Panamá
Educación, cultura y música: de la academia y más allá
- Gregorio Urriola Candanedo
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En la última semana de mayo del corriente, la Orquesta de Cámara del Istmo (OCI) regaló al pueblo panameño dos conciertos memorables bajo la batuta del célebre director malagueño José Manuel Gil de Gálvez quien viajó desde España con el auspicio de la Obra Cultural de la Fundación Universitaria Iberoamericana, la Universidad Europea del Atlántico y la Fundación Hispania Música: uno en el Teatro Balboa de la capital, y otro en la cinco veces centenaria Natá, en la Basílica menor de Santiago Apóstol. En el transcurso de la semana, el Maestro Gil de Gálvez realizó talleres y master clases para directores de orquesta e instrumentistas de cuerdas en el bello escenario de la Ciudad de las Artes, lo que pone de relieve la importancia de este espacio y su gestor institucional –el Ministerio de Cultura- para el desarrollo de la cultura musical de nuestro país y su futuro.
Lo anterior es una muestra patente de que la Música en Panamá vive un momento de reorganización y un impulso que comienza a dar muestras de trascendencia para la formación integral de las personas. La Música y la educación musical son parte esencial de la formación integral de las personas, pues inculcan en sus cultores los valores de la disciplina en la tarea de dominar sus respectivos instrumentos, pero lo que es más esencial, son fuente de creatividad y de apreciación y goce de los valores estéticos, un aspecto hasta ahora considerado accesorio en nuestra curricula formal y no formal del panorama educativo del país. Además la música es medicina real, como lo demuestra la músicoterapia. Lograr interpretar con decoro la Obertura de la Flauta Mágica de W. Amadeus Mozart, ejecutar con prestancia el Concierto no.1 de Max Bruch (como lo hizo la joven de Veraguas Mariángel Gonzáles), y de allí traspasar al universo sonoro de la Suite no.1 del Sombrero de Tres Picos de Manuel de Falla y al famosísimo Intermezzo de la zarzuela de las Bodas de Luis Alonso, son una muestra patente e invaluable del rigor de la formación instrumentista, el amor por el arte de que se crea y la intelección de las ideas musicales, históricas y estéticas que sustentan cada pieza. Sin ello y sin la capacidad pedagógica y de sensibilidad de los directores de orquesta titulares e invitados, es imposible alcanzar la excelencia.
Lo expresado pondera no sólo los resultados de dos conciertos de la OCI -que ha cumplido 10 años, conformada por jóvenes y muy jóvenes instrumentistas que en un proyecto privado conjugan sus capacidades y su melomanía-, sino una muestra digna de ser emulada por otros tanto en el área metropolitana como en el resto de la república. Cierto es que el denominado Conservatorio Nacional, la Orquesta Juvenil y otras iniciativas que cobija el MiCultura, son promesas de que el futuro de la música académica está asegurado, pero se necesitarán apoyos plurales de toda la sociedad y no solo del Estado a fin de que ese provenir sea realmente un futurible cierto.
Además vale la pena llamar la atención sobre esa otra mina de talento que es la labor de la educación artística musical en el espectro amplio del sistema educativo regentado por el Ministerio de Educación que puede ser un venero de talentos que nutra y sustente ese basamento cultural necesario para darle continuidad en el tiempo y el espacio a la creación de nuevas entidades en todos los formatos de la música de solistas, pasando por la música de cámara y los conjuntos sinfónicos, pero igualmente la educación de ciudadanos culturalmente solventes.
En esa epopeya la cooperación internacional y los intercambios artísticos entre los músicos panameños y sus pares foráneos resulta un nutriente que resulta esencial para que se produzcan los efectos de emulación, la polinización cruzada entre tradiciones musicales distintas y el tejido invisible de profunda humanidad que llamaremos "la academia universal de música", la cual integra a todos los seres humanos que hacen música, y a sus públicos.
Ese respaldo público, finalmente, es otro pilar sobre el que se asienta el futuro cultural de Panamá. Panamá y el mundo necesitan más música. Ante lo transhumano y lo inhumano que socava el orbe, está ese más allá de lo intensa y profundamente humano que las artes, la música y la cultura general logran que aflore para que seamos mejores personas.

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