque al establecerse cuatro escalas de reestructuración: antigüedad del edificio, valor arquitectónico, importancia histórica y construcciones posteriores a 1940, se determina el grado de inversión permitido.
Hay edificios que cumplen con estos requisitos y se les exonerará del Impuesto Sobre la Renta (ISR) al momento de realizar la transferencia y, además, quedarán exentos del pago del Impuesto de Transferencia de Bienes Inmuebles (ITBI). Además, el dueño de las edificaciones no tendrá que pagar ISR por 5 años sobre las utilidades que produzcan las actividades comerciales que se lleven a cabo en estas construcciones, de igual forma se exonera del ITBI a las personas que adquieran viviendas restauradas.

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