Bicentario de Don José de Obaldía
Publicado 2006/07/29 23:00:00
- Mexicali
Un gran desconocido panameño del siglo XIX, José de Obaldía Orejuela es comparable en muchas facetas a la figura del Patricio Justo Arosemena Quesada.
Este año en el cual conmemoramos el bicentenario de su nacimiento, es bueno y edificante recordar quién fue e hizo por la trascendencia de su pensamiento, lo oportuno y de su acción y el legado que dejó a los istmeños de la generación que le fue coetánea y a las futuras.
Vino al mundo en Panamá cuando se desmoronaba sin remedio el imperio español americano. Era un joven de quince años en el momento en que Panamá declaró su primera independencia, a finales de noviembre de 1821. Tenía veinticuatro años cuando murió Bolívar Libertador, el 17 de diciembre de 1830.
Como podemos apreciar, toda su existencia se desarrolló durante nuestra espontánea adhesión a Colombia con las vicisitudes, logros, frustraciones, conflictos políticos terribles y momentos de bonanza que jalonaron aquel lapso de 82 años.
Siempre profesó el credo liberal, esto es, las doctrinas de progreso, de reformas integrales a la marcha estatal, ideología necesaria para que el país colombiano, Panamá incluido, despegara hacia horizontes realmente modernos y de avanzada.
Obaldía siempre estuvo convencido y demostró que Panamá era un segmento especial y diferente dentro de Colombia y que debía ser tratado en consecuencia. Justo Arosemena trillaba similar sendero.
Jurista notable, escritor prolífico, orador vibrante, político práctico, la obra de Obaldía perdura con la misma entereza y fogosidad que lo caracterizó en vida.
Varias veces ocupó el solio presidencial de la Nueva Granada, fue senador de relieve y, por contraste, fue enviado al exilio en Costa Rica donde actuó como pedagogo sin par. Fue pionero de la prensa panameña y colombiana. Fue defensor de los panameños cuando Colombia no podía ofrecernos el bienestar social y económico que merecíamos a causa de la constante convulsión interna. Fue conciliador en medio de la lucha ideológica y de las guerras civiles que devastaban a la nación.
Hay que rememorar el planteamiento consignado en el Acta de Chiriquí de marzo de 1861. El Istmo de Panamá, llamado a un óptimo porvenir, ha de ser colocado bajo la tutela económica de las potencias, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos para lograr el auge portuario y mercantil, siempre bajo la soberanía de Colombia. Con clara conciencia de nuestra privilegiada situación geográfica, no menciona aún el Canal, pero ya existía el ferrocarril transístmico. Obaldía busca para su tierra un destino inmejorable y las naciones con fuerza naval están en posibilidad de ofrecérnoslo.
José de Obaldía esgrimió su ideario futurista como una espada: combatir la pobreza y la ignorancia con la educación; arremeter contra el clero conservador y retrógrado; ahuyentar los fanatismos políticos, sociales y religiosos; promover a toda costa los fueros individuales; callar a los demagogos a quienes llama "seres peligrosos y degradados"; martillar sobre la integridad del suelo panameño frente a las pretensiones costarricenses.
¡Qué variada y honda temática!
En fin, este legítimo liberal pensó temas y enfrentó problemas en su época que adquirieron vigencia en la nuestra.
Cuando tanto había dado a su Patria, se retiró a la vida bucólica y familiar en Chiriquí, dedicado a sus negocios personales.
En 1889 se apagó tranquilamente en David cuando Panamá vivía y sufría los últimos lustros de su vínculo con el gran país del Sur. A doscientos años de su llegada al mundo, José de Obaldía Orejuela es precursor de realidades y situaciones de diverso cariz -como aquí he pretendido insinuarlo- anunciador de un tiempo nuevo que aún se gesta.
Ese es el timbre de su grandeza, su enseñanza pese a la sucesión de las eras históricas.
Este año en el cual conmemoramos el bicentenario de su nacimiento, es bueno y edificante recordar quién fue e hizo por la trascendencia de su pensamiento, lo oportuno y de su acción y el legado que dejó a los istmeños de la generación que le fue coetánea y a las futuras.
Vino al mundo en Panamá cuando se desmoronaba sin remedio el imperio español americano. Era un joven de quince años en el momento en que Panamá declaró su primera independencia, a finales de noviembre de 1821. Tenía veinticuatro años cuando murió Bolívar Libertador, el 17 de diciembre de 1830.
Como podemos apreciar, toda su existencia se desarrolló durante nuestra espontánea adhesión a Colombia con las vicisitudes, logros, frustraciones, conflictos políticos terribles y momentos de bonanza que jalonaron aquel lapso de 82 años.
Siempre profesó el credo liberal, esto es, las doctrinas de progreso, de reformas integrales a la marcha estatal, ideología necesaria para que el país colombiano, Panamá incluido, despegara hacia horizontes realmente modernos y de avanzada.
Obaldía siempre estuvo convencido y demostró que Panamá era un segmento especial y diferente dentro de Colombia y que debía ser tratado en consecuencia. Justo Arosemena trillaba similar sendero.
Jurista notable, escritor prolífico, orador vibrante, político práctico, la obra de Obaldía perdura con la misma entereza y fogosidad que lo caracterizó en vida.
Varias veces ocupó el solio presidencial de la Nueva Granada, fue senador de relieve y, por contraste, fue enviado al exilio en Costa Rica donde actuó como pedagogo sin par. Fue pionero de la prensa panameña y colombiana. Fue defensor de los panameños cuando Colombia no podía ofrecernos el bienestar social y económico que merecíamos a causa de la constante convulsión interna. Fue conciliador en medio de la lucha ideológica y de las guerras civiles que devastaban a la nación.
Hay que rememorar el planteamiento consignado en el Acta de Chiriquí de marzo de 1861. El Istmo de Panamá, llamado a un óptimo porvenir, ha de ser colocado bajo la tutela económica de las potencias, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos para lograr el auge portuario y mercantil, siempre bajo la soberanía de Colombia. Con clara conciencia de nuestra privilegiada situación geográfica, no menciona aún el Canal, pero ya existía el ferrocarril transístmico. Obaldía busca para su tierra un destino inmejorable y las naciones con fuerza naval están en posibilidad de ofrecérnoslo.
José de Obaldía esgrimió su ideario futurista como una espada: combatir la pobreza y la ignorancia con la educación; arremeter contra el clero conservador y retrógrado; ahuyentar los fanatismos políticos, sociales y religiosos; promover a toda costa los fueros individuales; callar a los demagogos a quienes llama "seres peligrosos y degradados"; martillar sobre la integridad del suelo panameño frente a las pretensiones costarricenses.
¡Qué variada y honda temática!
En fin, este legítimo liberal pensó temas y enfrentó problemas en su época que adquirieron vigencia en la nuestra.
Cuando tanto había dado a su Patria, se retiró a la vida bucólica y familiar en Chiriquí, dedicado a sus negocios personales.
En 1889 se apagó tranquilamente en David cuando Panamá vivía y sufría los últimos lustros de su vínculo con el gran país del Sur. A doscientos años de su llegada al mundo, José de Obaldía Orejuela es precursor de realidades y situaciones de diverso cariz -como aquí he pretendido insinuarlo- anunciador de un tiempo nuevo que aún se gesta.
Ese es el timbre de su grandeza, su enseñanza pese a la sucesión de las eras históricas.

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