¡Carnavales: “vade retro”!
Publicado 2004/02/20 00:00:00
- Silvio Guerra Morales
...la homosexualidad se desata como quien libera prisioneros de las celdas de una cárcel; práctica de actos inmorales y lascivos nos dejan alarmados y todo parece indicar que en los días de carnaval no cuenta el remanente de la gente honesta y decente de la Patria.
Corrían los primeros años de la década del 70. Estábamos recién llegados a lo que era, en ese entonces, el poblado de La Chorrera. Del lugar de donde veníamos, el pueblito de Manaca Civil-Chiriquí, no conocíamos más fiestas que las del juramento a la bandera los días 3 y 4 de noviembre de cada año; la de la Nochebuena, en la que nuestra madre se hacía de una bien sazonada gallina de patio y arroz con guandú; del Año Nuevo, en el que se volvía a repetir el menú. De los carnavales nada que hablar dado que éstos no existían en nuestras comunidades. Ni siquiera sabíamos de esa festividad.
En esos primeros años en la comunidad de La Chorrera, por la cercanía de nuestra humilde morada a una de las principales calles por la que transitó durante muchos años el desfile de carnaval, pudieron mis curiosos ojos de la infancia contemplar las coloridas comparsas en los desfiles, a los personajes de ellas, los disfraces, a los diablitos que tanto susto y miedo nos causaban, las banderolas, escuchar los estridentes cohetes que anunciaban que el desfile se aproximaba. Todo resultaba ser cautivador. Mi madre se alegraba mucho viendo y llevándonos a contemplar “los carnavales”.
Olvidaba decir que los desfiles iniciaban a tempranas horas y a tempranas horas terminaban. ¡No había mayor acontecimiento que esa tremenda fiesta! Luego, los años fueron transcurriendo. Se acabaron los desfiles. Los municipios ya no querían patrocinar a las comparsas y la empresa privada no quería tampoco dar auspicio alguno. Los muchachos comenzaron a deleitarse tirando o lanzando cubos o tanques de agua a cuanto parroquiano transitara por la vía. ¡Qué gozo aquél cuando “bañábamos” a alguien! Recuerdo que en algunas ocasiones la tiradera de agua se extendía hasta las ocho, nueve y diez de la noche. Todos gozábamos, tanto el que tiraba el agua, como al que bañábamos de pies a cabeza, así como también al mirón que se deleitaba viendo el más mínimo detalle. Todo era algarabía y armonía y risas a carcajadas.
Han transcurrido más de 30 años y puedo decir que todo ha cambiado. Nuestro mundo se ha caído. Nuestros carnavales plagados de ingenuidad, sencillez y colorido se han trastocado en fiestas satánicas, escenarios en los que encuentra perfecto acomodo el desenfreno de la inmoralidad, la lujuria, la lascivia, la voluptuosidad, el irrespeto a Dios y un entreguismo sin límites en los brazos de Baco y Afrodita. Se advierte sexo, se vende sexo, se proyecta sexo. Se vende alcohol, se toma alcohol, se proyecta alcohol. Un verdadero escenario en el que Sodoma y Gomorra quedarían en pañales.
Por nuestras calles y por las de Las Tablas y tantos otros poblados de nuestra nación, la homosexualidad se desata como quien libera prisioneros de las celdas de una cárcel; práctica de actos inmorales y lascivos nos dejan alarmados y todo parece indicar que en los días de carnaval no cuenta el remanente de la gente honesta y decente de la Patria.
Salomón dice en el Libro de Eclesiastés -La Biblia: “Acuérdate joven de tu Creador en los días de tu juventud, no sea que vengan los días y los años de los cuales digas no tengo en ellos contentamiento”. Es menester que la Patria se revista de moralidad. Que se divulguen auténticos valores para nuestros jóvenes que están a la espera del hombre y de la mujer que los inspire a caminar por senderos de sapiencia y de rectitud. Nosotros, como adultos, estamos obligados a fortalecer el carácter de nuestros hijos. Si no lo hacemos estamos condenando a la Patria y con ella a toda nuestra gente a sufrir las consecuencias de una descomposición moral cuyos efectos resultan impredecibles y devastadores.
No podemos olvidar los hechos de la historia que nos ilustran cómo grandes civilizaciones, entre ellas Roma, cayeron victimizados en el fango de la miseria y la destrucción, merced a la inmoralidad que los arropó en las actuaciones tanto de los personeros de los gobiernos como de las personas que desenvolvían actos propios de la vida privada.
Como fiesta pagana, en medio de los carnavales, hoy más que nunca, los cristianos debemos recordarnos cuáles son nuestros deberes para con Dios y la Patria. Cuidado con servir hoy y mañana, y pasado mañana a Baco y a Afrodita, y luego venir con el viejo cuento de que en el día de Cenizas nos arrepentimos y pedimos perdón a Dios. Con Dios no podemos jugar. O somos de verdad o de mentiras. Diversión sí, pero con mesura y decencia.
¿Quién ha dicho que la diversión lleva aparejada la lujuria y la lascivia, la inmoralidad y el desenfreno sexual? No podemos, advertimos, caer en el pecado de Sodoma y Gomorra. Dios tenga, como siempre ha tenido, misericordia de nuestra Patria y de nuestra gente. Busquemos en el más recóndito lugar de la soledad el tiempo necesario e indispensable para adorar al único y sabio Dios, a quien tiene cuidado de nosotros y que nos ama con amor puro y santo. Celebremos un verdadero carnaval espiritual rindiendo glorias y vítores al digno de toda alabanza: ¡Cristo!
(stekrakri@hotmail.com)
En esos primeros años en la comunidad de La Chorrera, por la cercanía de nuestra humilde morada a una de las principales calles por la que transitó durante muchos años el desfile de carnaval, pudieron mis curiosos ojos de la infancia contemplar las coloridas comparsas en los desfiles, a los personajes de ellas, los disfraces, a los diablitos que tanto susto y miedo nos causaban, las banderolas, escuchar los estridentes cohetes que anunciaban que el desfile se aproximaba. Todo resultaba ser cautivador. Mi madre se alegraba mucho viendo y llevándonos a contemplar “los carnavales”.
Olvidaba decir que los desfiles iniciaban a tempranas horas y a tempranas horas terminaban. ¡No había mayor acontecimiento que esa tremenda fiesta! Luego, los años fueron transcurriendo. Se acabaron los desfiles. Los municipios ya no querían patrocinar a las comparsas y la empresa privada no quería tampoco dar auspicio alguno. Los muchachos comenzaron a deleitarse tirando o lanzando cubos o tanques de agua a cuanto parroquiano transitara por la vía. ¡Qué gozo aquél cuando “bañábamos” a alguien! Recuerdo que en algunas ocasiones la tiradera de agua se extendía hasta las ocho, nueve y diez de la noche. Todos gozábamos, tanto el que tiraba el agua, como al que bañábamos de pies a cabeza, así como también al mirón que se deleitaba viendo el más mínimo detalle. Todo era algarabía y armonía y risas a carcajadas.
Han transcurrido más de 30 años y puedo decir que todo ha cambiado. Nuestro mundo se ha caído. Nuestros carnavales plagados de ingenuidad, sencillez y colorido se han trastocado en fiestas satánicas, escenarios en los que encuentra perfecto acomodo el desenfreno de la inmoralidad, la lujuria, la lascivia, la voluptuosidad, el irrespeto a Dios y un entreguismo sin límites en los brazos de Baco y Afrodita. Se advierte sexo, se vende sexo, se proyecta sexo. Se vende alcohol, se toma alcohol, se proyecta alcohol. Un verdadero escenario en el que Sodoma y Gomorra quedarían en pañales.
Por nuestras calles y por las de Las Tablas y tantos otros poblados de nuestra nación, la homosexualidad se desata como quien libera prisioneros de las celdas de una cárcel; práctica de actos inmorales y lascivos nos dejan alarmados y todo parece indicar que en los días de carnaval no cuenta el remanente de la gente honesta y decente de la Patria.
Salomón dice en el Libro de Eclesiastés -La Biblia: “Acuérdate joven de tu Creador en los días de tu juventud, no sea que vengan los días y los años de los cuales digas no tengo en ellos contentamiento”. Es menester que la Patria se revista de moralidad. Que se divulguen auténticos valores para nuestros jóvenes que están a la espera del hombre y de la mujer que los inspire a caminar por senderos de sapiencia y de rectitud. Nosotros, como adultos, estamos obligados a fortalecer el carácter de nuestros hijos. Si no lo hacemos estamos condenando a la Patria y con ella a toda nuestra gente a sufrir las consecuencias de una descomposición moral cuyos efectos resultan impredecibles y devastadores.
No podemos olvidar los hechos de la historia que nos ilustran cómo grandes civilizaciones, entre ellas Roma, cayeron victimizados en el fango de la miseria y la destrucción, merced a la inmoralidad que los arropó en las actuaciones tanto de los personeros de los gobiernos como de las personas que desenvolvían actos propios de la vida privada.
Como fiesta pagana, en medio de los carnavales, hoy más que nunca, los cristianos debemos recordarnos cuáles son nuestros deberes para con Dios y la Patria. Cuidado con servir hoy y mañana, y pasado mañana a Baco y a Afrodita, y luego venir con el viejo cuento de que en el día de Cenizas nos arrepentimos y pedimos perdón a Dios. Con Dios no podemos jugar. O somos de verdad o de mentiras. Diversión sí, pero con mesura y decencia.
¿Quién ha dicho que la diversión lleva aparejada la lujuria y la lascivia, la inmoralidad y el desenfreno sexual? No podemos, advertimos, caer en el pecado de Sodoma y Gomorra. Dios tenga, como siempre ha tenido, misericordia de nuestra Patria y de nuestra gente. Busquemos en el más recóndito lugar de la soledad el tiempo necesario e indispensable para adorar al único y sabio Dios, a quien tiene cuidado de nosotros y que nos ama con amor puro y santo. Celebremos un verdadero carnaval espiritual rindiendo glorias y vítores al digno de toda alabanza: ¡Cristo!
(stekrakri@hotmail.com)

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