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El nuevo rostro de la industria restaurantera usa cubrebocas

Para muchas personas, la idea de comer en un restaurante sigue pareciendo aterradora.

Kim Severson - Actualizado:

El personal del Chops Lobster Bar, en el vecindario Buckhead de Atlanta, con cubrebocas mientras se prepara para un turno, el 8 de mayo de 2020. (Peyton Fulford/The New York Times)

ATLANTA – La otra noche comí en un asadero. Nunca me había sentido tan feliz de ver una ensalada en cuña en mi vida.

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No había visitado un restaurante desde el 15 de marzo, unos días antes de que el alcalde de Atlanta ordenara el cierre de todos los comedores. El 27 de abril, Georgia se convirtió en el segundo estado, después de Alaska, en permitir la reapertura de los restaurantes desde el inicio de la pandemia. Chops, un local de 31 años de antigüedad que es un templo de las cuentas de gasto en el vecindario Buckhead, fue uno de los primeros en poner su negocio en marcha de nuevo.

Mi mesero, Roberto Velasco, se veía tan feliz de estar trabajando como yo de estar sentada en un restaurante. Al menos eso parecía. Era difícil saberlo con el cubrebocas.

Para muchas personas, la idea de comer en un restaurante sigue pareciendo aterradora. Para mí lo fue. Me senté en una mesa en la parte trasera y me pregunté si el coronavirus estaría flotando en el aire acondicionado o si uno de los comensales que ordenó un cabernet en una mesa a tres metros de distancia sería portador. En cuanto al servicio de valet, ¿es broma?

No obstante, el tapabocas de Velasco, junto con sus visitas constantes a una botella de desinfectante de manos bastante visible, calmaron mi ansiedad. Cuando llegaron el rib-eye término medio rojo y el platillo de espárragos, me sentí tan fascinada como Dorothy en un campo de amapolas.

Los restaurantes están comenzando a abrir de manera intermitente en todo el país, guiados por una mezcolanza de leyes federales, estatales y locales y recomendaciones que parecen cambiar a diario. Los propietarios de restaurantes deben establecer sus propias prácticas e idear formas de reducir el riesgo para la salud que les proporcionen seguridad a unos clientes sin alejar a otros.

Contra ese panorama, es difícil saber cómo será el nuevo rostro de la hostelería estadounidense, pero es probable que utilice cubrebocas.

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El tapabocas es la herramienta más utilizada, y tal vez divisiva, de un arsenal de medidas de protección, como las cartas desechables y las separaciones de plástico que los restaurantes están incorporando a una cultura emergente de hostelería en plena pandemia.

El cubrebocas se ha convertido en parte del equipo estándar desde los niveles más altos de la gastronomía hasta los más bajos. Los ejecutivos de Burger King están revisando diseños de mascarillas que podrían convertirse en parte del uniforme estándar. En The Inn at Little Washington, un restaurante del condado de Rappahannock, Virginia, con tres estrellas Michelin, el chef Patrick O’Connell ha ordenado la elaboración de cubrebocas personalizados con diseños de las sonrisas de Marilyn Monroe y George Washington, previendo la reapertura del 29 de mayo.

“Es evidente que la gente necesita salir y no quiere entrar a un entorno que aumente su ansiedad”, señaló. “Quieren algo que disipe el momento que estamos viviendo”.

(O’Connell irá aún más lejos: para ayudar a contrarrestar la árida apariencia de un restaurante a medio cupo, como lo solicita el estado para cumplir con el distanciamiento social, sentará en las sillas vacías maniquíes vestidos con atuendos de la década de 1940. “Siempre me han gustado los maniquíes”, dijo).

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Para algunos comensales, ver que el personal usa tapabocas es un consuelo. Para otros, estos provocan ansiedad, dijo. Si los comensales solicitan que los atienda un camarero sin mascarilla y hay alguno dispuesto, el restaurante accederá.

“Invitamos a todos nuestros clientes a que se diviertan como gusten”, dijo O’Connell. “Nuestro principal objetivo siempre es ser sanadores. Hemos creado un santuario, un lugar reconfortante, y para algunas personas un cubrebocas es símbolo de eso, pero para otras no”.

Rick Davis, un director ejecutivo de la empresa de contabilidad Elliott Davis, preferiría que sus meseros no usaran tapabocas. Davis consiguió la primera reservación en Soby’s New South Cuisine, en Greensville, Carolina del Sur, cuando reabrió el 11 de mayo. No podía esperar para comer una orden de tomates verdes fritos de la casa. Pero le habría gustado ver la cara de la persona que lo atendió.

“En lo personal, me habría sentido bien si no hubieran usado mascarillas”, dijo. “Entiendo por qué lo hacían, pero gran parte de la experiencia de cenar en los restaurantes es la calidez, que a veces es más importante que la comida. Es difícil negar el hecho de que ver el rostro del camarero es parte de eso”.

Davis no usó cubrebocas en el restaurante, y tampoco lo usó ninguno de mis compañeros comensales en el asadero Chops Steakhouse.

No obstante, los tapabocas son parte de lo que hizo que Tonia Wilson se sintiera cómoda cuando se sentó en Goldbergs Fine Foods en Atlanta el jueves pasado para comer una orden de refrito de carne curada con papas.

Wilson llevaba una mascarilla al entrar y se alegró de que Ola García, su mesera, también trajera puesta una. A ambas se les revisó la temperatura al llegar, a García antes de empezar su turno y a Wilson en la puerta del establecimiento.

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“No como en cualquier sitio, y no voy a ir a otros lugares que han abierto”, afirmó Wilson. “Pero he visitado este lugar suficientes veces y veo cómo hacen la limpieza, usan guantes y cubrebocas, y así sé que estoy a salvo”.

Los restaurantes están experimentando con varias formas de mantener seguros a los comensales y empleados, y afirman que la desinfección se toma en serio. Un lugar para desayunar en Ohio colgó entre las mesas cortinas de plástico transparentes y lavables para baño. Un restaurante de Atlanta les pide a sus meseros que se pongan guantes de diferentes colores cada vez que se dirigen a una mesa, para garantizarles a los comensales que los guantes están limpios.

Para otros comensales, ni todos los camareros con cubrebocas y divisores de plexiglás del mundo podrían convencerlos de ir a un restaurante todavía.

“No es un asunto de falta de confianza en ellos, sino en los idiotas que visitan el lugar”, comentó Dale Benerofe, un trabajador de la salud de Atlanta que solía comer fuera dos o tres veces a la semana. “Quiero que los restaurantes abran. De verdad que sí, pero no ahora. Es demasiado estresante”.

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