La gente que vale la pena
Publicado 2005/10/20 23:00:00
- Silvio Guerra
Los tiempos actuales auguran caos para el país. Las soluciones se adoptan tardías.
LA RACIONALIDAD ha sido trastocada. Se han soliviantado sus cimientos. Los tiempos actuales anuncian, de modo permanente, asaltos a la razón. Se secuestra la lógica y se hace de la mediocridad un altar de adoración. Se rinde, casi de modo costumbrista, constante culto a la improvisación. No se respetan dignidades, méritos ni honores. No cuenta el aval de la palabra dada y las garantías de cumplimiento son exigidas al extremo. El crédito se ha perdido. Decoro, transparencia y honestidad han sido lanzadas cuesta abajo por derroteros indescifrables. El pobre no importa; el hombre o la mujer de escasos recursos parecen no contar en plan o proyecto alguno. La juventud está siendo diezmada. Nuestras doncellas exhiben el puro o la lata de cerveza sin mayor pena o recato. Lo mismo da amar en público como en privado. Los "hombres nuevos" reclaman un espacio no adjudicado por Dios; nuestros niños entonan cantos propios de la madurez adulta; nuestros abuelos son marginados de la vida familiar y puestos en los anaqueles de los archivos. Las autoridades se desatienden de los problemas que agobian a la nación. Hay indiferencia por doquier. El desempleo es rampante y sonante. La delincuencia se ha apropiado de las calles y de las avenidas. Ni en los propios hogares hay seguridad. Todo es desatinado y censurable. La pluma se ensoberbece para criticar, ya no para edificar y construir. Atrás quedaron los tiempos en los que nuestros jóvenes competían entre sí para ver quién redactaba el mejor poema, la mejor estrofa o el mejor refrán. Hoy compiten entre sí para ver quién orina más lejos, o por el que más cerveza liba o hacen apuestas por la conquista de una determinada doncella para luego lanzarla o apartarla cual pañuelo sucio o usado. En los despachos públicos no se escucha al pobre. Es mirado cual cosa y no cual persona. Pero si llega el entogado, el hombre de perfil empresarial o que algo ostenta, entonces sí hay buena atención, buen trato, dispensa de cordialidad.
Los tiempos actuales auguran caos para el país. Las soluciones se adoptan de modo tardío. Las decisiones judiciales se producen tardíamente. Los políticos viven en permanente fiesta. Todo les causa risa, todo es motivo de burla o de desaire. Son figurones que gozan con los problemas del país. Se acabaron los estadistas, los hombres de fineza. Las buenas costumbres se están perdiendo. Ya no se estila el "permiso", "permítame", "tenga la gentileza" o el "buenas tardes", "buenos días", "tenga la bondad", "tengo el honor..", etc. El poco importa ha sustituido la cordialidad en el vecindario. Son frías las relaciones entre los parroquianos. Cada cual vive en "lo suyo" y anda en "lo suyo". "Lo nuestro" no cuenta.
Pero, como hemos escrito con anterioridad, hay un remante serio en la nación. Remanente de hombres y de mujeres que salen, día a día, a construir, poco a poco, lentamente, con pasos seguros y firmes, el futuro de la Patria y de la familia. Son hombres y mujeres que se nutren de conocimientos. Usted los ve, desde horas muy tempranas, en las universidades, sedientos de saber, ávidos de llegar a ser alguien en la vida. Otros trabajan, largas y fatigosas jornadas, son constructores de la dignidad de la Patria. Son profesionales que siguen estudiando, no acaban, no terminan. No viven del falso oropel tras el que se ocultan los espíritus débiles y pobres. Son sinceros, hombres buenos y mujeres sanas. Y así van, marchando con sosiego y esperanza. Miran el horizonte que se vislumbra lejano pero no imposible de aproximación. No quitan la cara al sol. No tienen de qué ni por qué esconderse de nadie. No han robado a la Patria. No han dilapidado los bienes del erario público. No han cometido peculados ni han saqueado las riquezas de la Patria. Son gentes que comen en sana paz y asombrosa calma el pan nuestro de cada día. La yuca o el plátano, el fríjol o el mendrugo de pan, el pedazo de papaya o de sandía, son alimentos y manjares deliciosos. Comen sudor, tragan sudor, se alimentan de sudor y de trabajo constante. No roban, no hurtan, viven placenteramente la vida aunque sobre sus espaldas llevan el peso del mañana, siempre inseguro. Saben dar abrazos a sus hijos, no ocultan el "te amo" o el "te quiero". Duermen mejor que el propio Orfeo. Dios custodia sus sueños y cuida, cual Atalaya vigilante y sereno, la paz y la calma de los suyos. Dios vela por ese remanente de hombres y de mujeres que construyen, al decir de Emerson, sobre ideas y para la eternidad. Aunque nadie piense en ellos, habemos otros hombres y mujeres que sí pensamos por ellos, lloramos, sentimos y gemimos por ellos. La Patria seguirá siendo de ellos, por ellos, para ellos. Seguiremos viviendo, lo mismo que ellos para nosotros, nosotros para ellos. No se acabará la tinta de nuestra pluma para escribir por ellos; no se agotará el ansia de la defensa de ellos; no se apagará la luz de nuestra vela que alumbre al caído, al desposeído y al que anda sembrando esperanzas y levantando los ánimos de los pobres y de los débiles. Porque somos una clase especial de gente: la que vale la pena. Esa es la gente que necesita la Patria.
(stekrakri@hotmail.com)
(scfelipe@hotmail.com)
Los tiempos actuales auguran caos para el país. Las soluciones se adoptan de modo tardío. Las decisiones judiciales se producen tardíamente. Los políticos viven en permanente fiesta. Todo les causa risa, todo es motivo de burla o de desaire. Son figurones que gozan con los problemas del país. Se acabaron los estadistas, los hombres de fineza. Las buenas costumbres se están perdiendo. Ya no se estila el "permiso", "permítame", "tenga la gentileza" o el "buenas tardes", "buenos días", "tenga la bondad", "tengo el honor..", etc. El poco importa ha sustituido la cordialidad en el vecindario. Son frías las relaciones entre los parroquianos. Cada cual vive en "lo suyo" y anda en "lo suyo". "Lo nuestro" no cuenta.
Pero, como hemos escrito con anterioridad, hay un remante serio en la nación. Remanente de hombres y de mujeres que salen, día a día, a construir, poco a poco, lentamente, con pasos seguros y firmes, el futuro de la Patria y de la familia. Son hombres y mujeres que se nutren de conocimientos. Usted los ve, desde horas muy tempranas, en las universidades, sedientos de saber, ávidos de llegar a ser alguien en la vida. Otros trabajan, largas y fatigosas jornadas, son constructores de la dignidad de la Patria. Son profesionales que siguen estudiando, no acaban, no terminan. No viven del falso oropel tras el que se ocultan los espíritus débiles y pobres. Son sinceros, hombres buenos y mujeres sanas. Y así van, marchando con sosiego y esperanza. Miran el horizonte que se vislumbra lejano pero no imposible de aproximación. No quitan la cara al sol. No tienen de qué ni por qué esconderse de nadie. No han robado a la Patria. No han dilapidado los bienes del erario público. No han cometido peculados ni han saqueado las riquezas de la Patria. Son gentes que comen en sana paz y asombrosa calma el pan nuestro de cada día. La yuca o el plátano, el fríjol o el mendrugo de pan, el pedazo de papaya o de sandía, son alimentos y manjares deliciosos. Comen sudor, tragan sudor, se alimentan de sudor y de trabajo constante. No roban, no hurtan, viven placenteramente la vida aunque sobre sus espaldas llevan el peso del mañana, siempre inseguro. Saben dar abrazos a sus hijos, no ocultan el "te amo" o el "te quiero". Duermen mejor que el propio Orfeo. Dios custodia sus sueños y cuida, cual Atalaya vigilante y sereno, la paz y la calma de los suyos. Dios vela por ese remanente de hombres y de mujeres que construyen, al decir de Emerson, sobre ideas y para la eternidad. Aunque nadie piense en ellos, habemos otros hombres y mujeres que sí pensamos por ellos, lloramos, sentimos y gemimos por ellos. La Patria seguirá siendo de ellos, por ellos, para ellos. Seguiremos viviendo, lo mismo que ellos para nosotros, nosotros para ellos. No se acabará la tinta de nuestra pluma para escribir por ellos; no se agotará el ansia de la defensa de ellos; no se apagará la luz de nuestra vela que alumbre al caído, al desposeído y al que anda sembrando esperanzas y levantando los ánimos de los pobres y de los débiles. Porque somos una clase especial de gente: la que vale la pena. Esa es la gente que necesita la Patria.
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