Tocar el mundo con mis dedos
- Elodia Muñoz
El primer lenguaje de todos los niños se relaciona con sus experiencias perceptivas, pero en el ciego estas vivencias se reducen. No obstante, la vista y el oído proporcionan información sobre lo que acontece a distancia. Para el niño con vista, su radio de acción se circunscribe al mundo que le rodea: los objetos, colores, dibujos, formas, etc. Son los referentes que excitan la curiosidad, el estímulo visual y la creatividad. Las investigaciones del lenguaje temprano de los niños con vista han revelado que está sometido por palabras que alcanzan su significado durante la infancia, mediante las propias acciones y percepciones. Las palabras tienden a ser el vínculo sobre las que el niño actúa.
Los estímulos visuales crean en el niño interacción y en consecuencia acciones, manteniéndose activamente involucrados.
Pero meditemos qué ocurre con el niño con falta de visión, están muy restringidos y limitados en la percepción de sus propias acciones; a menudo no gatean o caminan hasta pasados los dos años. ¿Cómo se refleja en el lenguaje esta diferencia? Los resultados muestran que la edad del niño ciego en que empezaron a hablar y la velocidad en el crecimiento del vocabulario son similares a las de los niños con vista.
Los infantes ciegos reciben las cincuenta palabras entre la edad media de uno a cuatro meses y uno a nueve meses. Los niños videntes tienen las primeras cincuenta palabras entre uno a tres meses y uno a ocho meses.
Es oportuno precisar que los niños ciegos demandan el contacto directo con el objeto exterior, pues esto le generará la percepción que se traducirá en acciones, obviamente el carecer de la vista te confina y exige manipularlo, olerlo y degustarlo. No obstante, el elemento visual no lo utilizan en su vocabulario, por lo que la estimulación temprana es factor vital para manejar los objetos significativos y esta gran responsabilidad recae en los progenitores y los facultativos.
Existe una gran diferencia entre el lenguaje de ambos grupos. Los infantes ciegos tienen más palabras relacionadas a conexos específicos que a clases de objetos. Esto es comprensible porque no tienen muchas oportunidades de encontrarse con más de un modelo. Si tuvieran visión advertirían la variedad de formas en que un objeto puede representarse. Por lo tanto, debido a las limitadas experiencias sensoriales, con respecto a los niños con visión, el vocabulario del que no ve está atado a referentes fijos con más dificultad para generalizar y poder relacionarse con categorías de objetos.
La ceguera delimita el proceso de generalización aún si el niño tiene oportunidades para evitarlo, otra forma en que el uso del lenguaje del niño que es ciego difiere del que ve es que es más auto orientado. En este sentido, el niño ciego tiene poca o ninguna visión y el sonido suele ser difícil de identificar, por lo que son las vivencias más cercanas del tacto, gusto y olfato las que inicialmente ejercita. Las experiencias de los otros o los hechos de los que no se participa, percibidos con interés por quien ve, son desconocidos para el ciego.

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