"Venga a Nosotros Tu Reino"
Publicado 2000/11/26 00:00:00
- José Pineda
La Liturgia de nuestra Iglesia Católica celebra en el 34 Domingo del Tiempo Ordinario, el último de la Serie B, la Solemnidad de Cristo Rey. ¿Qué clase de impacto hace en la mayoría de nosotros esta celebración? ¿Estamos hablando en serio? ¿O estamos echando un cuento más, para entretenernos y cambiar de los temas de los cuales habla todo el mundo?.
Difícil es calibrar las distintas respuestas que daríamos a estas preguntas. Indiscutiblemente que oscilarían entre que: "a mí no me dice nada", y en el otro extremo: "Cristo tiene que reinar como sea y tiene que ser ya". La preocupación no es nueva. Existió y existe un movimiento doctrinal dentro y fuera de la Iglesia Católica que fomenta la doctrina del reinado de Cristo por mil años.
Se apoya esta creencia en la interpretación subjetiva del capítulo 20 del Libro de la Revelación o Apocalipsis, versos del 1 al 10, que enseña que Cristo ha de aparecer sobre la tierra al fin de este mundo y establecer, entonces, un reino mesiánico terreno, que durará mil años. Entonces resucitarán corporalmente sólo los justos (primera resurrección) y reinarán durante todo este tiempo con Cristo, mientras el diablo será condenado a la impotencia. Después se dejará libre al diablo por un poco de tiempo, pero en el último juicio quedará definitivamente vencido. Al mismo tiempo resucitarán los pecadores (segunda resurrección) y entrarán en la muerte eterna. Pero los justos serán recibidos en el reino de los cielos. Los mil años del reinado material se fundamenta en la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento que estriba en la interpretación fundamentalista del texto que la compartió rabinos e incluso, algunos escritores eclesiásticos como Papis, Justino, Tertuliano, y pervive aún en las sectas de los iluminados. La enseñanza del magisterio eclesiástico condena el chiliasmo (kiliasmo) y milenarismo.
La interpretación sana, teniendo en cuenta, el género literario apocalíptico, se atiene al sentido simbólico del número mil y propone una recta inteligencia de la primera y segunda resurrección. La Sagrada Escritura no conoce, efectivamente nada más que una resurrección corporal, tanto de los justos como los pecadores y esa, precisamente, en el día del juicio (Juan 5.28-Mt.25-45- 1 Cor. 15.21). La Iglesia enseña que los justos entran a la bienaventuranza eterna inmediatamente después de la muerte, de modo que no queda espacio alguno para un período intermedio aquí en la tierra, durante el cual se interrumpiría la visión beatifica de Dios. De ahí que la primera resurrección al comienzo de los mil años, se entiende en sentido espiritual. El número mil, significa un período indeterminado y largo. Según S. Agustín, este período se inicia con la resurrección de Cristo, se cierra por un postrero y desesperado ataque del demonio que durará poco tiempo, al cual seguirá su definitiva derrota en el juicio último. Así que nosotros debemos seguir esperando y tratando de establecer el reino de Cristo válidamente en nosotros mismos primero.
Un criterio de que Cristo reina o que su reinado se está estableciendo, no es el que existan partidos políticos que se llamen católicos y que ganen el poder. Nada más absurdo. Lo difícil es para los políticos creyentes y católicos, que el manejo de los asuntos normales de la comunidad a la que le sirven, se guíen por criterios cristianos de respeto fundamental de los derechos humanos de las personas. Busquen prioritariamente el bien común por encima del bien particular. No dirigirse nada más que por el lucro personal o familiar, y por nepotismos y otras lacras que dejan mucho que desear, como es el faltar a la palabra dada, el querer contentar a todo el mundo con perjuicio de terceros, el creer que si no te aprovechas ahora no va a ser nunca. Y así otras maneras de pensar, de que si porque no te pillan con las manos en la masa, ya todo está bien.
El reino de Cristo es un reino eterno y universal, reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de justicia, el amor y la paz. Es un reino que no es de este mundo, como lo dijo Jesús dando a entender que su mesianismo no era un mesianismo politiquero con todas las secuelas, de cuotas de poder y espacios políticos, de no dejarse tumbar, sino un mesianismo en donde el héroe tiene que ser asesinado por defender los grandes valores humanos, ser olvidado e incluso, traicionado por su propia gente, pero resucitado y coronado por su Padre para siempre.
La fiesta de Cristo Rey fue decretada por Pío XI en el año 1925. Aparece en un contexto histórico y social determinado, con la pretensión de que los Estados reconocieran pública y oficialmente a Cristo Rey. Las implicaciones sociales y políticas de esta fiesta han sido evidentes. Después del Vaticano II debemos situar la fiesta de Cristo Rey en un nuevo contexto social. El mundo posee su autonomía propia, no pertenece a la Iglesia. Sólo desde la fe podemos afirmar que Jesucristo es Señor del mundo y de los hombres.
La Iglesia debe ser siempre libre e independiente de todo poder civil. Su misión incide en las realidades temporales, aunque bajo el ángulo de lo específicamente evangélico, ya que el ejercicio del profetismo es esencial a su tarea pastoral. El de anunciar y denunciar. La realeza de Cristo no se visibiliza en la Iglesia por su poder o su esplendor, sino por la justicia y la caridad. De ahí que la fiesta de Cristo Rey sí es una solemnidad en la vida de cada uno no en los despliegues exagerados externos de triunfalismo, pues realmente la cosa no está para triunfalismos, o como dicen, no está la Magdalena para tafetanes. Muchos retos, mucha escasez de vocaciones, deserciones dolorosas, cansancio colectivo en los apóstoles.
Difícil es calibrar las distintas respuestas que daríamos a estas preguntas. Indiscutiblemente que oscilarían entre que: "a mí no me dice nada", y en el otro extremo: "Cristo tiene que reinar como sea y tiene que ser ya". La preocupación no es nueva. Existió y existe un movimiento doctrinal dentro y fuera de la Iglesia Católica que fomenta la doctrina del reinado de Cristo por mil años.
Se apoya esta creencia en la interpretación subjetiva del capítulo 20 del Libro de la Revelación o Apocalipsis, versos del 1 al 10, que enseña que Cristo ha de aparecer sobre la tierra al fin de este mundo y establecer, entonces, un reino mesiánico terreno, que durará mil años. Entonces resucitarán corporalmente sólo los justos (primera resurrección) y reinarán durante todo este tiempo con Cristo, mientras el diablo será condenado a la impotencia. Después se dejará libre al diablo por un poco de tiempo, pero en el último juicio quedará definitivamente vencido. Al mismo tiempo resucitarán los pecadores (segunda resurrección) y entrarán en la muerte eterna. Pero los justos serán recibidos en el reino de los cielos. Los mil años del reinado material se fundamenta en la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento que estriba en la interpretación fundamentalista del texto que la compartió rabinos e incluso, algunos escritores eclesiásticos como Papis, Justino, Tertuliano, y pervive aún en las sectas de los iluminados. La enseñanza del magisterio eclesiástico condena el chiliasmo (kiliasmo) y milenarismo.
La interpretación sana, teniendo en cuenta, el género literario apocalíptico, se atiene al sentido simbólico del número mil y propone una recta inteligencia de la primera y segunda resurrección. La Sagrada Escritura no conoce, efectivamente nada más que una resurrección corporal, tanto de los justos como los pecadores y esa, precisamente, en el día del juicio (Juan 5.28-Mt.25-45- 1 Cor. 15.21). La Iglesia enseña que los justos entran a la bienaventuranza eterna inmediatamente después de la muerte, de modo que no queda espacio alguno para un período intermedio aquí en la tierra, durante el cual se interrumpiría la visión beatifica de Dios. De ahí que la primera resurrección al comienzo de los mil años, se entiende en sentido espiritual. El número mil, significa un período indeterminado y largo. Según S. Agustín, este período se inicia con la resurrección de Cristo, se cierra por un postrero y desesperado ataque del demonio que durará poco tiempo, al cual seguirá su definitiva derrota en el juicio último. Así que nosotros debemos seguir esperando y tratando de establecer el reino de Cristo válidamente en nosotros mismos primero.
Un criterio de que Cristo reina o que su reinado se está estableciendo, no es el que existan partidos políticos que se llamen católicos y que ganen el poder. Nada más absurdo. Lo difícil es para los políticos creyentes y católicos, que el manejo de los asuntos normales de la comunidad a la que le sirven, se guíen por criterios cristianos de respeto fundamental de los derechos humanos de las personas. Busquen prioritariamente el bien común por encima del bien particular. No dirigirse nada más que por el lucro personal o familiar, y por nepotismos y otras lacras que dejan mucho que desear, como es el faltar a la palabra dada, el querer contentar a todo el mundo con perjuicio de terceros, el creer que si no te aprovechas ahora no va a ser nunca. Y así otras maneras de pensar, de que si porque no te pillan con las manos en la masa, ya todo está bien.
El reino de Cristo es un reino eterno y universal, reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de justicia, el amor y la paz. Es un reino que no es de este mundo, como lo dijo Jesús dando a entender que su mesianismo no era un mesianismo politiquero con todas las secuelas, de cuotas de poder y espacios políticos, de no dejarse tumbar, sino un mesianismo en donde el héroe tiene que ser asesinado por defender los grandes valores humanos, ser olvidado e incluso, traicionado por su propia gente, pero resucitado y coronado por su Padre para siempre.
La fiesta de Cristo Rey fue decretada por Pío XI en el año 1925. Aparece en un contexto histórico y social determinado, con la pretensión de que los Estados reconocieran pública y oficialmente a Cristo Rey. Las implicaciones sociales y políticas de esta fiesta han sido evidentes. Después del Vaticano II debemos situar la fiesta de Cristo Rey en un nuevo contexto social. El mundo posee su autonomía propia, no pertenece a la Iglesia. Sólo desde la fe podemos afirmar que Jesucristo es Señor del mundo y de los hombres.
La Iglesia debe ser siempre libre e independiente de todo poder civil. Su misión incide en las realidades temporales, aunque bajo el ángulo de lo específicamente evangélico, ya que el ejercicio del profetismo es esencial a su tarea pastoral. El de anunciar y denunciar. La realeza de Cristo no se visibiliza en la Iglesia por su poder o su esplendor, sino por la justicia y la caridad. De ahí que la fiesta de Cristo Rey sí es una solemnidad en la vida de cada uno no en los despliegues exagerados externos de triunfalismo, pues realmente la cosa no está para triunfalismos, o como dicen, no está la Magdalena para tafetanes. Muchos retos, mucha escasez de vocaciones, deserciones dolorosas, cansancio colectivo en los apóstoles.

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