El Estado de Derecho ecocéntrico
Publicado 2004/01/30 00:00:00
- Silvio Guerra Morales
El antropocentrismo, como corriente filosófica que superó los paupérrimos niveles del antropomorfismo que se quedó en una concepción hueca, vacía, del hombre, ha venido siendo objeto de algunos cuestionamientos por parte de los llamados ambientalistas y por quienes creen superar a estos últimos: los ecologistas. Los ecologistas dicen tener propósitos bien definidos en su plataforma ideológica, lo cual viene a ser una carencia de los ambientalistas; postulan metas y métodos, con carácter científico, cosa que no hacen los ambientalistas; son estudiosos cosmopolitas del medio ambiente; del necesario e indispensable equilibrio que debe caracterizar a los diversos ecosistemas; etc. Pero, se ha venido sosteniendo que la concepción antropocéntrica -el hombre como centro de todo saber o conocimiento y que dicho saber debe estar al servicio del hombre- debe dejar de ser, para pasar a una concepción superior, la ecocéntrica: lo que importa, de ahora en adelante, será la preservación, conservación y utilidad del ecosistema al servicio de la sociedad, de los hombres. Los seres humanos necesitamos respirar aire puro, tomar agua limpia, respirar un oxígeno no toxicado por el gran hueco de la capa de ozono, derecho a distraernos contemplando la creación de Dios en las maravillas de los bosques, ríos, quebradas y riachuelos; a comer mariscos no contaminados; a transitar por las vías y calles sin contaminarnos con el aire recargado de anhídrido carbónico que expelen los autobuses y todo carro que use diesel; a bañarnos en aguas no contaminadas por derramamientos de hidrocarburos y otros productos químicos; a que no se use nuestro territorio para el paso expedito de naves que transportan materiales radioactivos, etc. Todo ello traduce una relación directa entre hombre, sociedad y medio ambiente. Existe una interdependencia. Nuestra salud emana, en gran parte, de cómo se desenvuelve esa relación natural. Recordemos que Dios dijo: Yo os llevo a la Tierra que fluye leche y miel. La leche y la miel son representativas de vida. Si de la Tierra fluye la vida entonces, ¿ por qué no preocuparnos por su cuidado? Como los griegos, debemos recordar la importancia de los elementos agua, fuego, aire y tierra.
A continuación presentamos algunas inquietudes que guardan intrínseca relación con la salud, ya no vista como el bienestar biosíquico de un ser humano, sino de la colectividad social o de la población mundial. En ese orden de ideas, partiendo de un macrocosmos hay que abordar el problema de la relación salud de las personas -como colectividad social- y medio ambiente. Analizando desde diversas perspectivas, históricas, sociales, económicas, culturales, jurídicas, dicha relación patentiza la cruda realidad de nuestras naciones latinoamericanas y de las cuales, obviamente, no escapa Panamá. Sin dejar por fuera a países pobres de Africa y Asia.
Pretendemos dejar sentados algunos conceptos que habrán de servir para abrir la polémica, indispensable por cierto, de que hay superar una distinción de política ambientalista del Estado de naturaleza antropocéntrica por una que dé cuentas claras de la trascendencia que tiene el ecosistema dentro de un Estado y para el resto del universo. Eso es lo que, precisamente, se denomina la concepción ecocéntrica.
Para despegar un debate serio y responsable de nuestra realidad social, ecológica, y la relación que hay entre ambos conceptos, debemos partir del hecho de que los gobiernos son ajenos o indiferentes a prestar atención a la política de tutela o de preservación de los recursos naturales, del medio ambiente sano y libre de vectores que transmiten patologías. Muy por el contrario, ha existido un silencio cómplice que ha trasnochado a nuestros pueblos, como también lo advirtiera Eduardo Galiano en Las Venas Abiertas de América Latina, privándolo del derecho a un desarrollo sostenible, pero comprendido éste no como el derecho de los poderosos y potentados, de las grandes transnacionales y empresas multinacionales, sino también como el derecho de nuestros hombres y mujeres, sin distingo de ninguna especie entre ellos, de participar en condiciones de igualdad en el proceso de desarrollo de los pueblos y naciones, sin que la mera globalización pueda significar y nunca podrá significarlo, que los pueblos y gobiernos deben ser abyectos, ruines, viles, entregando ya no tan sólo nuestros recursos naturales, violentando el derecho de todos a un ambiente sano, sino también haciendo entrega descarada de las riquezas nacionales y con ellas los recursos naturales, produciéndose así una eclosión social, que puede llegar a traducir consecuencias impredecibles y con afectación generalizada de todos cuanto habitamos este planeta. Se trata luego, de luchar, mancomunar esfuerzos por interpretar y ejecutar políticas de plena defensa de los ecosistemas por cuanto el equilibrio ecológico es fuente segura y garante de la salud de todos nosotros. O defendemos nuestro derecho a un ambiente, medio y ecosistema sano, libre de impurezas, de vectores malsanos, o simplemente pereceremos en menos de lo que canta un gallo.
Por otra parte, jamás puede ser cierto que pretextándose una globalización de la economía, la cual ha demostrado ser una auténtica globalización de los sectores ricos y poderosos de las economías de las grandes potencias que ven a nuestras pobres naciones como recipiendarias de la sobreproducción de ellos, se nos atosigue el sistema respiratorio de bacterias, virus, enfermedades nunca antes vistas, y que los tribunales que imparten justicia no encuentren la norma ni el fundamento jurídico para emitir fallos ejemplares de condena a fin de que indemnicen a las víctimas de tales estragos. Pero, antes que pensar en indemnización de daños y perjuicios, la tarea fundamental radica, básicamente, en considerar, seria y responsablemente, evitar todo ese marasmo ecológico que ya lo tenemos a la vuelta de la esquina, frente a nuestras ventanas, a la entrada de la puerta principal de la casa.
O defendemos, insistimos, nuestros ecosistemas, o cada día seremos menos humanos, menos personas, menos espíritus. Sin embargo, al final de cuentas, creo que el ecocentrismo lo que hace es volver a centrar la preocupación sobre el hombre, sólo que desde el aseguramiento de los bienes naturales que aseguren su existencia. El Estado, por su parte, está obligado a asegurar desde las leyes los ecosistemas a fin de garantizar la salud de todos.
(stekrakri@hotmail.com)
A continuación presentamos algunas inquietudes que guardan intrínseca relación con la salud, ya no vista como el bienestar biosíquico de un ser humano, sino de la colectividad social o de la población mundial. En ese orden de ideas, partiendo de un macrocosmos hay que abordar el problema de la relación salud de las personas -como colectividad social- y medio ambiente. Analizando desde diversas perspectivas, históricas, sociales, económicas, culturales, jurídicas, dicha relación patentiza la cruda realidad de nuestras naciones latinoamericanas y de las cuales, obviamente, no escapa Panamá. Sin dejar por fuera a países pobres de Africa y Asia.
Pretendemos dejar sentados algunos conceptos que habrán de servir para abrir la polémica, indispensable por cierto, de que hay superar una distinción de política ambientalista del Estado de naturaleza antropocéntrica por una que dé cuentas claras de la trascendencia que tiene el ecosistema dentro de un Estado y para el resto del universo. Eso es lo que, precisamente, se denomina la concepción ecocéntrica.
Para despegar un debate serio y responsable de nuestra realidad social, ecológica, y la relación que hay entre ambos conceptos, debemos partir del hecho de que los gobiernos son ajenos o indiferentes a prestar atención a la política de tutela o de preservación de los recursos naturales, del medio ambiente sano y libre de vectores que transmiten patologías. Muy por el contrario, ha existido un silencio cómplice que ha trasnochado a nuestros pueblos, como también lo advirtiera Eduardo Galiano en Las Venas Abiertas de América Latina, privándolo del derecho a un desarrollo sostenible, pero comprendido éste no como el derecho de los poderosos y potentados, de las grandes transnacionales y empresas multinacionales, sino también como el derecho de nuestros hombres y mujeres, sin distingo de ninguna especie entre ellos, de participar en condiciones de igualdad en el proceso de desarrollo de los pueblos y naciones, sin que la mera globalización pueda significar y nunca podrá significarlo, que los pueblos y gobiernos deben ser abyectos, ruines, viles, entregando ya no tan sólo nuestros recursos naturales, violentando el derecho de todos a un ambiente sano, sino también haciendo entrega descarada de las riquezas nacionales y con ellas los recursos naturales, produciéndose así una eclosión social, que puede llegar a traducir consecuencias impredecibles y con afectación generalizada de todos cuanto habitamos este planeta. Se trata luego, de luchar, mancomunar esfuerzos por interpretar y ejecutar políticas de plena defensa de los ecosistemas por cuanto el equilibrio ecológico es fuente segura y garante de la salud de todos nosotros. O defendemos nuestro derecho a un ambiente, medio y ecosistema sano, libre de impurezas, de vectores malsanos, o simplemente pereceremos en menos de lo que canta un gallo.
Por otra parte, jamás puede ser cierto que pretextándose una globalización de la economía, la cual ha demostrado ser una auténtica globalización de los sectores ricos y poderosos de las economías de las grandes potencias que ven a nuestras pobres naciones como recipiendarias de la sobreproducción de ellos, se nos atosigue el sistema respiratorio de bacterias, virus, enfermedades nunca antes vistas, y que los tribunales que imparten justicia no encuentren la norma ni el fundamento jurídico para emitir fallos ejemplares de condena a fin de que indemnicen a las víctimas de tales estragos. Pero, antes que pensar en indemnización de daños y perjuicios, la tarea fundamental radica, básicamente, en considerar, seria y responsablemente, evitar todo ese marasmo ecológico que ya lo tenemos a la vuelta de la esquina, frente a nuestras ventanas, a la entrada de la puerta principal de la casa.
O defendemos, insistimos, nuestros ecosistemas, o cada día seremos menos humanos, menos personas, menos espíritus. Sin embargo, al final de cuentas, creo que el ecocentrismo lo que hace es volver a centrar la preocupación sobre el hombre, sólo que desde el aseguramiento de los bienes naturales que aseguren su existencia. El Estado, por su parte, está obligado a asegurar desde las leyes los ecosistemas a fin de garantizar la salud de todos.
(stekrakri@hotmail.com)

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