El maestro de ayer y de hoy
Publicado 2003/12/18 00:00:00
El 1º. de diciembre pasado, hablaba con una colega educadora jubilada. Me decía ella que, muy temprano, en la mañana de ese día, había recibido una llamada de San Antonio, Texas. Se trataba de una exalumna suya que la felicitaba por ser esa fecha el Día del Maestro.
Sentí yo una marcada admiración por mi colega y también por su exalumna. En doloroso contraste, en la provincia de Chiriquí, se realizaban, precisamente ese día, las exequias de un educador que fue ultimado por su propio alumno. Y entre nosotros el día del Maestro transcurría casi inadvertido.
Paralelamente a esta triste situación, tenemos el hecho cierto de que tanto en la escuela secundaria como en la Universidad es posible encontrarnos hoy con alumnos que no conocen el nombre del profesor o profesora que en este momento les imparte la enseñanza. Y la violencia física de estudiantes y padres de familia en contra de los educadores ya no extraña a nadie.
Y aquí cabe volver al consabido tema de los valores. En el primer caso, ¿qué valores encarna mi colega jubilada para que su ex alumna la recuerde en el tiempo y el espacio con el mismo cariño y gratitud, tal como ocurre con otros educadores de ayer? ¿Qué hace la diferencia entre los educadores de ayer y los educadores de hoy? Es una pregunta que dejo a los educadores en ejercicio.
En Panamá abundan las excusas para justificar todos los males. Y mucho de lo que viene ocurriendo en nuestros colegios es el resultado de esa actitud.
Hay quienes piensan que los tiempos han cambiado y no podemos esperar que los alumnos, los padres de familia y por extensión de gente de hoy sea igual a la de las generaciones pasadas. Me parece una desviación irresponsable del problema y es de lamentar por sus consecuencias.
Si la complejidad de la vida moderna, la explosión del conocimiento científico y tecnológico exigen pensar más a fondo acerca de la orientación del sistema educativo, debemos aceptar el reto que todo ello implica.
Soy de los que piensan que aun dentro de las circunstancias adversas se puede trabajar con honradez y responsabilidad en bien de los que quieren educarse. A los educadores de hoy, no importa el nivel en que enseñen, les corresponde extraer el cuerpo de valores que les han de servir de derrotero en su labor cotidiana. Y el día del Maestro ofrece una magnífica oportunidad para emprender esa urgente reflexión.
Sentí yo una marcada admiración por mi colega y también por su exalumna. En doloroso contraste, en la provincia de Chiriquí, se realizaban, precisamente ese día, las exequias de un educador que fue ultimado por su propio alumno. Y entre nosotros el día del Maestro transcurría casi inadvertido.
Paralelamente a esta triste situación, tenemos el hecho cierto de que tanto en la escuela secundaria como en la Universidad es posible encontrarnos hoy con alumnos que no conocen el nombre del profesor o profesora que en este momento les imparte la enseñanza. Y la violencia física de estudiantes y padres de familia en contra de los educadores ya no extraña a nadie.
Y aquí cabe volver al consabido tema de los valores. En el primer caso, ¿qué valores encarna mi colega jubilada para que su ex alumna la recuerde en el tiempo y el espacio con el mismo cariño y gratitud, tal como ocurre con otros educadores de ayer? ¿Qué hace la diferencia entre los educadores de ayer y los educadores de hoy? Es una pregunta que dejo a los educadores en ejercicio.
En Panamá abundan las excusas para justificar todos los males. Y mucho de lo que viene ocurriendo en nuestros colegios es el resultado de esa actitud.
Hay quienes piensan que los tiempos han cambiado y no podemos esperar que los alumnos, los padres de familia y por extensión de gente de hoy sea igual a la de las generaciones pasadas. Me parece una desviación irresponsable del problema y es de lamentar por sus consecuencias.
Si la complejidad de la vida moderna, la explosión del conocimiento científico y tecnológico exigen pensar más a fondo acerca de la orientación del sistema educativo, debemos aceptar el reto que todo ello implica.
Soy de los que piensan que aun dentro de las circunstancias adversas se puede trabajar con honradez y responsabilidad en bien de los que quieren educarse. A los educadores de hoy, no importa el nivel en que enseñen, les corresponde extraer el cuerpo de valores que les han de servir de derrotero en su labor cotidiana. Y el día del Maestro ofrece una magnífica oportunidad para emprender esa urgente reflexión.

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